libro1Por Gloria Serrano

Definitivamente no es el mejor momento para una entrevista. Desde 1995, el 23 de abril se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, así que este personaje se encuentra bastante ocupado con la asonada de periodistas que impacientes, aguardamos nuestro turno para comenzar el cañoneo de preguntas sobre mil temas que van desde el más clásico, por ejemplo si es cierto que Cervantes nació este día, pasando por la problemática de la industria editorial, hasta saber si atraviesa por una revolución comparable a la invención de la imprenta de Gutenberg. Mañana, El Libro, será de nuevo tan arqueológico como la Venus de Milo, los medios de comunicación dejarán de prestarle atención y lo pondrán en el mismo lugar de siempre, en las notas del fin de semana, muy a pesar de quienes piensan que leer puede ser el factor que levante a este país. Pero hoy, como cada año, esta extraordinaria publicación unitaria, no periódica, de carácter literario, artístico, científico, técnico, educativo, informativo o recreativo, editada en su totalidad de una sola vez, es el colosal protagonista.

Escrito sobre piedras, ladrillos de arcilla, papiro, tablillas de cera, pergaminos de piel o papel y actualmente en versión electrónica o digital, El Libro es uno de los inventos más prolíficos y poderosos de la civilización. Un guerrero de edad desmedida que prácticamente no ha sufrido mayor cambio a lo largo de los siglos y que además de su innegable generosidad, sigue brindando empleo para autores, ilustradores, editores, impresores, encuadernadores, distribuidores, bibliotecarios y libreros. En España es la industria cultural más importante. Y en Finlandia verdaderamente lo aman, cada finlandés lee un promedio de 47 libros al año. En México, en cambio, lo desdeñamos. De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Lectura 2012, los mexicanos destinamos menos de 80 pesos para la compra de los 2.94 libros que leemos anualmente. Aún con ello, El Libro ha aceptado sonriente y de buena gana una breve entrevista, poco convencional, para Homozapping.

Su presencia impone, pero dista mucho de comportarse con la prepotencia de un iPhone 6. Podría decirse que, más bien, es bastante simple y de apariencia austera. Los actos previstos para la ocasión son abundantes, le espera una intensa y babélica jornada, colmada de abrazos institucionalizados, elogios zalameros y reiterados cuestionamientos, por lo que sin mayor presentación, nuestro interlocutor pide comenzar de inmediato con esta conversación que desde su inicio, deja expuesta la capacidad innata que tiene para comunicar:

¿Su mejor principio? «Llamadme Ismael», en Moby-Dick.
[¡Es memorable! Considero que no es necesario añadir nada más, cualquier cosa que diga rompería la magia].

¿Su principal cualidad? Sorprender.

¿La cualidad que desea en un lector? Constancia.

¿Lo que más aprecia? Ser devorado hasta la última letra.

¿Su principal defecto? Exijo pensar, aunque no lo considero precisamente un defecto sino algo crucial.

¿Su ocupación preferida? Pasar el tiempo con mis lectores.

¿Su más grande sueño? Ustedes y yo, juntos, otra hoja más, otra velada más de insomnio…

¿Su mayor desdicha? Nunca ser escrito.

¿Qué quisiera ser? Una historia inagotable. Un relato paradisiaco y cautivador, que atrape en cada párrafo, sin igual.

¿Dónde desearía vivir? En el pensamiento de los hombres.

¿El lector que prefiere? El que se cuestiona, el que desmenuza minuciosamente, el que tiene voluntad de goce. Los curiosos también me agradan.

¿Su lugar predilecto? Las manos de un lector.

¿Sus escritores favoritos? Los que hacen del texto un placer, los que lanzan un poderoso chorro de palabras, como el Gabo en «Vivir para contarla», Claudio Magris en »Danubio« o Ricardo Piglia en «El último lector«.

¿Sus poetas preferidos? Los que hacen del sentimiento su más loco afán, a los que les aflige sentirse incapaces de abarcar tanta belleza, los que le quitan el adorno a la poesía y aquellos que dejan todo para ir en busca de su existencia.

¿Sus héroes de ficción? Los grandes lectores, a veces dudo que existan.

¿Sus héroes de la vida real? Los grandes lectores, porque los hay.

