por Adam Goodman

Texto publicado originalmente en Al Jazeera America.

Traducción: Óscar Ramírez Maldonado

La jornadas de Victoria Alvarez Flores, de 54 años, comienzan a las 5 de la mañana. Foto: Alicia Vera/Al Jazeera America.

La jornadas de Victoria Alvarez Flores, de 54 años, comienzan a las 5 de la mañana. Foto: Alicia Vera/Al Jazeera America.

Ciudad de México.- Durante la última década, Victoria Álvarez Flores trabajó 10 horas diarias, seis días a la semana, 51 semanas al año, en una lavandería en la Ciudad de México. Su viaje de ida y vuelta desde su pueblo a las afueras de la ciudad agregó otras cuatro horas y media a su de por sí largo día. La paga era modesta, los beneficios no existían, pero al menos ella tenía un trabajo. Esto, hasta que el dueño vendió el negocio.

El 27 de octubre la lavandería cerró, marcando así el primer día de desempleo para Álvarez. Era su cumpleaños número 54.

La situación de Álvarez no es poco común. El año pasado el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, junto con parte de los medios internacionales, enfatizó el crecimiento de la clase media mexicana y describió al país como una historia de éxito económico, un Tigre Azteca. La realidad, sin embargo, es algo distinta.

“La economía mexicana atraviesa actualmente una recesión”, dijo Gerardo Esquivel, profesor en el Centro de Estudios Económicos en el Colegio de México, en el DF. “La cifras que se han estado mencionando en términos de crecimiento de la clase media han sido burdamente exagerados. No existe una definición clara de lo que la clase media es”.

Esquivel también indica que el número de nuevos empleos este año estará más cerca de los 400 mil que de los 700 mil proyectados. Adicionalmente, un estudio realizado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) muestra que el número de mexicanos viviendo en pobreza se incrementó de 49.5 millones a 53.2 millones entre 2008 y 2011.

“Hoy la palabra es sobrevivir. No vivir, sino sobrevivir”, dice Álvarez. “Ellos dicen muchas cosas, pero la verdad es que nosotros no vemos ninguna diferencia, nada real… es muy difícil para todos los que viven día a día”.

“Si compramos tortillas no podemos comprar frijoles”, agrega de manera metafórica.

La mayor de nueve hijos, Álvarez creció en Ciudad Nezahualcóyotl, un área de clase trabajadora al sureste de la Ciudad de México. Su padre era albañil y su madre se encargaba de Victoria y sus ocho hermanos. Su padre obtenía un ingreso modesto, pero era suficiente para llevar en ocasiones a la familia a la lucha libre, a partidos de fútbol y a Chapultepec.

“No divertíamos”, recuerda. “A nuestra manera, dentro de nuestros límites”.

Después de terminar sólo un año de educación intermedia, Álvarez comenzó a trabajar a la edad de 14. Durante la siguiente década tuvo diversos empleos, incluyendo temporadas en la fábrica de Dr. Scholl’s, una panadería que realizaba alimentos para aerolíneas, una bodega en la Central de Abastos de la Ciudad de México y una lavandería. Después de trabajar cuatro años para un jefe abusivo en la lavandería, dejó el trabajo para pasar los dos años siguientes haciendo lo que se pudiera para sobrevivir y proveer a sus tres hijos, a los cuales ha criado sola.

En 2003, Álvarez recibió una oferta de trabajo para vender tortas en un turno nocturno de 12 horas por un salario de $1,400 pesos mensuales, sin embargo la rechazó. En lugar de ello tomó un trabajo en una lavandería en una colonia de clase media en la Ciudad de México, La Escandón, en donde laboró hasta el mes pasado.

Una semana de trabajo agotadora

Álvarez ahora vive con sus hermanos Daniel y Mario Santos en una pequeña casa en Chalco, Estado de México. Se mudaron a Chalco hace 19 años, antes de que su padre muriera, para ahorrar en renta. Daniel trabaja como chofer y Mario trabaja día a día en un basurero de desechos industriales.

Mientras trabajaba en la lavandería, Álvarez salía de su casa a las 6:00 a.m., o más temprano. Como muchos otros que viven en y alrededor de esta ciudad de casi 20 millones de habitantes, ella tenía que realizar un recorrido diario que le tomaba más de dos horas para ir y más de dos horas para regresar, el cual involucraba una multitud de formas de transporte público.

“La verdad es que muchas veces, seguía durmiendo”, agrega.

Ella y Daniel primero tomaban un camión a Pantitlán, un ramal de transporte principal en la parte este de la ciudad. En más de una ocasión, hombres armados con pistolas abordaron el camión y robaron el dinero y sus teléfonos celulares a los pasajeros.

“Afortunadamente, ellos no fueron agresivos conmigo”, comenta Álvarez. “Pero hubo ocasiones en que se realizaron disparos”.

