Ricardo PigliaA lo largo de toda su vida como autor, el argentino Ricardo Piglia ha publicado sólo cinco novelas; la primera, Respiración artificial, la publicó cuando tenía 40 años, y ahora con 73 años da a conocer El camino de Ida, un texto sobre la violencia de las élites en un campos universitario estadounidense, es también una breve historia de amor entre un personaje conocido por los lectores de Piglia, Emilio Renzi y la profesora Ida Brown, pero sobre todo, Ricardo Piglia (Androgué, Buenos Aires, 1940) usa la novela para puesta en escena de ideas: analiza la posible elección entre el anarquismo violento y la exclusión voluntaria de la vida pública u ostracismo romántico a la Thoreau.

Daniel Rodríguez Barrón: Hace unos meses estuvo Rodrigo Fresán en México y dijo en entrevista con Homozapping que a los argentinos no les importaba tanto escribir “gran novela”, como a los estadounidenses la “gran novela americana”. ¿Por qué ustedes no tienen esa superstición?

Ricardo Piglia: Y dices bien, son supersticiones, es un cliché, yo supongo que en el siglo XIX los norteamericanos tuvieron grandes novelas que les dieron ganas de repetirlas, Moby Dick, por ejemplo, quizás esa sea una razón; la otra es que ellos competían con los ingleses, con la gran tradición de la novela, en cambio nosotros tuvimos una relación con la novela menos directa, tuvimos novela muy tardíamente y tenemos un tipo de textos que no sé si llamaríamos novela, los grandes textos argentinos, el Fancundo, la obra de Macedonio, Borges siempre fue ajeno al género, Cortázar hizo anti-novelas, así que en la Argentina me parece que la ilusión es más bien escribir una gran anti-novela.

DRB: Lo preguntaba porque El camino de Ida me parece una gran novela norteamericana escrita por un latinoamericano.
RP: Los escritores mexicanos de mi generación como José Emilio Pacheco, como Gustavo Sainz, siempre hemos visto a la cultura norteamericana, separándola del Estado norteamericano, y hemos admirado a los narradores, el jazz, el cine, de modo que cuando me instalé en Estados Unidos iba con prejuicios políticos, pero muy atraído por el mundo cultural. En realidad lo que yo quería hacer en este libro era una autobiografía partiendo de mi experiencia de esos años, y tenía la idea de que Renzi que iba un poco perturbado por su experiencia de los últimos meses en Buenos Aires, se enamoraba de una muchacha y yo sabía que la muchacha iba a morir y que Renzi quedaría nuevamente desencajado. El hecho es que sucede en Estados Unidos y por eso uno la podría considerar una novela norteamericana, pero a mí me parece también muy argentina. Es una mirada argentina sobre Estados Unidos.

DRB: Dice en algún momento de la novela “La violencia de los hombres educados”, ¿son más violentos que los hombres no educados?
RP: Tienen una violencia deliberada, más programada, no hay nada más programado que una venganza. La sociedad norteamericana, no quiero generalizar demasiado, pero vamos a hablar de este modo sabiendo que sólo hablo de mi experiencia, lo que noto es una suerte de cortesía profesional, que va desde el trato hasta el cuidado que se tienen con algunas palabras y muchas veces son castigadas más las palabras que los acontecimientos que esconden las palabras. Por debajo de eso, de hecho, una de las cosas que yo descubrí, es que la norteamericana es una de las sociedades más violentas que uno puede concebir.

DRB: ¿El sueño americano se ha terminado para los latinoamericanos?
RP: Es muy difícil contestar eso, en mi país en los años noventa, con Carlos Menem, la ilusión era “dejemos de ser latinoamericanos y seamos del primer mundo”, no se sabía muy bien lo que quería decir con eso, pero creo que era: liquidemos la forma de sociabilidad que tenemos, con la cual nosotros sostenemos nuestra vida, la amistad, los lugares donde se pierde el tiempo, los cafés, que son zonas no exclusivamente productivas y que forman la gran cultura de América Latina. No hemos llegado al nivel de productividad de los Estados Unidos porque, por ejemplo, en Estados Unidos las amistades forman parte de la carrera, para nosotros no todas nuestras amistades forman parte del sistema con que se gana la vida. La pluralidad que existe en nuestras sociedades no está conectada con la ganancia inmediata.

