En agosto de 2013, Blanca Hortencia Moreno, de 25 años de edad, y su pareja, Javier Picasso, de 26, fueron detenidos en Monterrey, Nuevo León, por difundir en Facebook una fotografía de su hija de cuatro años semidesnuda, atada y amordazada. Foto: terra.com.mx

En agosto de 2013, Blanca Hortencia Moreno, de 25 años de edad, y su pareja, Javier Picasso, de 26, fueron detenidos en Monterrey, Nuevo León, por difundir en Facebook una fotografía de su hija de cuatro años semidesnuda, atada y amordazada. Foto: terra.com.mx

Un día antes de suicidarse, el sonorense Alexis Omar Balderrama Gutiérrez, de 23 años de edad, publicó en su muro de Facebook: “Así kiero que me recuerden siempre bien parrandero y mujeriego… Y ke el mundo ruede”. Poco antes de quitarse la vida, escribió en esa misma red social: “Ya no puedo más amigos me rindo cuídense mucho sobre todo mi familia k la amo perdóneme ama y mi hijo”. No ha sido el único joven mexicano que ha anticipado su suicidio mediante esta vía.

Las redes sociales han servido como plataforma para sublimar la necesidad de hacer públicos los aspectos más íntimos de la ahora extinta vida privada.

Junto con jóvenes que obtienen súbita fama por ocurrencias, proezas o simples videos graciosos, algunos más lo han hecho por cometer un crimen o atentar contra su vida.

En el libro “La intimidad como espectáculo”, la antropóloga argentina Paula Sibila compara que antiguamente la megalomanía y la excentricidad eran catalogadas como enfermedades mentales o desvíos patológicos, mientras que en la actualidad “no parecen disfrutar de esa misma demonización. En una atmósfera como la contemporánea, que estimula la hipertrofia del yo hasta el paroxismo, que enaltece y premia el deseo de ‘ser distinto’ y ‘querer siempre más’, son otros los desvaríos que nos hechizan”.

Se ha vuelto común leer noticias sobre actividades delictivas ligadas a las redes sociales, la juventud y la necesidad de reconocimiento. El pasado cuatro de mayo, el adolescente Jorge Luis Álvarez Salas, originario de Saltillo, Coahuila, difundió una fotografía al lado de un perro colgado de un árbol con una soga; acompañó la imagen con el mensaje: “Muuuriiioooo”. En agosto de 2013, Blanca Hortencia Moreno, de 25 años de edad, y su pareja, Javier Picasso, de 26, fueron detenidos en Monterrey, Nuevo León, por difundir en Facebook una fotografía de su hija de cuatro años semidesnuda, atada y amordazada.

En marzo pasado, en Guamuchil, Sinaloa, Anel Báez, de 16 años de edad, fue asesinada de 65 puñaladas por su mejor amiga, Erandy Elizabeth. De acuerdo con versiones periodísticas, el homicidio fue originado por la molestia de Erandy con Anel por publicar fotografías íntimas de ella en Facebook. Antes de concretar el crimen, Erandy escribió en su cuenta de Twitter: “Voy a sepultarte antes de que pase este año”.

La naturaleza pública de las redes sociales provoca que los cibernautas participen activamente como auditorios y jueces de estos espectáculos. Cuando Gabriela Hernández Guerra, una veracruzana de 22 años de edad, anunció su suicidio en Facebook porque “No tengo nada, nada. Ya no tengo nada”, cientos de usuarios de Twitter se mofaron masivamente del caso, a tal grado que colocaron como tendencia el tema “MesuicidiocomoGabriela”.

“Antes los jóvenes se emancipaban a través del trabajo, el estudio y el matrimonio. Ahora, para muchos, las vías preferentes son la conectividad y el consumo. Estos nuevos medios de independencia de la familia anticipan desde la primera adolescencia un horizonte ajeno a los padres”, escribió el investigador argentino Néstor García Canclini en “La modernidad en duda”.

En una mayoría aplastadora, los menores de edad pasan el tiempo libre solos en sus cuartos, absortos en las redes sociales. En el estudio “Los adolescentes del siglo XXI. Los consumos culturales en un mundo de pantallas”, publicado por el Fondo de Cultura Económica, la investigadora Roxana Morduchowicz reveló que los jóvenes –incluso los de clases sociales bajas-“viven en un mundo de pantallas”, alejados de las plazas públicas, de sus padres y de los libros:

“La adolescencia es una etapa de construcción de identidad. Los adolescentes empiezan a preguntarse quiénes son, qué piensan de sí mismos y cómo se ven ante los demás. Buscan pertenecer a los diferentes grupos con los que conviven (escuela, familia, club, barrio, etc.). Necesitan sentir que los ‘otros’ los aprueban, validan y aceptan (…) Piensan en sí mismos, pero al mismo tiempo se interrogan sobre sus públicos. Por primera vez aparece un sentido de audiencia: esperan de sus lectores comentarios que los validen”.

La revista “Scientific American” publicó en septiembre del año pasado un estudio del investigador John Maltby que revelaba que la principal meta de los menores de entre 10 y 12 años era convertirse en famosos. Entre las razones que impulsan este deseo se encuentran: protagonizar una “vida intensa”, ayudar a resolver problemas personales y llegar a ser rico.

Estos antecedentes explican el boom de jóvenes que se empecinan en ser vistos a cualquier costo, no en pocas ocasiones valiéndose de la humillación a sus vecinos, la exposición de espectáculos pornográficos y la consumación de actos delictivos.

La escasa conciencia del peligro ha provocado también que criminales profesionales aprovechen los detallados datos personales que los menores suben a internet. Con profusión, sabemos de casos de abuso sexual, extorsión, trata de personas, secuestro y homicidios perpetrados mediante el uso de las redes sociales.

En 2006 México tenía 20.2 millones de cibernautas, mientras que en 2012 la cifra ascendió a más del doble: 45.1 millones, de acuerdo con la Asociación Mexicana de Internet. El 33 por ciento de los usuarios se encuentran en un rango de entre 6 y 17 años de edad. El 82 por ciento de ellos accede cotidianamente a redes sociales. Es irrefutable que estamos ante un fenómeno que se multiplica en proporciones virales.

Dado el panorama nacional, el acelerado crecimiento del uso de internet se acompaña de un país sumido en la crisis económica, ausencia de empleos bien remunerados, padres distantes y un profundo deterioro del tejido social.

Como recomienda Morduchowicz en el libro citado párrafos anteriores: “Podemos cuestionar estas transformaciones, interrogarlas, criticarlas o ponderarlas. Lo único que no pueden hacer la familia, la escuela y la sociedad en general es ignorarlas. Porque ello significaría ignorar a los propios jóvenes”.

La de por sí compleja adolescencia se combina con la cada vez más compleja vida contemporánea. Si bien el frenético ritmo moderno resulta difícil de asimilar, ante las evidencias de esta nueva realidad no queda más que prestar plena atención para evitar la proliferación de una plaga de tragedias cibernéticas que envuelvan a la juventud.

Twitter: @juanpabloproal

www.juanpabloproal.com