Unas cien mil personas se manifestaron en toda Francia en repudio al atentado contra el semanario Charlie Hebdo en el que murieron 12 personas, entre ellas el director, Stéphane Charbonnier (Charb), y sus compañeros caricaturistas Cabu, Tignous y Wolinski. La imagen, en la ciudad de Lyon. Foto: Ap

Unas cien mil personas se manifestaron en toda Francia en repudio al atentado contra el semanario Charlie Hebdo en el que murieron 12 personas, entre ellas el director, Stéphane Charbonnier (Charb), y sus compañeros caricaturistas Cabu, Tignous y Wolinski. La imagen, en la ciudad de Lyon. Foto: Ap

Por Miguel Alejandro Rivera

Las últimas semanas se ha discutido mucho el tema Charlie Hebdo, en referencia al ataque que sufrió esta revista francesa el 7 de enero pasado, y en el que murieron 12 personas, la mayoría trabajadores de la publicación, incluido el ahora famoso editor, Estéphane Charbonnier.

Este atentado, el cual posteriormente se adjudicó la rama yemeini de Al Qaeda, tuvo fuerte impacto no sólo en Paris, sino en el mundo, creando movimientos sociales, tanto en las calles como en la red, en repudio a los actos terroristas y en favor a la libertad de expresión. El ataque fue justificado tras la publicación de críticas constantes que hiciere Charlie Hebdo, sobre el islamismo, religión conocida por tener adeptos radicales y violentos.

Es de celebrar que haya zonas en el mundo donde el asesinato de doce personas aún sea noticia y motivo de movilizaciones multitudinarias, sin embargo, es importante abandonar el maniqueísmo con el que se nos obliga a ver el mundo y aceptar varias aristas del problema.

La primera: ¿hasta dónde llega la libertad de expresión cuando ofendes la libertad de credo de un pueblo? El propio Papa Francisco ha sido criticado por su postura: “no se puede ofender” a una religión o “burlarse” de ella. Pese los señalamientos, es algo que no podemos dejar de considerar.

Segundo: obviamente los gobiernos mundiales condenaron el ataque, como cualquier ser humano debiera hacerlo, pero, por ejemplo, Francia, país donde sucedió el atentado, es miembro de la OTAN, una de las organizaciones promotoras de la guerra y el dominio imperialista de los países desarrollados sobre el tercer mundo. Por mencionar un caso, su gobierno apoya la intervención en Siria, la cual ha dejado mucho más de 12 muertos.

Seguimos reiterando, no se justifica jamás el asesinato de una persona, pero entonces, ¿por qué las potencias llevan siglos patrocinando la muerte de los palestinos, los iraquíes, los africanos, los indígenas latinoamericanos, etc.? ¿No es hipócrita y tendenciosa la actitud de algunas naciones ante el hecho?
Otro punto es la postura del gobierno mexicano, que condenó también los ataques al semanario francés. Candil de la calle, oscuridad de la casa, se critica este hecho lamentable pero se olvida que en México, desde el año 2000, hasta 2014, según la PGR se han asesinado más de cien periodistas, en un país dónde es más peligroso ejercer esta profesión que en zonas de guerra como Irak.

Cuando la libertad de expresión se convierte en burla, ¿es válida? En México existen grandes periodistas incómodos para las cúpulas del poder, que ejercen un periodismo basado en investigación, datos, documentos y demás, lo que los expone a un peligro constante. La libertad de expresión es un asunto sumamente complejo, que no se puede abordar sin entender el contexto en el ejercicio de la misma. Probablemente, es mucho más cómodo practicar este derecho en el primer mundo, por lo que se puede llegar a su abuso.

Jamás, reiteramos, se justifica el callar una voz o una pluma con la muerte; no somos categóricos ante lo que sucedió en Paris y simplemente se invita a reflexionar: la libertad de expresión implica amplias responsabilidades. Es un tesoro que debe saberse utilizar: no por ser libertad es ilimitada, pues, diría aquel “entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.