homenajePor Raquel Serur

Texto Leído en el homenaje conjunto a Bolívar Echeverría, Carlos Monsiváis y José María Pérez Gay en Bellas Artes.

Antes de su caída, recuerdo una noche en casa de José María y de Lilia, en donde Chema me decía: ¿qué vamos a hacer sin Bolívar y sin Carlos, Raquel? Lo decía con un profundo dolor. Sus palabras, su mirada desamparada y profunda, desde entonces, vuelven a mi mente una y otra vez y no hallo una respuesta clara todavía.

Tengo muy viva en el recuerdo su imagen en la funeraria en donde él decide tomar la palabra entre una multitud de estudiantes que rodeaban el féretro de Bolívar. Como una película a la que se le fuera el audio, recuerdo la imagen, a Chema diciendo unas palabras, lo veo ahí, parado con su suéter azul y su hermosa cabellera blanca, ya con bastón, diciendo unas palabras que todos escuchamos extáticos.

Ahora él tampoco está con nosotros y el diálogo permanente que sosteníamos en su casa, con la siempre generosa acogida de Lilia, con su estilo único, su calidez y su cariño, quedó interrumpido.

El goce de la conversación, un arte que se perdió hace tiempo en este mundo moderno, era algo que se daba con una enorme naturalidad en casa de Lilia y Chema.

Un domingo sí y otro también, nos reuníamos los amigos a conversar sobre todo y sobre nada. El humor monsivaisiano y la ironía echeverriana atravesaban todas las conversaciones que hacían explosión en una carcajada colectiva. La depresión cotidiana que provocan los acontecimientos sociales y políticos se desvanecía por unas horas, para potenciarse más tarde, cuando uno digería lo que ahí se dijo, gracias a la capacidad de imprimir humor al horror.

El humor es lo único que hace posible distanciarse de aquello que lacera si no se le aleja.

bolivar echeverriBolívar, José María y Carlos tenían un sueño en común: la necesidad de ver a México transformado en un lugar donde todos pudiéramos participar de una vida más digna. Tengo la impresión de que el ver alejarse ese sueño de su tiempo vital, a cada uno, de manera distinta, le provocó un dolor imparable que los llevó prematuramente a su lecho de muerte.

La influencia que tuvo Berlín para Chema y Bolívar es incuestionable. Les tocó vivir un momento libertario del siglo XX que se gestó primero en Berlín con la revuelta estudiantil del 67 y que en el 68 reverberó en Francia y México entre muchos otros lugares. Vivir un momento histórico así, siendo joven, los marcó en más de un sentido y lo hizo de manera distinta a cada uno.

A Bolívar, desde entonces, le interesó una lectura distinta a la que se daba en el bloque soviético y fue en México, en la UNAM, con la experiencia de Berlín a cuestas, donde realizó una lectura sistemática y no ortodoxa de El capital de Marx, donde desarrolló su teoría de la modernidad y sus cuatro ethe haciendo hincapié, como era de esperarse, en el ethos barroco como una manera de intentar comprender teóricamente la modernidad en América Latina.

A José María, en cambio, la estancia en Berlín lo marcó de otra manera. Este momento libertario va a quedar grabado en su memoria y despierta en él la necesidad de recrearlo, de guardarlo en la memoria para rumiarlo y, muchos años más tarde, recrearlo en Tu nombre en el silencio, esa magnífica crónica ficcionalizada. Años más tarde, cuando la historia tocó a la puerta del diplomático y novelista, éste la abre con un compromiso en donde quizá retoma los sueños de ese joven mexicano en Berlín. Abre la puerta al movimiento que encabeza López Obrador y se compromete con él hasta el último día de su vida.

Si el destino de una persona queda sellado cuando muere para dar paso a su biografía, el de Chema fue retomar las ilusiones libertarias de su juventud y apostar por un cambio pacífico en México.

Los caminos de Carlos, en cambio, son completamente distintos. Si bien su mirar marginal se acentúa con el movimiento estudiantil del 68, su necesidad “revolucionaria” por llamarla de algún modo, proviene de la convicción de que, para cambiar, México necesita dar una batalla cultural que apunte a un cambio en las mentalidades. Para ello, Carlos construye un estilo propio en donde el humor y la ironía se convierten en toda una visión del mundo que pone, para usar el título de uno de sus libros, lo marginal en el centro. Se vuelve el defensor de las “causas perdidas”y no descansa ni descuida ninguno de sus frentes. Con una fuerza moral que le viene de su formación protestante, Carlos se pone de lado de las minorías –gay, feminista, protestante, indígena, etc- y, desde ahí, afila su pluma y muestra también la valía de la cultura popular en ensayos y libros.

