expresidentesEn menos de una semana, los mexicanos tuvimos un claro recordatorio que ni las pensiones millonarias hacen que los ex presidentes se mantengan callados: Carlos Salinas, el innombrable, apareció en entrevista exclusiva con El Universal para recordarnos que él fue el “gran reformador” antes que Peña Nieto; Ernesto Zedillo comenzó a operar para denunciar presiones en contra de su proyecto de privatización ferrocarrilera (él, que ahora trabaja para Union Pacific); Felipe Calderón retornó con su simpatía habitual para dar entrevistas y crear una fundación; y Vicente Fox dice tantas barbaridades para evadir el tema de Oceanografía y el vínculo con los hijos de Martha Sahagún.

Sólo Luis Echeverría, con más de 90 años, permanece callado porque la demencia senil parece que ya le pasó el costo a quien antes era visto en el priismo como el oscuro hacedor de grillas y presiones tras bambalinas.

El siempre hiperactivo Carlos Salinas decidió romper su veto declarativo en El Universal. Tres días seguidos el periódico desplegó una entrevista cómoda al ex presidente incómodo. Salinas lanzó su mensaje críptico: “los enemigos de las reformas quisieron descarrilarme”. Y repitió lo que siempre ha dicho de Luis Donaldo Colosio, su sucesor asesinado, para mandar mensaje de traición a su sucesor “traidor”: Ernesto Zedillo.

La reaparición de Salinas se dio justo la semana que en la Cámara de Diputados se aprobó una reforma para abrir la competencia en el sector de ferrocarriles, privatizado por Zedillo en 1995. Ya no es la matanza de Acteal el terreno de enfrentamiento entre los dos próceres del neoliberalismo a la mexicana, sino el gran negocio de la apertura ferroviaria.

Zedillo, como se recordará, trabaja en Union Pacific, la poderosa trasnacional beneficiaria junto con Kansas City Southern de la apertura en este sector. Ambas se asociaron con Ferromex y Ferrosur. Y el sector sigue en quiebra, en medio del gran proyecto de Peña Nieto por dar concesiones para trenes suburbanos.

En medio de este pleito soterrado entre Salinas y Zedillo, el panismo nos recordó por qué la cultura parroquial, de la intriga y los golpes bajos, no ha abandonado al partido que estuvo 12 años en el poder.

Felipe Calderón, el ex becario efímero de Harvard, retornó a México bajo el pretexto de crear la fundación Desarrollo Humano Sustentable en el Club de Industriales. Cobró 5 mil pesos por cubierto y se apareció todos aquellos que le debieron algo al mandatario de las “manos limpias”.

Calderón dio una ronda de entrevistas en radio, con Ciro Gómez Leyva, con Joaquín López Dóriga, para pontificar sobre el desastre interno del PAN y recordarnos que él apenas tiene 50 años y puede ser tan hiperactivo como Salinas.

“No hablemos de cosas tristes”, repitió el ex dirigente nacional, ex diputado, ex secretario de Estado e hijo de un ex fundador del PAN, cuando le preguntaron qué opina de la agria disputa entre calderonistas (léase Ernesto Cordero) y Gustavo Madero, el dirigente actual bendecido por Peña Nieto.

En la misma semana de reapariciones de ex presidentes –incluso, hasta el ex candidato presidencial panista y ex secuestrado Diego Fernández de Cevallos realizó declaraciones públicas- la empresa Oceanograía, una de las 10 principales contratistas de Pemex, fue sancionada por 24 millones de pesos e impedida por el gobierno federal a realizar nuevos contratos por 21 meses.

Revistas como Proceso o el periódico Reforma y otros medios han documentado la corrupción de Oceanografía con los hijos de Marta Sahagún, la mitad de la presidencia bicéfala de Fox.

El ex presidente con botas y con mota ya no salió a declarar esta semana. No dudemos que algo se le ocurra, además de un fondo de inversión petrolera, para defenderse de los expedientes que lo vinculan a Oceanografía.

Tanto protagonismo de los expresidentes sólo es un recordatorio para el mandatario que apareció en la portada de Time esta semana: podrás “salvar” a México, pero no te librarás de nosotros.