Texto original publicado en Revista Esnob.

ADVERTENCIA: Esta entrada puede contener spoilers de las últimas temporadas de Breaking Bad.

10022013 Breaking Bad 00Sólo las despedidas entrañables y las muertes suelen dejar una sensación como la que a muchos nos quedó tras ver el final de Breaking Bad: hay algo de tristeza, otro tanto de coraje, un poco de alegría, pero sobre todo, una morbosa y masoquista sensación de liberación.

Si me atrevo a comparar Breaking Bad con algo tan íntimo como una despedida o con la muerte misma es porque tenía un buen rato que no veía una pasión tan colectiva, tan masiva y tan intensa con algo que no fuera la política o el fútbol. Vamos, que a estas alturas creo que ni siquiera la religión ha generado tanto debate en las conversaciones y sobre mesas.

Ya en este espacio se ha hablado mucho de por qué nos gusta y nos siguió gustando tanto esta serie creada por Vince Gilligan. Se dijo que Breaking Bad «nos muestra lo más bajo y vil de la naturaleza humana, el individualismo puro, reflejando de esta forma cómo somos muchas veces los seres humanos»; yo me atrevería a llevarlo un poco más lejos: si nos apasionamos tanto con esta serie, fue porque, ficción más, ficción menos, nos mostraba la realidad tal como era.

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Partiendo del principio de que la serie trataba acerca del cambio, el excelente grupo de escritores encargados de crear este universo nos presentó un mundo en el que nos obligaron a simpatizar con gente con la que probablemente en la vida real no coincidiríamos y nos demostraron que aquellos no eran ética o moralmente distintos de nosotros mismos. En pocas palabras, aquí no había buenos y malos, sólo personas que se veían orilladas a tomar decisiones conforme a las situaciones que se les presentaban ¿No es acaso eso lo que tenemos que hacer día a día? ¿No es así como funciona la vida?

Y no sólo eso, nos hicieron ser testigos del doloroso pero necesario proceso de transformación de cada uno de estos personajes. El más evidente es, claro, el de Walter White, el protagonista que se convirtió en una especie de Rey Midas del cambio: toda persona con la que tenía contacto inevitablemente cambiaba. Algunos más sencillos o claros que otros, el cambio siempre estuvo presente, demostrando una vez más que toda narración es efectiva mientras sea capaz de llevar a sus protagonistas de un punto a otro.

Lo interesante con Breaking Bad fue que sus personajes nunca fueron bidimensionales, ni siquiera los destinados a ser el alivio cómico de la serie, como Saul Goodman Marie Schrader, o incluso los secundarios como BadgerSkinny Pete. Todos ellos tenían un punto de quiebre, un momento brillante y uno oscuro, tal y como los tenemos todos nosotros. Vamos, que incluso en uno de los momentos más álgidos de la serie (quizás el mayor), como lo fue el antepenúltimo capítulo «Ozymandias», en medio de toda la intensidad que estábamos viviendo, los escritores se permitieron mostrarnos las peripecias de Walt para mover un barril lleno de dinero a través del desierto.

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Es aquí donde entra la que fue, posiblemente, el personaje más complejo de la serie: Skyler. Si se la veía desde un punto de vista simplista podía odiársele, tal como hicieron los más de 50 mil usuarios de Facebook que han dado «like» a algún grupo de odio hacia la esposa de Walter White. Sin embargo, si se escarba tan sólo un poco la superficie descubriremos cientos de capas de emociones y decisiones: la madre que busca proteger a su familia; la esposa que guarda en alguna parte, pese a todo lo ocurrido, algún tipo de amor por su marido, convertido en un monstruo imposible de odiar; la mujer que acepta las consecuencias de las decisiones que tomó; la amante y cualquier otra que se le pueda ocurrir.

Todo lo anterior forma parte de otra de las principales cualidades de esta serie: el enorme respeto hacia su audiencia. Mientras muchos otros productos audiovisuales optan por regalar desde el principio las claves que irán construyendo su historia, simplemente regalarlas o hacerlas terriblemente insulsas, Breaking Bad estaba plagado de referencias –literarias y visuales–, símbolos o señales que representaban algo que estaba por venir (el foreshadowing, que le llaman, pues). La más famosa probablemente sea el oso rosa que acabaría por representar el final del temible y fascinante Gus Fring.

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Esa obsesiva atención al detalle digna del mejor trabajo de Krzysztof Kieslowski permitió que los seguidores generaran un sinfín de teorías en torno a la serie, muchas de ellas, que acabarían por ser ciertas. De hecho, ahora que hablamos de directores, muchos han apuntado a Quentin Tarantino como una de las principales influencias de la serie, desde la selección musical, pasando por los apellidos de los personajes, los francos homenajes en algunas escenas (como las discusiones en los diners), hasta incluso, el uso de algunos actores, como el genial Robert Forster (Jackie Brown) cerca del final de la serie.

Sin embargo, ya que hablamos de grandes influencias cinematográficas y del mejor director de cine que ha dado Polonia, no hay que perder de vista la influencia que alguien como el obsesivo Kieslowski podría haber jugado en el programa: además de esa extrema atención al detalle que Gilligan tuvo a lo largo del programa (en una entrevista Anna Gunn declaró que Gilligan pasaba horas acomodando un set), el productor comparte con el director de la trilogía  inspirada en los valores de la bandera francesa el uso del color como un reflejo de lo que están viviendo sus personajes: desde el vestuario hasta la dirección de arte, el color de una escena era muestra clara de lo que estaba ocurriendo.

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Por último (y para no extenderme más, que podría durar hablando de esto días), están las actuaciones. Por si usted no ha tenido la oportunidad de ver a Bryan Cranston como un actor cómico o como actor de voz, se llevará una gran sorpresa; estas habilidades le permitieron convertir a un gran personaje en uno memorable (simplemente no imagino a alguien más en el papel de Walter White); pero tampoco hay que olvidar la habilidad de Aaron Paul para hacer de Jesse Pinkman una referencia en la cultura pop o de Anna Gunn para reflejar, en tan sólo una mirada o un gesto, una infinidad de emociones. Mención especial para RJ Mitte, actor con una ligera parálisis cerebral que dotó de una emotividad única a su Junior Flynn, según sea la ocasión.

Y mentí si dije que la anterior era la última cualidad de la que hablaría. No puedo dejar pasar la precisión del programa: inició cuando hacia mucha falta y se fue cuando se tenía que ir y como se tuvo que ir. No tuvimos que ver a Breaking Bad convertirse en una parodia de sí misma o caer en el absurdo de las series televisivas que, borrachas de su propio éxito, se agregan temporadas innecesarias e inverosímiles. No, Breaking Bad decidió irse en el momento justo para ser recordada como lo que fue: una de las mejores series en la historia de la televisión.