El no fue a estudiar a Berlín sino Berlín fue a él. El interés que despertó en los estudiosos de América Latina su singular figura intelectual y su estilo único e irrepetible, acercó a los académicos berlineses a él.

Tres amigos, y una ciudad, una cultura, una influencia intelectual. En esos domingos irrepetible, en donde la conversación se centraba en libros y acontecimientos recientes, de pronto Chema y Bolívar hacían un aparte en la biblioteca y frente a algún texto en alemán brotaba, de manera natural, una complicidad que solo proviene de una experiencia vital común y que al resto nos dejaba de lado, “nos ponía en off” como decía Monsiváis, nos despertaba los celos. Lilia, quien imitando el sonido de la lengua alemana decía: “míralos, ya están achsafachsa” y Carlos la interrumpía con algún chascarrillo que nos los devolvía a la tertulia sin que dejaran de pensar en el último texto escrito sobre Benjamin o Horkheimer o Marcuse o de alguno los cientos de autores, cineastas y músicos de interés común, que en su época berlinesa circulaban mimeografiadas entre estudiantes que cuestionaban todo y desacralizaban todo aquello consagrado por un establishment que los miraba azorados agitando a la gente en las calles y plazas de Berlín.

De Bolívar extraño todo: su presencia cotidiana, su inteligencia prodigiosa, su risa que nos iluminaba a todos, su entrega a la familia, su hacer de la vida un espacio barroco donde la imaginación empuja a lo cotidiano a deshacerse de lo banal, de lo mesquino, de todo aquello que entorpece lo más vital de las relaciones humanas, la entrega a su cátedra en la UNAM donde ponía a prueba su pensamiento entre miradas atentas de estudiantes que abarrotaban el aula ávidos de escucharlo.

De Carlos extraño su humor, su calidad humana, su lealtad, su manera de enseñarme a pensar lo marginal como central. Extraño acudir a la ceremonia de sorprendernos, rodeado de sus gatos, con una película que solo él tenía y que nos la mostraba como un tesoro que solo se muestra a aquellos a quienes se considera dignos de dejarse sorprender por él. Extraño las cenas domingueras con Marta, Jenaro y Jesús en el VIPS de Avenida Universidad. Extraño San Simón y verlo salir de su cueva de portón negro, con el pelo alborotado y una mirada extraviada todavía en sus pensamientos.

De Chema extraño su voz cautivadora, su inigualable capacidad narrativa, la inmensidad de su biblioteca que nos daba cobijo y de la que salían maravillas que mostraba para despertar la admiración de todos. Extraño sus comentarios preciso y su lealtad amistosa, las reuniones en su casa, su caminar pausado en ese largo corredor que inevitablemente lo llevaba a la biblioteca. Extraño su amor a Lilia que se traducía en un “Lilia no me dejará mentir…”

Chema, Bolívar, Carlos, más distintos no podían ser. Quizá de ahí los polos de atracción que los unían y que dieron lugar a la relación más hermosa a la que se puede aspirar: la amistad genuina, espontánea, verdadera, de crítica política e intelectual, cruzada por afecto.

Lo que nos duele a los que sobrevivimos es haber pensado que eran inmortales. ¿Cómo si no, se puede vivir? Hay tantas preguntas que se quedaron sin hacer, tantos comentarios que no se llegaron a formular, lo urgente dejó de lado mucho de lo importante y sus biografías quedan truncas porque las preguntas precisas no se hicieron a tiempo o porque confiamos en una memoria que irremediablemente se desvanece.

Cuando uno tiene el privilegio de establecer un diálogo permanente con tres personas con una sensibilidad e inteligencia privilegiadas como lo fueron Bolívar, José María y Carlos, el vacío que dejan es enorme porque aquello que parecía “lo normal” con el paso del tiempo resulta que era “muy extraordinario”.

De la relación de amistad que establecieron uno con uno, uno con otro, o los 3 juntos, y todos los demás en torno a Carlos, lo que más impacta es la admiración y respeto que se tenían sin dejar de hacer burla de los defectos o de las fallas de carácter que cada uno, a su manera, mostraba u ocultaba con imaginación y arte en el vivir.

Uno trata de compensar el silencio que dejaron a través de reinaugurar un diálogo con sus obras y la sensación de vacío es todavía mayor porque los podemos, y no, encontrar en sus obras. La lista de preguntas no formuladas crece. Aquello que se dejó para más tarde, resulta que se desvaneció para siempre en el aire y ahora atormenta a nuestra necesitada memoria.

Por eso esta noche, con la presencia de Marianne Braig, Teresa Orozco, Martha Zapata y Marta Lamas los recuperamos un poco.