Julio Scherer García en su estudio en el 2002.  Foto: Ulises Castellanos, Proceso

Julio Scherer García en su estudio en el 2002.
Foto: Ulises Castellanos, Proceso

Por Gloria Serrano Solleiro

“Yo un luchador he sido, y esto quiere decir que he sido un hombre”, Goethe

No son rumores, sino realidades. Existen algunas personas, no todas, pero sí algunas, para quienes nunca es demasiado. Nunca es demasiado el amor en sus distintas manifestaciones, la pasión que se ejerce como vocación o la vida misma. Sencillamente es así, no les alcanza. Inconformistas, ávidos de abarcar su todo, por más que avancen, por más que conviertan una actividad ordinaria en un ejemplo extraordinario, por más que la gente se sorprenda de lo que han logrado, para ellos nunca es demasiado. En estos momentos pienso inevitablemente, por lo reciente de su partida, en el tremendo Julio Scherer García, el periodista para quien perseguir la noticia, mantener la ética profesional o darse con generosidad a los demás, nunca fueron un exceso, nunca fueron demasiado.

Pero también pienso en otra mente prolífica e inagotable a la que no le bastó su incursión en la radio con La guerra de los mundos o el trabajo actoral dentro de las artes escénicas, y por ello exploró otras áreas como la dirección, el guionismo y la producción, teatrales como cinematográficas. Un personaje y una aventura per se, un infaltable del séptimo arte al que recordamos porque precisamente en 2015 se cumplen cien años de su afortunado nacimiento. Me refiero a Orson Welles (Wisconsin, 1915- California, 1985) quien, al igual que Scherer, sin pretenderlo, impuso una escuela de la que sólo se puede hablar haciendo uso de un adjetivo: fundamental. Tal es el caso, que el correr de los años y las innovaciones tecnológicas aplicadas a la industria del celuloide, no han conseguido opacar su legado ni evitar su influencia en largometrajes posteriores.

Esto no es algo casual o fortuito. Welles fue un hombre de definiciones que desde muy temprana edad, al sumergirse en el fascinante mundo de la cultura y las bellas artes, tuvo la posibilidad de nutrir su espíritu y equipar su pensamiento para generar piezas magistrales como el Ciudadano Kane (1941), la ópera prima que a los 25 años le valió el éxito, algo que no está de más decirlo, consideraba “tan vulgar como la posteridad”; pero sobre todo, le dio el reconocimiento de la crítica como un renovador de la cinematografía clásica de la época por la originalidad que deja expuesta en el film a través de elementos tan esenciales como la estructura narrativa, la música y la fotografía. Agudo, de mirada osada y penetrante, en sus conversaciones Welles podía hacer referencia al Ulises de Joyce o hablar del siglo XIX con la nostalgia, pero sin hollar, del que se sabe por arriba de los estándares del periodo histórico que le tocó vivir.

Más que estadounidense, sus andanzas en China y por diversos países de Europa lo llevaron a ser un extranjero casi de tiempo completo cuyo hogar fue tan estable como una hoja echada al viento; quizás por eso nunca se consideró parte de los artistas o intelectuales exiliados durante los tiempos del macartismo en que todo lo contrario a la extrema derecha calzaba perfecto en el zapato del comunismo. Un realizador bastante politizado y siempre álgido en sus apreciaciones hacia los medios masivos de comunicación, que con soltura, elegancia e inteligencia, soltaba verdades a la cara como en aquella joya de entrevista (The Paris Interview, 1960), todo un close up a su obra realizado por Bernard Braden en el que Welles, además de ofrecer su particular visión del arte y juzgar la calidad interpretativa de los actores norteamericanos al representar clásicos de Shakespeare como Macbeth, cuestiona el poder de la prensa y los alcances de los contenidos televisivos, de los que dijo (o quizás futurizó) “deberían hacer algo más que entretener”.

Práctico para algunos, cínico y perturbador para otros, pero invariablemente fiel a sus convicciones, como productor y director Orson Welles nunca se tomó el arte tan en serio como otras cosas, entre ellas la amistad. Así que cuando su entrevistador intentó colocarlo en cierta encrucijada moral respecto a los valores que se consideran inherentes a un creador o artista, con esa contundencia imperecedera que lo caracterizó hasta el final de sus días, argumentó: “no estoy definiendo cómo debe ser un artista, solo hablo del tipo de artista que soy yo”.

Una constante más en su incesante trayecto fue arriesgar para ganar; pronto entendió que el dinero no es un fin, sino el instrumento para mayores conquistas, por ejemplo, repensar y trascender los posibles del lenguaje cinematográfico para convencer al espectador de algo que no es cierto. ¡Y vaya que lo logró! Pero para Welles nunca fue demasiado; detrás del Ciudadano Kane vinieron otros tantos proyectos como El extraño (1946), La dama de Shanghái (1948), La sed de mal (1958), F de Falso (1973) y El Proceso (1962), con los que siguió profundizando en diversos géneros y técnicas de montaje, iluminación y sonorización, gracias a los cuales también nos regaló planos inolvidables e imágenes verosímiles que son todo un espectáculo, poesía que entra por los ojos.

Y para quienes rinden culto a su filmografía, es importante destacar que en 2004 se descubrió la empolvada presencia de Too much Johnson (1938), dinámica película muda que Welles escribió, dirigió y rodó antes del Ciudadano Kane y que durante décadas se consideró perdida, pero por increíble que parezca, fue hallada en Pordenone, un pequeño y pintoresco poblado italiano cercano a Venecia donde se realiza Le giornate del cinema muto, festival de cine mudo que en su edición 32 proyectó por primera ocasión esta cinta una vez que, bajo el auspicio de la National Film Preservation Foundation de San Francisco, fue restaurada por el equipo de expertos encabezado por Paolo Cherchi Usai, jefe del departamento de cine del George Eastman House de Nueva York, que realizó un excelente trabajo de arqueología cinematográfica.

Más allá de su valor histórico, Too much Johnson regresa para confirmar (si es que alguna duda cabe) que el de Welles, fue un cine imprevisible en el que cada toma sugiere mucho más de lo que se ve y en el que la secuencia cómoda, el discurso nimio o falto de significación no tuvieron cabida, de la misma forma que para este narrador de historias el empezar de nuevo y reinventarse, nunca fue demasiado.

Tras su salida de Excélsior, a Julio Scherer le llegó a preocupar “un porvenir de días circulares”. Nunca lo sabremos, pero me atrevo a pensar que probablemente esa misma repulsión a una permanencia lánguida, a un mañana árido y tedioso, también fue motivo de desasosiego para el prodigio de Wisconsin. No podría explicar de otra forma la abrumadora vitalidad y el talante con los que, cada uno a su estilo, cruzaron este mundo a contracorriente. Too much Johnson está ahí, a la espera de que una nueva generación de espectadores se asombre ante el proceso creativo que esconde la gran pantalla. Don Julio vive, Proceso sigue, corearon sus colaboradores tras el sepelio de quien mejor que ninguno le hizo el amor a lo amado, al periodismo, informó Álvaro Delgado, escritor y también periodista del semanario, a través de su cuenta en Twitter.

Welles y Scherer. Dos existencias geniales y rigurosas conscientes de su circunstancia; dardos certeros, par de seductores que hicieron de su quehacer la expresión genuina de su propia vida. Maestros ambos altamente valiosos, residentes perpetuos en nuestra retentiva colectiva que conviene releer y volver a ellos cuantas veces sea necesario para recibir una potente descarga de energía y no olvidar que un oficio, cualquiera que sea, cuando se hace con entraña, nunca será demasiado.