cultura

[Fotografía ilustrativa: Relatograma por Adela Vázquez Veiga]

Por Gloria Serrano

Sin importar en qué país se encuentren o cuál sea su nacionalidad, imaginen por un momento que son mexicanos y radican en México, la tierra de Nezahualcóyotl y el cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces; una vasta geografía cuya imponente capital concentrará en el 2030 a casi 24 millones de personas, pero también el lugar donde se localizan pequeños poblados como Santiago Papasquiaro, cuna de personajes como el escritor José Revueltas, el músico Silvestre Revueltas y la Bailarina Rosaura Revueltas. México, el de la poetisa insumisa Sor Juana Inés de la Cruz y el de la soledad laberíntica de Octavio Paz. También la nación que nunca acaba de ser y el pueblo al que no le bastaron 71 años de gobiernos salidos del mismo partido político.

Imaginen que son mexicanos pero además, que son jóvenes y pertenecen a ese reducido grupo de estudiantes universitarios que tienen la posibilidad de viajar a otro país, por ejemplo a España, específicamente a la Comunidad Autónoma de Galicia, particularmente a la ciudad de Lugo. Véanse de pronto, a ustedes, comiendo un delicioso plato de pulpo a la gallega con papas y celebrando, entre charangas, hombres en zancos y espectáculos de malabares, las fiestas de San Froilán que se remontan a 1754 y que año con año atraen a miles de visitantes no solo de la península ibérica sino de muy diversas partes de Europa. Descubran cómo son, ustedes, caminando por un costado de la Catedral de Santa María de Lugo, en el casco antiguo de la localidad, un día de tantos en los que se ha montado el Mercado Medieval y donde se pueden encontrar distintos puestos de vendedores que ofertan productos artesanales típicos de esta región, como los que vende la panadería Forno de Lugo cuya especialidad son las empanadas que, por cierto, a ustedes no les sorprenden tanto como unas donas enormes cubiertas de chocolate más grandes que su propia mano.

Imaginen que en el viaje conocen a miembros de la Liga Estudiantil Gallega y que alguno de esos chicos, enterado de la violencia que se vive en México, hace referencia a una actividad para visibilizar y solidarizarse con el dolor ajeno que significa tener desaparecidos a 43 estudiantes normalistas, que como este joven, intentaban extraer de las clases aquellos conocimientos que les permitieran, sin darlo por un hecho, vislumbrar un mejor porvenir para ellos, para sus familias y para su comunidad. Ahora observen 43 pupitres de escuela ocupados, no por alumnos, sino por los rostros, impresos en hojas blancas, de quienes deberían estar aprendiendo algo pero no lo están porque desaparecieron. Y después vean cómo esa y otras imágenes recorren el mundo gracias al internet. Supongan que es 10 de diciembre de 2014. Faltannos 43. Contra o terrorismo de Estado en México, es el nombre de las Jornadas por Ayotzinapa que organiza el Comité Gallego Mar de Lumes y que se llevan a cabo en el salón de actos de la Residencia Universitaria Bal y Gay, en Lugo, que está en Galicia, que está en España, justo donde ustedes se encuentran.

Siéntanse permanentemente extranjeros, igual que las indígenas chiapanecas que platican en tzotzil y venden blusas en la Plaza Grande de Mérida, en Yucatán. Escuchen, sin comprender del todo, las conversaciones que sus maestros y compañeros de clase sostienen en Galego, su lengua, que por momentos se mezcla con el español y expresa el legítimo derecho de toda cultura a sobrevivir. Conozcan otros comportamientos, otras formas de interactuar, articular redes y hacer una catarsis de la complejidad de los tiempos modernos, como en su momento lo hicieron generaciones anteriores con el régimen franquista, durante la Primavera de Praga o la dictadura chilena. Tengan la necesidad de acercarse a otros jóvenes latinoamericanos, por decir de Brasil, y descubran, entre carcajadas, porqué a Mercedes Sosa le gustaban los estudiantes y dedicaba “Serenata para la tierra de uno” a un continente donde en realidad Medellín o Tucumán no están tan lejos de Oaxaca. Visiten esa fortaleza de piedra que es el Monasterio de San Julián de Samos, fundado en el siglo VI que pertenece a la orden de los benedictinos; luego sigan, disfruten el paisaje humano y asómbrense con el misticismo que encierra el kilómetro cero, el destino final de los miles de peregrinos que recorren el Camino de Santiago hasta llegar a la Plaza del Obradoiro. Y tengan, por un instante, el impulsivo deseo de recorrer la misma ruta y convertirse en etnógrafos involuntarios.

