ayotzi1Por Gloria Serrano Solleiro

“La civilización democrática se salvara únicamente si hace del lenguaje de la imagen
una provocación a la reflexión crítica, y no una invitación a la hipnosis” Umberto Eco

Fascinante, incierto, obtuso o complejo, son algunos de los adjetivos que bien se pueden emplear para describir este momento histórico, profundamente marcado por el impacto de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en nuestras vidas. Una bomba cargada de datos que, en su explosión, de una u otra forma nos alcanza a todos, no obstante que solo el 40 por ciento de la población mundial cuenta con acceso a internet, lo que por deja aproximadamente a 4 500 millones de personas desconectadas de una revolución que está modificando no solo la forma en que los seres humanos generamos y adquirimos conocimiento, sino otros tantos aspectos como los procesos de socialización que a diario llevamos a cabo e incluso nuestra noción de ciudadanía, territorio y gobierno. Así, los primeros años de este siglo se configuran como un gran palimpsesto, un manuscrito que todavía conserva huellas de la impresión anterior, la del siglo XX, que poco a poco se desdibuja dando paso a la que ahora vemos y cuya lectura en ocasiones nos resulta abrumadora al observar perplejos que ese progreso harto alardeado, no necesariamente se ha traducido en bienestar, calidad, inclusión y democracia.

ayotzi2Hoy, cuando nos enteramos de sucesos como el atentado al semanario francés Charlie Hebdo, la victoria de Syriza, el partido de izquierda en Grecia; la desaparición forzada de 43 estudiantes normalistas en el estado de Guerrero, el impune asesinato del periodista veracruzano Moisés Sánchez o las dolorosas historias de niños centroamericanos que huyen a los Estados Unidos escapando de la violencia en sus países, en realidad de lo que estamos hablando no es de casos excepcionales o hechos aislados, sino –primeramente- de individuos con una identidad y el legítimo e indisociable derecho a ser nombrados. Pero además, se trata de asuntos tan relevantes como el ejercicio de las libertades individuales, los conflictos interculturales latentes, la viabilidad de las políticas públicas, la gobernabilidad como una cualidad del sistema político o la reconfiguración de las comunidades resultado de los flujos migratorios.

¿Cómo gestionar toda esta turbulencia local que afecta en lo global?

El nuestro, es sin duda un siglo que tiene el timbre de la tensión producto de la diversidad. Vivimos una especie de rigidez social de la que solo podremos liberarnos en la medida en que seamos capaces de relacionar el cúmulo de información que se nos presenta para construir sociedades siempre determinadas por las diferencias y el conflicto. Debatir conceptos tradicionales como matrimonio, familia o educación; generar nuevas prácticas ciudadanas y establecer modos distintos de relacionarnos virtual y presencialmente, son aún, tareas de todos pendientes. Es en este escenario donde la cultura reaparece no como un complemento, sino como el inmejorable instrumento posibilitador del desarrollo con rostro humano, pensado para y desde las personas. Un desarrollo basado en desaprender lo aprendido con miras a tener un futuro menos áspero que la circunstancia presente, en la que casi la mitad de población en el planeta sobrevive con menos de dos dólares al día.

ayotzi3Sobre estas cuestiones discurre Lucina Jiménez López, Doctora en Ciencias Antropológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, consultora internacional de políticas culturales, integrante del Banco de Expertos de la UNESCO (París) en Gobernanza de la Cultura para el Desarrollo y, esencialmente amante de los procesos culturales, una mujer de larga trayectoria que viene desarrollando una intensa labor de difusión de la Agenda 21 de la Cultura (2004), documento orientador traducido a 21 idiomas, cuyo primer antecedente se remonta a la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales (Mundiacult) realizada en México en 1982, un encuentro que tiene entre sus logros el haber ampliado la definición de cultura y patrimonio cultural.