Ahora bien, una parte muy importante de la tradición norteamericana, es lo que ellos llaman, anti-sistema, lo ves en Thoreau, en Martin Luther King, en los escritores como De Lillo o Thomas Pynchon. Claro, el sistema tiene una capacidad de incorporación, porque a los dos minutos está convertida en estrella de televisión, pero ha habido una tradición fuerte de tensión que puedes encontrar en la Beat Generation que andaban en el camino…

DRB: Y venían a México…
RP: ¡Claro! Aquí encontraban un sistema que los hacía sentir menos encerrados. Y yo valoro mucho está tradición. Muchos han tomado el camino de Thoreau, los hippies mismos, darle la espalda a la civilización.

DRB: Y que es algo que a usted siempre le ha gustado, traigo en mi portafolio para que me lo firme, Plata quemada, que trata sobre un grupo de individuos que dentro del sistema criminal termina socavando ese mismo sistema al quemar el dinero robado…
RP: Y mirá, eso está muy bien… La sociedad tiende a mirar a los sujetos sólo por un rasgo y a simplificar todo: es un asesino, es un intelectual, pero no parecen encontrar la complejidad de la persona, lo cual no quiere decir que se justifiquen los actos, pero la literatura se ocupa de hacer complejas las percepciones de las personas, para eso está la literatura y el arte. La mirada del novelista tiene que ser compasiva, no que se le quite la responsabilidad a las personas, pero no el novelista debe juzgar a los personajes, sino dejar que surjan todos los elementos humanos que están y que hacen complicados a los individuos.

Vamos a poner a Tolstoi, lo mismo hizo Tolstoi, abandonó todas sus riquezas y se puso a vivir como un campesino. Hay que respetar esas decisiones, yo no las comparto, yo no podría vivir ni dos minutos fuera de una ciudad, pero en la novela hice un esfuerzo muy grande para comprender eso. Es como decir “en este mundo no hay alternativas, entonces vamos a buscar en el pasado una forma de vida más humana”.

DRB: Hace poco entrevisté al poeta Javier Sicilia y también se decantaba entre Thoreau y Tolstoi…
RP: El socialismo era un posición ética, y luego hubo como una tendencia a asociar el socialismo con los Gulag, con las represiones, y se le cortó la posibilidad de rescatarlo éticamente. Eso fue un golpe muy fuerte para mucha gente que tenía la ilusión de que hubiera un cambio, por eso los anarquistas son hoy los que están en la discusión, porque ellos fueron los primeros que criticaron a los soviéticos, y no pueden ser acusados nunca de tener posiciones autoritarias. Las novelas discuten cosas que están en la sociedad.

DRB: ¿No hay una salida?
RP: Es difícil verla, es difícil ver algo que digas “puede ser que algo mejore, algo que no genere cierta violencia y desigualdad”… en esa tradición estaba la Revolución Mexicana. El capitalismo tiene una lógica despótica, pero también tiene una capacidad de creación extraordinaria, eso Marx lo vio, que tiene una capacidad de creación que a veces va más allá de sus propios intereses, como está pasando ahora con la tecnología, las redes sociales, la lógica de la creatividad va siempre a ir delante de los controles sociales.

DRB: Pero usted no tiene Twitter…
RP: No, no estoy en nada, eso de que te muestren fotos de su comida me parece un poco idiota; digo está bien un rato, mi madre tenía un álbum de fotos y era muy aburrido. Pero veo, también que se ha democratizado mucho el acceso a la cultura. Eso es verdad. No soy optimista ni pesimista, no sé sí existe una actitud intermedia. Las cosas suceden sin que uno las espere, ¿te gustaría cerrar así? ¿O prefieres una cita de Kafka que me gusta mucho? Dice: «Hay esperanza, pero no para nosotros».