Quítense la rigidez de encima, maravíllense de las diversidades y dejen de percibirlas como un obstáculo; desechen estereotipos, intercambien saberes y dense cuenta que, a pesar de lo incipiente que es su enseñanza en México, nuestro país no lo está haciendo mal en materia de gestión cultural. Comprendan porqué José Luis Palacios dice que en este campo “debemos ser generosos” y porqué “la creación de puentes da la importancia a sus extremos”. Repitan esta última frase. Continúen e imaginen que se divierten con otros en otro lugar que no es el suyo, que cuestionan todo al tiempo que lo viven, que dudan de lo que ven, de lo que sienten y de la misma duda. Pregúntense qué es la interculturalidad hoy. Finalmente, imaginen que regresan a casa y que alguien más les hace de nuevo la pregunta: ¿Qué es entonces eso que fuiste a estudiar?, ¿qué es la interculturalidad?

Desconozco cuáles serían sus posibles respuestas, pero sí sé lo que respondieron Said Abud Russell y Vania Sosa Rios, alumnos de la Licenciatura en Desarrollo y Gestión Intercultural del Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (CEPHCIS) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quienes a través del programa de movilidad académica, realizaron una estancia en la Universidad de Santiago de Compostela y, a su regreso, compartieron esta experiencia con el resto de su clase que tiene al frente a la profesora Adela Vázquez Veiga, quien imparte la cátedra Instrumentos para la Gestión y Cooperación Intercultural. Para enriquecer el relato, Adela les propone una dinámica: narrar fragmentos de realidad por medio de relatogramas, los dibujos y palabras con los que se registra, documenta y difunde digitalmente la mirada de un sinfín de procesos colaborativos que se están tejiendo alrededor del mundo. Said y Vania contaron de qué se trató este capítulo de una historia que aún no termina de escribirse y mientras eso sucedía, sus compañeros sintetizaban los chorros de emoción compartida en relatogramas que, una vez terminados, comenzarán a circular por la red y servirán como inspiración para otros narradores.

Quizás el contemplar las estrellas lejos de su hogar haya dejado en Said y Vania nuevas interrogantes, ya que como afirma Umberto Eco, “el saber no trae automáticamente paz y piedad”. Quizás se expongan a futuros acercamientos con gente de otras latitudes en contextos horizontales que favorezcan el diálogo y el enriquecimiento mutuo, que les permitan ignorar menos y reconocerse más. Ojalá que así sea. En esta ocasión, lo que sucedió fue sencillamente que una verdad sutil pero significativa, se les puso de frente y se vino con ellos sin dejarlos iguales: La interculturalidad existe y no es un concepto demagógico inventado por los antropólogos, tampoco es un fenómeno reciente, ni una máxima de moda o un ente abstracto e inasible que solo cabe en las páginas de los libros o los discursos de la UNESCO. La interculturalidad, descubrámoslo, somos nosotros. Eres tú y soy yo.

»La cultura aquí y ahora: ¿Te interesa saber más sobre este tema? La profesora Adela Vázquez Veiga es Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela (USC). Cuenta con Grado en Conservación y Restauración de Bienes Culturales, con especialidad en pintura por la Escuela de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Galicia (ESCRBCG) y es aspirante a la Maestría en Trabajo Social por la Universidad Autónoma Nacional de México (UNAM). Contacto: adedoblev@gmail.com y en Twitter: @AdelaVV