por Blanche Petrich

La Jornada.

Su despedida sigue siendo un testamento, dice a La Jornada Guillermo Ravest, quien era director de Radio Magallanes el 11 de septiembre de 1973, día en que fue derrocado el presidente Salvador Allende. Foto: Blanche Petrich

Su despedida sigue siendo un testamento, dice a La Jornada Guillermo Ravest, quien era director de Radio Magallanes el 11 de septiembre de 1973, día en que fue derrocado el presidente Salvador Allende. Foto: Blanche Petrich

Veinte casetes embutidos en los bolsillos de una vieja chamarra. Las calles de Santiago de Chile mojadas por la lluvia, con ese frío húmedo con que se despide la primavera sureña. Hace 40 años, Guillermo Ravest, periodista, entonces de 46 años, director de Radio Magallanes, se apresura por la calle Huérfanos, a dos cuadras escasas de La Moneda bombardeada, a encontrarse con su compañera Ligeia Balladares, también periodista, quien horas antes se había pensado ya viuda, porque le habían dicho –los rumores de los episodios más negros– que a su marido lo habían matado.

Al fin, en el lugar de la cita, frente al viejo cine Central, el abrazo de los enamorados que habían sobrevivido la noche de los cuchillos largos del 11 de septiembre de 1973. Ligeia sintió esos bultos tan raros debajo de la chamarra.

–¿Y esto?

–Copias del último mensaje de Allende.

–¿Estai loco?

Las calles estaban erizadas de carabineros en plena cacería de brujas,y los casetes con las últimas palabras del presidente caído al pueblo de Chile eran dinamita pura. En un santiamén pasaron a la bolsa de tejido de la mujer. Y juntos, tomados del brazo, caminaron entre retenes y ruinas hacia su casa; cesantes los dos, derrotados como tantos miles de allendistas que caminaban los primeros pasos del túnel de la dictadura que habría de durar 17 años.

Días después, Ravest se acercó con su preciosa carga grabada al céntrico hotel Continental, calle de Teatinos, donde se alojaban los corresponsales de medios de prensa extranjeros. Abordó primero al colega de L’Unitá, quien de inmediato se apoderó de un casete. Otros lo rechazaron escandalizados, temerosos de que esa grabación, subversiva a esas horas, pudiera ponerlos en peligro. Pero una a una, las grabaciones de Ravest encontraron correos confiables que esparcieron por el orbe uno de los mensajes políticos más emblemáticos del mundo.

Otras 20 copias tomaron veredas distintas, distribuidas por otro periodista de la Magallanes, Amado Felipe.

¿Quién habla?

El 11 de septiembre de 1973 los chilenos amanecieron con las noticias del golpe presagiado. Ravest, como tantos otros, se lanzó desde las primeras horas a su trinchera: la radio, donde el turno matutino ya estaba trabajando a todo lo que daba, con el nivel de adrenalina al tope. A lo largo de la mañana, Salvador Allende había transmitido ya cuatro mensajes, pero cada vez eran menos las emisoras que seguían al aire. Las torres de Radio Corporativa y Radio Portales habían sido bombardeadas; la radio de la CUT allanada y todos sus empleados presos, las antenas transmisoras ametralladas. La que seguía al aire, intocable, con sus marchas marciales y emisión de partes militares, era Radio Agricultura, que a las 8:30 ya se había desenmascarado como cabeza de la Red Nacional de las Fuerzas Armadas.

“No me explico qué pasó…seguramente una falla en el plan de la CIA Operación Silencio, que trazaba la ruta crítica para sacar todas las voces allendistas del aire. Pero a Radio Magallanes nunca llegaron los milicos,aunque el sexto piso donde operábamos era una ratonera”.

A las 9:20, Ravest salió disparado de la cabina de controles a su oficina por el segundo paquete de cigarrillos del día, y al pasar escuchó el timbre del viejo teléfono de manivela que tenían instalado en el corredor. Le llamabanla plancha, y tenía línea directa con el despacho presidencial de La Moneda. Lo relata así en su libro Pretérito imperfecto, memorias de un reportero en tiempos chilenos de la Guerra Fría.

–¿Quién habla?

–Ravest, compañero (la voz del presidente era inconfundible).

–Necesito que me saquen al aire inmediatamente, compañero…

–Deme un minuto para dar órdenes y grabar…

–No, compañero. Preciso que me saquen al aire inmediatamente porque no hay tiempo que perder.

Ante la insistencia y sin alejar la bocina de mi oreja, para que el mandatario me oyera, grité al radio-operador: instala una cinta, que va a hablar el presidente. Y al jefe del equipo de periodistas que estaba a mi lado: ve al micrófono y anuncia a Allende.

Arrodillado, porque no había una silla a la mano, esperó unos segundos a que los técnicos le hicieran la señal de que todo estaba listo.

–Cuente tres, pausadamente, por favor, y parta.

Del otro lado, Salvador Allende Gossens quizá tomó aire profundamente y arrancó con una voz muy serena, sorprendentemente serena, escuchada miles de veces, una generación tras otra, una y otra vez:

Seguramente será esta la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes.

Era tal el nerviosismo, que cuando el director de la emisora dio la orden de transmitir un técnico dejó un micrófono abierto. Por eso la grabación tiene ruido ambiental, y entre los sonidos de fondo se escucha a Ravest gritar: “¡cierra la puerta, hueón!”.

Allende concluyó:

Estas son mis últimas palabras. Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral, que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

Se despidió de Ravest: No hay más, compañero; eso es todo. El periodista todavía alcanzó a decirle:¡Cúidese!. Colgaron. Ravest miró a Amado Felipe y le dijo: “es su testamento político, Flaco. Estamos sonados” (traducción al mexicano: estamos fregados).

Al fin, a las 10:30, los golpistas lograron sacar del aire a la Magallanes. Pero antes hubo tiempo de retransmitir su último mensaje por segunda ocasión.

San Miguel Tlaixpan

Para reconstruir sus vidas en el primero y el segundo exilio, Ligeia y Guillermo encontraron sencillos empleos en los medios editoriales de la Universidad de Chapingo y eligieron construir su casa de piedra y madera entre los cerros de San Miguel Tlaixpan, no lejos de donde el rey Nezahualcóyotl creara sus legendarios jardines botánicos, en el estado de México.

El paisaje nos recordaba a Chile, dice Ravest, quien a sus 86 años ha quedado viudo. Trabaja cada día, escribe, sigue el pulso de su país a través de los medios digitales, ordena sus archivos, sistematiza sus memorias. Desde su ventana contempla el precioso árbol de manitas que plantó hace décadas, con su mujer.

Sabe que el legado del último mensaje de Allende, con sus seis minutos de grabación, sus 612 palabras que han sido escuchadas una y mil veces por una generación tras otra, desde hace 40 años, contienen claves aún por descifrarse.

Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

–Esas palabras ¿qué te dicen ahora?

–Su despedida sigue siendo un testamento. Nos inyectó esperanza en el peor momento, pero a 40 años, las tareas que nos encargó siguen incumplidas. En Chile se le venera, se le erigen estatuas, pero las tareas fundamentales las hemos dejado incumplidas.

Por eso, al incombustible Ravest le da rabia que el 40 aniversario del golpe de Estado “me pille tan viejo; hay tantas cosas qué hacer en Chile…”

Versión ampliada de la entrevista