Familiares de normalistas desaparecidos reprochan respuesta oficial.  Foto: Octavio Gómez, Proceso

Familiares de normalistas desaparecidos reprochan respuesta oficial. Foto: Octavio Gómez, Proceso

Por Gloria Serrano

“La creatividad es justamente eso: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza” Rosa Montero

Inicio ofreciendo una sincera disculpa a los lectores de Homozapping. Hace ya algunas semanas que tengo la grata posibilidad de colaborar en este medio sin haber hecho antes una mínima presentación, un saludo de llegada como nos enseñaron cuando niños y como se debe hacer cuando alguien te abre amplias las puertas invitándote a pasar a su morada. Sin embargo, he de argumentar a mi favor que tuve buenas razones para no hacerlo:

La misma preocupación de muchos ciudadanos, el impulso por nombrar, por traer de regreso al menos en la escritura a los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa –hoy 42 de ellos todavía desaparecidos- y sugerir una muy elemental pero honesta reflexión acerca de lo que nos deja y de lo que se lleva una ausencia, querida o desconocida, fueron inevitablemente mayores. Después del desgarro que causa lo ilocalizable, la lentísima despedida sin despedida, los mexicanos aún no logramos asirnos a la vida porque con el correr de los días, ante la mirada impertérrita y desesperante de los que gobiernan, nuevas ausencias se apilan en fosas y crematorios rasgándonos otra vez, revolviéndolo todo sin dar tiempo al alivio de un justo y sano duelo. Pareciera, lo sé, que en este territorio reina Tánatos. Digo pareciera porque, a pesar de lo cruda y lamentable que es esta realidad, también existe otra que estamos dejando de ver.

Ese otro rostro de país, de una belleza dañada por la violencia de estos años, fue el que me llevó a utilizar este espacio para contarles historias de las que se desprenden cultura y pequeñas lecciones que en medio de tanto dolor, nos renuevan y ayudan a enfrentar las trampas de la inmediatez mediática y del quehacer informativo de escaso vuelo y grosor. Con esta creencia fue que les hablé del cine de lo grotesco y alucinante que ofreció el Morbido Film Fest en Mérida; del periodismo crítico e implacable de Julio Scherer y de la genialidad con la que Orson Welles dio un giro a la cinematografía mundial; también del ciclismo pensante que como una gripe se contagia por diversas metrópolis; del buen ánimo con el que Mayté Cordeiro promueve las industrias culturales; del tesón que Lucina Jiménez igual emplea para fortalecer las artes o difundir la Agenda 21 de la Cultura, y de la importancia que cobra la memoria cuando construye no solo recuerdos, sino futuro.

Tristemente, el clima de inseguridad se ha convertido en la estampilla postal con la que nos identifican en gran parte del extranjero y también con la que nosotros mismos nos reconocemos, debido a que poco o nada sabemos de esas existencias chispeantes que con frecuencia se pierden entre las sombras, pero que están haciendo esfuerzos babilónicos para sacar a México de esta oscuridad. Lo digo porque las he visto y me atrevería a decir que ustedes también. Son ingeniosos colectivos de artistas, decididos e inquietos creadores, inadvertidos activistas de barrio que no persiguen el reconocimiento efímero; son desconocidos pero imprescindibles dramaturgos, poetas, fotógrafos, indígenas, estudiantes, académicos, músicos… En fin, gente buena digna de celebración que sí merece nuestro aplauso porque ha sobrevivido al caos y al miedo de una guerra disfrazada de gobernabilidad que nos tiene, de facto, sorteando las aguas entre Escila y Caribdis.

Por eso pienso que este, es precisamente el momento idóneo no solo para persistir, sino para desandar el camino y encontrar la manera de redactar distintos, elogiables y mejores capítulos de la sorprendente crónica que es México. Así que en eso estoy y en eso estamos. Juntos, ustedes y yo, haremos de este sitio una entrada aún más ancha para recibir a esos mundos dentro del mundo que se han sincronizado con la acuciante necesidad de cambiar el rumbo de la nación. Pero eso no es todo, también estaremos para recordar aquellos asuntos que nos duelen hondo y para lamentarnos de vergüenza propia cuando, faltos de congruencia, fallemos en la tarea de hacer ciudadanía.