¿Su principal temor? Esperar la cita imposible, el encuentro que no llegará. Solo imaginarlo me produce un frío invernal.

¿Su más grande preocupación? El caos del mundo. Que a la humanidad le suceda como en aquél poema de Sylvia Plath y rodee “su casa de alambradas y de muros impasables, contra el tiempo rebelde, tanto que nadie lo rompiera, con maldiciones, puños o amenazas, ni con amor tampoco”. Ni con libros tampoco…

¿Cómo le gusta ser leído? Con el vértigo del amor, con la intensidad del que busca. Diría que con ritmo, con avidez de conocimiento. Como en el sexo.

¿Impreso o digital? Leído.

¿Su mejor estado? Abierto.

¿Su verbo favorito? Inspirar.

¿Su palabra favorita? Libertad, el antónimo me horroriza.

¿Cómo se define? Como lo hacen los árabes al hablar del texto: «el cuerpo cierto».

¿A qué aspira? A desacomodar sus mayores argumentos; pretendo hacer que duden, ponerlos en crisis con el lenguaje, sacudirlos hasta que comiencen a seguir sus propias ideas.

¿A quiénes se refiere? A los lectores, obviamente.

¿Sus mejores amigos? Los escritores implacables, las palabras contundentes, los adjetivos significantes, las frases perturbadoras que nunca se van.

¿Por ejemplo? Suelo ser muy franco. Veo que usted es como otros de sus colegas, no le gusta investigar, prefiere el dato fácil. Pues no lo sé, son tantos…

Mire, Pavese describe así la conmoción de toparse de nuevo con aquella mujer de ojos entreabiertos y cuerpo concentrado: »En la luz inmóvil del día lejano se ha quebrado el recuerdo. La mujer ha alzado la frente sencilla y su mirada de entonces ha reaparecido«. Repítalo, por favor: »Se ha quebrado el recuerdo« ¡Esos son amigos! Y Josep Pla se refiere así a Unamuno y a España: «¡Qué delirante galimatías es este hombre y este país!». Por cierto, ¿ha leído «Adentro«, de Unamuno? Son tipos formidables.

¿Sus peores enemigos? Los textos frígidos y opacos, que no deja nada; las palabras precluidas, que se diluyen.

¿Contra quién lucha? Contra la indiferencia, esa es mi obsesión.

¿Su principal anhelo? Ser fuente de grandes placeres, hacer temblar en cada línea, apurar la lectura y perdurar en el tiempo. Si no lo logro, sería un terrible fracaso. ¿No le parece?

¿Su más grande reto? No dejar a nadie fuera de esta fiesta. No sé si lo sepa pero hay lugares como San Tomé y Príncipe, en África Occidental, donde en 1985 solo el cincuenta por ciento de la población estaba alfabetizada. No hay igualdad en las sociedades humanas, por lo que revertir esta situación es un desafío enorme. Pero no piense que todo son miserias, también hay dignos esfuerzos como el Proyecto Ja’ab, de fomento a la lectura, en el que participan más de 500 artistas de 12 ciudades en los 5 países que conforman el área maya actual: México, Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador.

¿Su mayor recurso? La sensualidad que reside entre mis páginas.

¿Qué le hace falta? Que se imparta otro tipo de educación en las escuelas, la actual ya caducó. ¿Es eso posible?

¿Qué les diría a los lectores mexicanos? Según un estudio reciente de la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP), México es el segundo país con mayor índice de impunidad, solo superado por Filipinas. No sé si comprendan la correlación entre los niveles de desarrollo y los indicadores de lectura pero… yo solo les diría que recuperen el tiempo perdido, que rescaten una pizca de las horas malgastadas y que dejen de divagar.

¿Se siente orgulloso de lo logrado hasta ahora? Yo no he logrado nada, todo lo ha hecho el ser humano. Esa es la única gran verdad.

¿Qué le sucederá en un futuro? Eso es un misterio. Por lo pronto estamos aquí…

¿Cuándo le gustaría morir? Nunca.

¿Algo más que desee agregar? Denme un motivo para existir.

Gracias.

Leer inquieta. Este texto está inspirado en »El Interrogatorio« (Miradas sobre Onetti, 1995).