ADVERTENCIA: Esta entrada contiene spoilers del final de temporada de Breaking Bad.

Breaking BadWalter White yace en el suelo. Una mancha de sangre se queda en la máquina de su gran creación: el laboratorio más rentable y famoso de metanfetaminas, donde fue capaz de producir “cristal” con un grado de pureza cercano al 99 por ciento.

Mr. White se está muriendo. Y con él la serie que electrizó a los fanáticos de este nuevo género de la realidad-ficción. Se cumplió el principio elemental de la química: en contacto entre sí, dos o más sustancias se transforman. Y este profesor preparatoriano, eminencia incomprendida, decidió hacer su propia química vital: trabajar para el crimen organizado, hasta convertirse en el “dueño” de un territorio único, exclusivo. La pureza de su droga.

Ya no fue sólo el misterioso Heisenberg. Ya era él mismo su propia creación en decadencia. Él acabó ganándole a todos y perdiendo la única batalla que le interesaba. Su esposa y su hijo, transformados ellos mismos al contacto con la “nueva sustancia” que era White, lo rechazaron. El largo viaje ha terminado.

La fábula de Breaking Bad es poderosa por verídica. Y adictiva gracias al guión de Vince Gilligan, con asesoría de la científica Donna Nelson: toda sustancia, incluso la integridad humana, es capaz de corromperse. Y al hacerlo, expande su fascinación de dinero, violencia, manipulación psicológica, sobrevivencia.

¿Mr. White se transformó, se corrompió o simplemente florecieron “otras sustancias” o elementos que componen la naturaleza humana de quien decide, desahuciado por el cáncer (otro elemento corruptor) dar su “quiebre final”, su propio Breaking Bad?

Esta pregunta se mantiene abierta, tras el final de la serie. Y el magnetismo de la historia y de sus extraordinarias actuaciones (difícil superar la interpretación a partir de miradas, silencios y gestos corporales de Bryan Cranston), es correlativo al fenómeno de audiencias que generó, al margen de la dictadura del rating o de precedentes tan complejos como Los Soprano o Dr. House. Breaking Bad se construyó en la posmodernidad televisiva. Por eso en redes sociales y en tv por internet se convirtió en la gran sensación de un mundo de convergencias digitales y morales.

Mr. White no está solo en este proceso de sublimación de su “elemento” criminal. Arrastra a Jesse Pickman, su ex alumno, cómplice, mancuerna, víctima y finalmente, el único que escapa en la escena final. También su esposa, Skyler, quizá el personaje femenino más logrado de una tele-serie. Los dos enfrentamientos finales entre Skyler y White son dignos de un western familiar, si es que existe este subgénero.

Subyacente el conflicto ético y protestante de la serie, ésta nunca se vuelve predecible ni moralista. Aquí está el segundo ingrediente de su éxito y de su posmodernidad. Los giros de la historia, la tensión al máximo, la violencia “químicamente pura” de algunos de los personajes retratados (como el extraordinario Gus, el capo encriptado en la apariencia de un afable dueño de una cadena de pollerías), se desenvuelven en el thriller contemporáneo.

No por casualidad, Stephen King declaró que la cadena AMC, canal independiente a los gigantes de la industria que lanzó la teleserie, “transmite el programa ficticio de la televisión”.

El tercer ingrediente es la ficción-verdad que nos envuelve en el viaje de Breaking Bad. Constituye uno de los mejores retratos en las entrañas del narcotráfico mexicano y norteamericano. No sólo son los capos de los cárteles mexicanos o de negros (en obvia referencia al racismo maniqueo subyacente en la trama de la guerra contra las drogas). También en la tranquilidad de una familia blanca, de modesta clase media norteamericana, anida la adicción al narcopoder.

La DEA es retratada en forma cruda, en su ineficacia y en su ostentación fallida de poder. El papel protagónico de Hank retrata cómo el verdadero enemigo está en casa, en la familia y abraza con su falsa filantropía a la entropía de todos. Su cuñado, es el mítico Heisenberg que él persigue. Y cuando se da cuenta, ya es demasiado tarde. Nada es químicamente puro en esta persecución. Ni siquiera, el último intento de reinvertarse.