Lo mismo para redescubrir al Ulises de Joyce o a El Extranjero de Camus y deleitarnos una vez más con la Rayuela de Cortázar, pero además para conocer la lengua con la que se expresa la poeta Irma Pineda Santiago, el erotismo despojado de censura en la poesía de Sol Ceh Moo y el pensamiento contemporáneo de la narradora Mikeas Sánchez. Igual para hablar del arte callejero que deja rotundamente expuesto a la intemperie el malestar social, que para referirnos al Festival de Cine Gay de la UNAM o a la fabulosa puesta en común que Adela Vázquez Veiga y la Asociación Cultural Niquelarte están haciendo en Galicia y en Yucatán. Tendremos, necesitaremos hablar de la música para esas largas madrugadas que -un amigo me dice- son caldo de cultivo para conspiraciones y zozobras, y de esos compositores sublimes que juguetean con el ritmo de las emociones y a placer limpio nos zarandean el corazón.

Seguramente dedicaremos más de una ocasión para conversar de las propuestas teatrales independientes que con creatividad desparpajada y sin hipocresías, retratan la psicología humana. Y para reírnos con las provocadoras sentencias, los discutibles barbarismos del argentino Andrés Neuman o para reivindicar lo humano con esos genios de la interpretación y expertos en el acoso que logran empatar palabras e imagen para hacernos gozar y sentir todo en una película. Sí, sabemos que hay más cine después de Birdman y no lo dejaremos al margen de nuestro inventario. Pretensión inútil será de mi parte no caer en la tentación de mencionar, reiteradamente, la alegría que me produce visitar los mercados y tropezar con un México provincial que es del color de la pitaya, o el hallar cautivador a un caótico Distrito Federal que en primavera se cubre todo con el azul violáceo de sus jacarandas. Por lo que departiremos de ello y de lo que se requiera para despertar de esta anestesia que a nuestros políticos y a quienes pretenden vendernos felicidad embotellada, les resulta harto conveniente.

Nos encontraremos cada semana para pensar en otras tantas cosas, algunas simples y otras vitales, considerando siempre lo próximo, lo que tenemos aquí a la mano sin hacer a un lado lo que se está gestando en otros países y que en apariencia se ve distante pero que no lo es tanto. A veces no les gustarán mis pinceladas gruesas o la apretada síntesis que haga de un tema; a veces tendré que batallar con la embestida de sus comentarios. Pero con suerte, si ese es el caso, tendremos oportunidad de reconciliarnos en la siguiente lectura que bien podría versar sobre guerreros cotidianos, mujeres en contextos migratorios, la comunidad en línea wattpad o la narrativa museográfica, la de esos lugares que no se visitan sino que se experimentan y constituyen nuestro gran reservorio de realidad.

Apropiación, revisión, recreación, interpretación de textos, hechos y personajes, sin caer en frivolidades y alejados del discurso imperante; contar lo de siempre desde el hoy, es lo que haremos. Sacar a la cultura del clóset que guarda lo opaco, lo prescindible o lo fatuo; salir del laberinto del terror para entrar al del asombro, es justo lo que les propongo. Y así entablaremos comunicación por un tiempo indefinido que nos parecerá poco porque lo que intentamos abarcar es sencillamente inabarcable. Pidamos que el camino sea largo, pero sin importar el lapso que dure, ya sean semanas, meses o años, recorrámoslo con la mente dispuesta a construir un perfil más claro del nosotros, sin que eso signifique desdibujarnos cada uno en la cometida.

Dicho esto solo queda presentarles, al estilo de César Vallejo, mi inmensidad en bruto: Soy Gloria Serrano, Licenciada en Comunicación y ahora estudiante de la Maestría en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales. Les diré que escribo con la mira puesta en ofrecerles un periodismo digno, para lo cual pondré el mayor de mis empeños. Y les diré que lo hago recordando que tras la muerte de Gabriel García Márquez, otro avezado de la pluma, Juan Villoro, señaló: “ciertos momentos se definen por lo que perdemos”. El 26 de septiembre de 2014 se definió por la desaparición de 43 estudiantes y el 06 de febrero de 2015 por el hallazgo de 60 cuerpos en un crematorio de Guerrero. Grandioso sería que la pérdida dejara de ser nuestra más contundente definición.

Grandioso sería que dejáramos de dar tumbos de vencido y que, parafraseando al escritor que no se volvió cobarde ni caníbal, pudiéramos decir, en serio decir, que ciertos momentos se definen por lo tenemos, por lo que todavía no hemos perdido.