Esta es una batalla que se ha ido ganando a paso de tortuga y que más de tres décadas después, comienza a ver sus frutos al ser actualmente más de 500 ciudades, gobiernos locales y organizaciones en todo el mundo las que se suman a la Agenda 21 de la Cultura y consideran su aplicación a través de 5 ejes transversales: cultura y derechos humanos; cultura y gobernanza; cultura, sostenibilidad y territorio; cultura e inclusión social, y cultura y economía. Montreal, Barcelona, Bogotá y la Ciudad de México, son parte de este movimiento municipalista internacional.

ayotzi4En este pertinaz recorrido intentando visibilizar el potencial de las manifestaciones culturales, Lucina Jiménez se trasladó a Mérida en Yucatán, para ofrecer la Conferencia Magistral “Retos y avances de las ciudades sustentables”. Un tema nada menor, si se piensa que para el 2030 se tiene proyectado que más del 60 por ciento de los habitantes del mundo vivirán en entornos urbanos. La de Lucina fue una ligera e inteligente charla en la que se habló de los espacios públicos como esa ágora donde la democracia adquiere plena significación. Sí, la emblemática escalinata del Teatro Juárez en Guanajuato, el zócalo capitalino o la Macroplaza en Monterrey, siguen siendo el lugar por excelencia para el ejercicio ciudadano que se traduce en protestas, conciertos improvisados o simples caminatas. Por ello, recuerda la Dra. Jiménez, es indispensable que las defendamos ante el secuestro que sufren en diversas zonas del país donde ni siquiera el elemental derecho de tránsito está garantizado.

Lucina Jiménez también se refirió al nuevo protagonismo de las ciudades, entendidas como el contexto más próximo a la gente donde se ven reflejados los efectos de la globalización y se viven directamente los grandes cambios que las sociedades experimentan. En esta perspectiva, es que la Agenda 21 de la Cultura centra sus 16 principios, 29 compromisos y 22 recomendaciones en determinar cuál es el futuro de las metrópolis y cómo influye el factor cultural en su desarrollo sostenible. Dar viabilidad al derecho de expresión que tienen los jóvenes, fortalecer las capacidades ciudadanas, permitir la innovación con arraigo social, establecer un diálogo intersectorial, aprender de los casos de éxito en otras localidades y dignificar a nuestros artistas y creadores desde el discurso, son elementos democratizadores que ya están sobre la mesa y que se analizarán de nueva cuenta en marzo, durante la 1ª Cumbre de Cultura organizada por la Red Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU), que se llevará a cabo en Bilbao, España.

En medio de esta agenda y en un país tapiado con una masa de corrupción, violencia, impunidad y desigualdades profundas, corresponde a todos los ciudadanos encontrar la grieta en el muro para incidir en dinámicas comunitarias específicas. Sin embargo, para que esto suceda irremediablemente necesitamos, primero, someternos a otra lógica de pensamiento y valernos de otros lenguajes que conlleven a una nueva articulación entre gobierno y sociedad. En suma, educarnos para cooperar, promover y “vivir la diversidad de diversidades”, será la clave en la reconquista de los derechos individuales y colectivos. Estas son las provocadoras perlas de sabiduría que Lucina Jiménez nos ofrece, las mismas que invitan a la reflexión y que ya están siendo utilizadas de forma estratégica por gestores culturales, artistas, creadores y muchas otras mentes inquietas que, en distintos ámbitos, se rehúsan a permanecer indiferentes ante la retranca en que se han convertido los sistemas económico, político y social dominantes. Créanlo, aunque no aparezcan con frecuencia en la primera plana de los diarios, si afinan la mirada les aseguro que encontrarán a más de uno, personas que se asumen como agentes relevantes, con interesantes propuestas que comparten a través de las redes sociales o en lugares tan cercanos y comunes como las propias calles de su ciudad.

El 2015, proclamado como “Año Internacional de la luz y las tecnologías basadas en la luz”, es también el año en que se revisarán los Objetivos de Desarrollo del Milenio fijados por la Organización de Naciones Unidas (ONU) en el 2000. Más allá del fraseo institucional, es importante tener claro que nos encontramos ante la enorme oportunidad de hacer de este tiempo una inmensa fiesta pública, donde la participación ciudadana sea el punto de unión que trascienda fronteras y la verdadera luz que alumbre el camino de un siglo que ya se perfila, tecnologizado sí, pero inminentemente cultural.

Permitámonos que así sea.