En Pantitlán, ella subía al metro, que se desborda con gente durante las horas pico. “Solamente esperaba ser capaz de abordar”, dice riendo.

Después de arribar a la lavandería un poco después de las 8 a.m., “tarde como siempre, desde el primer día”, Álvarez pasaba las siguientes 10 horas lavando ropa y secándola en dos grandes secadoras de gas que calentaban el lugar durante el invierno, pero lo hacían incómodamente caliente en verano. Frecuentemente ella trabajaba sola, viendo telenovelas o el fútbol en una pequeña televisión con mala recepción.

La lavandería cobraba 60 pesos para lavar y secar tres kilogramos de ropa. La mayoría de los días eran atareados, Álvarez dice que atendía un promedio de 20 clientes y 25 a 30 kilográmos de ropa por día. Lo cual significaba que el dueño cubría su salario semanal en tan solo un día.

Ella gastaba 30 pesos al día en transporte y otros 50 pesos en el almuerzo, en total, una cuarta parte de su ingreso diario.

Su día no terminaba cuando ella llegaba a casa poco después de las 20 horas, cada noche hacía de cenar para ella y sus hermanos, cocinando lo que encontraban. “Nos gusta comer sopa, arroz, los frijoles nos gustan a todos”, señala, “en nuestra casa nunca hay escasez de frijoles”.

Después de la cena lavaba los platos, se bañaba y, a veces, veía la televisión mientras tejía. A las 23:30 se encontraba en cama la mayoría de las noches, lista para a las 5 de la mañana del día siguiente hacerlo todo de nuevo.

Aunque no tenía que ir a la lavandería los domingos, ella seguía trabajando un día completo: lavar la ropa, comprar comida en el mercado y preparar la comida para sus hermanos y sus tres hijos  ahora de 32, 30 y 29) y siete nietos, que vienen a la casa todos los domingos.

Un futuro incierto

Según algunas estimaciones, a Victoria le iba mejor que muchos mexicanos antes de perder su empleo. A pesar de trabajar 85 horas a la semana (más el tiempo de transporte), tenía un ingreso estable. Durante la última década su salario se incrementó de manera gradual de 2000 pesos mensuales a 8000. En un país donde el 60 por ciento de los trabajadores están en la economía informal y el salario mínimo es de 65 pesos al día –el equivalente a $1560 pesos por mes–, se puede argumentar que estaba relativamente bien. Sin embargo, ella luchó para ganarse la vida y ahora en el desempleo no está segura de lo que va a hacer.

El primer día después de perder el trabajo, su cumpleaños, ella planeó dormir hasta tarde.

“Después de 10 años de ir y venir, ir y venir, creo que es justo”, explicó. “Al día siguiente me ocuparé de lo que voy a hacer”.

Ella escuchó de una oportunidad de trabajar en otra lavandería, pero estaba más lejos y el salario era tan solo de 600 pesos a la semana, un poco por encima de su salario hace una década. Para cubrir todas sus necesidades –renta, servicios, alimentación, gastos personales– ella señala que necesita encontrar un trabajo con un paga mínima de 1000 pesos semanales.

Sabe que será difícil , en parte debido a la economía mexicana estancada, pero también a causa de su edad. “Yo ya estoy en los 54, y por desgracia aquí, cuando se tiene 36 o 38 años, nadie quiere contratar”, comenta. “Pero no va a ser imposible. Algo llegará. En el caso de que no… voy a vender tacos en la esquina”, agregó riendo.

Según María Luisa González Marín, profesora del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), “Si pierdes el trabajo cuando estás con 45 o 50 años de edad, es muy poco probable que un negocio establecido formal te dé un trabajo. Tienes que encontrarlo en la economía informal”.

La situación es aún más difícil para las mujeres mexicanas, pues según González Marín, es más probable que se considere superfluo su trabajo. Sin embargo, agregó, las mujeres son cada vez más la principal fuerza de trabajo asalariado. Al mismo tiempo, “las mujeres ganan menos por realizar el mismo trabajo que los hombres, trabajando las mismas horas, todo igual, incluyendo la misma formación”.

Álvarez es consciente de las dificultades y la incertidumbre que se avecina. Sin embargo, ella se mantiene optimista. “Yo vivo hoy y ahora, nada más”, dijo. “Tal vez me equivoque, tal vez esté equivocada por no pensar en el futuro. Pero yo digo, bueno, el futuro vendrá. Yo ya viví el pasado y ¿que no me acuerdo de eso? Tienes que vivir en el presente. Esa es mi filosofía de vida. Tienes que vivir en el presente y disfrutarlo tanto como puedas”.

 

Adam Goodman escribe sobre la política mexicana y estadunidense, la migración, y la historia de deportación. Twitter: @adamsigoodman; Sitio: http://adamsigoodman.com