Por Livia Díaz

arte-indigena-arte-comunicanteCuando Guillermina Ortega pasó de la academia a las comunidades indígenas, de las disciplinas a los territorios para enriquecer y hacer las instalaciones de obras en Papantla, no imaginó que de su forma de trabajo habría de evolucionar de individual a la comunidad en donde encontró, en primer lugar, la colaboración.

Al lado de la poetiza Beu Yibe Yantlanesi con quien presentó en el Ágora de Xalapa “Mirar la raíz, nutrir la fuente” en una charla moderada por la doctora en letras mexicanas Roxana Quiahua Alamillo, contaron que en México se da el encuentro de dos mundos en este trabajo, y que acaban de practicarlo. Ambas hablaron del conflicto entre lo formal que tiene la educación, en lo individual, occidentalizada, y que se puede conjugar con otras cosas, y lo contrastaron al trabajar en una comunidad indígena.

Y es que según ampliaron son dos mundos distintos que en algún punto se rozan, en este caso, se encuentran en él, en su pasado y en su origen.

Así que hablaron de los pueblos originarios y de los de occidente, o mestizos del país. Beu contó que al desarrollarse, trabajar y estudiar, encontró que esta sociedad te obliga a una forma, incluso te orilla a las preguntas “¿quién es quién? ¿A quién ser?”

La interdisciplinidad

Después del proceso concluyeron que el arte era una herramienta para interactuar con las demás disciplinas y que en la educación formal hay que ser “formal”, sin mezclar, pero ambas tienden a retomar y usar elementos de otras disciplinas para su educación y su trabajo, entonces Guillermina que estudió en La Esmeralda habló de que esto iba marcando su trabajo porque, al ir en contra se transformó la forma de trabajo y de ver el mundo.

La poetisa y la artista plástica se dieron cuenta de que tienen en común la vida, la comunidad y la cultura.

Beu dijo “hay una lista de palabras que creas día con día” y después leyó el poema que emblema la instalación y que da cuentas, en suma de este planeamiento, del Yo pasa en sus versos al Nosotros.

El poema en náhuatl que escribió Beu sobre la obra de Guillermina abre como abanico estos conceptos que occidente maneja, y que no es lo que maneja la comunidad en la que vive sino que deja entrever que hacen y piensan las cosas en su raíz en donde todo se ve, digamos, sin afirmarlo, en cuarta persona.

Mientras Guillermina siguió trabajando, sacando a flote a sus dos abuelas indígenas, advirtió cosas de la vida de ellas que no tenía presentes, como el que una de ellas, que no hablaba casi español, se la pasaba siempre callada. La lengua la confinó al silencio, cuando al verla así se podría pensar que ella era callada o modesta, o algo así.

La idea del Yo en el mundo occidental y como es en las comunidades indígenas obligó a una a aprender a interactuar y a la otra a darse cuenta de su propia identidad al alternar con los dos mundos en su casa y en sus actividades. Para las dos, además, es una vuelta al pasado.

Al terminar la charla le preguntaron a Guillermina si “¿ya se encontró?” La respuesta la amplió lo narrado, dijo que fue a la escuela, que viene de una familia que buscando el aparente progreso se integró a la vida petrolera. Ahora decidió ir a esa construcción interna.

En esta reunión a la que asistieron unas 30 personas el sábado 26 de julio por la tarde también se dijo que en las familias hay muchas cosas ocultas “y que ni ellos las quieren sacar.”

Procesos de identidad

Beu y Guillermina intentan descifrar lo que es arte indígena. Hablan constantemente, discuten, dialogan, investigan y trabajan, según dieron a conocer. Ortega dijo “buscando eso me di cuenta de que ya no me podía hacer tonta, que tenía que buscar hacia adentro.”

En tanto Beu explicó “coexistimos juntos los indígenas pero, parece un mundo aparte”, y lo es. Luego recordó cuando un amigo de la escuela le comentó “es que yo no me imagino cómo viven Ustedes”. A mí… que al estar en la academia “me creí del otro mundo.”

“Mi utopía es crear un puente entre los dos mundos. Lo veo fantástico”, expresó.

Esos indígenas coexisten aquí y pueden vivir un mundo aparte. En conclusión, el reconocimiento de la raíz nutre la cultura y viceversa, parecen decir ambas. Guillermina Ortega amplió que en su familia, los petroleros trabajaban en la empresa desde muy jóvenes y las jornadas eran muy largas, por eso entre las fotos familiares hay una aplicación de alambre que atraviesa una de ellas en la que quiso explicar lo que siente al respecto.

Los sentimientos de la artista sobre su propia obra, que es personal, pero impacta todo el entorno, afectó a muchos porque encuentra similitudes como la de la abuela que cuando quiso llevarla a curar de espanto, los padres se opusieron rotundamente, pensando en que eso iba contra la medicina moderna, por lo que se hacía a escondidas.

Otro mundo dentro de otro, la vida oculta

Orgullosa de darle vida a la abuela con quien se encontró después de vivir y no percatarse que había estado como enjaulada, le dedicó una pieza en la que está presente además el algodón, en el hilo y la aguja, las plumas y la presencia de ella dentro de su jaula, del confinamiento a la que la obligó la transformación de su vida.
Luego dijo que la lengua de su nana era el mexicano o náhuatl, era la lengua que constató que era la raíz y es la razón de la presentación en todos los aspectos del multimedia, la plástica y la traducción al español. Que podría hacer en otros idiomas si se diera el caso, aunque consideró Beu que, por más que quisiéramos traducir la lengua, siempre la interpretamos.
Finalmente coincidieron que este es el momento en el que “todos los creadores sí tenemos que poner atención”, y esperan que este trabajo llegue a las comunidades indígenas y a todas partes.

Ver también Mirar la raíz nutrir la fuente