Jorge Aguilar MoraEste 2013, se cumplen 35 años de la publicación de un libro fundamental para la crítica mexicana. Publicado en 1978, La divina pareja. Historia y mito en Octavio Paz, es un libro que necesitamos hoy más que nunca, acaso ya no tanto por la disidencia con Paz, tan necesaria en aquella época, sino por la disputa tan actual entre mito e historia: los mitos son tan pesados que con frecuencia parecen arrastrarnos al pasado más que ayudarnos a crear un futuro. México parece estar en un momento que, como escribió Luis González y González, no hay más remedio que “¡ir a remover supervivencias, encarcelar residuos y enterrar mártires! (…) Los difuntos siguen metiéndose con nosotros”.  Y palabras del propio Aguilar Mora: “El futuro en nuestro país, no es tanto un tiempo por venir, sino una geografía contemporánea a nosotros que nos ignora y que ignoramos: el futuro está en el presente como tiempo, está en el lugar donde estamos al mismo tiempo que lo desconocemos: es un espacio paralelo al nuestro, un espacio que de vez en cuando emite su violencia ensordecedora para desmentir todos los discursos juiciosos de los que quieren ponderar el presente con la seguridad de “saberlo todo” o de los que quieren diseñar el futuro con la seguridad de “poseerlo todo”. Ni siquiera el Poder conoce ese futuro geográfico…”

Esta entrevista se publicó hace poco más de 10 años en el Semanario Cultural del periódico Novedades que dirigía José de la Colina. Quité la introducción que tenía que ver con su libro más reciente de entonces Los secretos de la aurora, pero la entrevista, las palabras de Aguilar Mora, han quedado tal y como se publicaron.

Destino e identidad

DRB: Me parece que el protagonista de Los secretos, más que un narrador omnisciente es un narrador que confronta su memoria con la de los demás.

JAM: No es un narrador omnisciente porque es un poco más y un poco menos que un narrador omnisciente; está consciente de que no puede saberlo todo, a pesar de lo cual, habla de todo. Lo importante es que el personaje no juzga, sino evalúa. Busca el valor que tiene cada experiencia para los personajes; no si son malas o buenas, sino de qué manera son importantes o determinantes en las vidas de los personajes.

 

DRB: En su estudio sobre la revolución, Una muerte sencilla, justa, eterna, dice que a partir de cierto punto le fue posible elegir sus recuerdos, ¿la novela es una forma de corregir la memoria?

JAM: No había pensado en eso… No se trata tanto de corregir la memoria como de darse cuenta que la memoria es una totalidad inabarcable; es la apuesta que hacemos sobre la vida, no solamente sobre nuestros propios actos, sino también sobre aquellos que hacen los demás. Ejercer la memoria es apostar o evaluar qué escogemos y qué no, qué somos capaces de recordar y qué no, así como también qué decidimos olvidar, porque el olvido no es sólo un acto involuntario, a veces también necesitamos olvidar algunas cosas para sobrevivir; aunque nos estemos mutilando. Lo importante es la constante valoración entre lo que sabemos y de lo que no podemos saber, de esa forma podemos tener un mínimo control sobre nuestra vida y no nos traicionaremos a nosotros mismos.

 

DRB: Sus personajes tienen conciencia de sí mismos sólo en la media en que se hacen concientes de lo que sucede alrededor. Me recuerda esa idea de Marx de que «no es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino que, a la inversa, su ser social determina su conciencia».

JAM: Iría más allá. Creo que no sólo importa la cuestión social, también importa la manera en la que constituimos nuestro yo, nuestra identidad. No la podemos construir mirándonos a nosotros mismos. Narciso cree que se está mirando a sí mismo y no es cierto, en realidad está viendo en su reflejo lo que ven otros, y al mismo tiempo somos como Anteo que siempre está fisgoneando, viendo otras cosas. Constituimos nuestro yo a través de la mirada de otros, mirando otras cosas, y otros nos constituyen con su mirada. Nos alimentamos de las cosas que no somos nosotros.

 

Historia como escritura

DRB: Me da la impresión de que los personajes se sienten rebasados por la historia y esa angustia los hace buscar en la historia doméstica de los demás.

JAM: De alguna manera quería mostrar que no podemos entender la historia. La historia siempre nos va a rebasar; no solamente es incomprensible porque no podamos comprenderla sino porque en sí misma no tiene sentido, la Historia no va para ningún lado. Podemos captar elementos fragmentarios. Pero debe hacerse una diferencia, la historia como acontecimiento y la historia como escritura. La historia que vivimos la desconocemos, no sabemos todo lo que está pasando, tal vez dentro de 50 años un historiador sepa más que nosotros, sobre lo que está pasando ahora, porque comenzará a investigar qué se decidió en Nueva York tal día, cuáles fueron la repercusiones en México y cómo nos afectó en la vida cotidiana. Creo que es imposible hacernos una imagen de nuestra historia, por eso tenemos que estar apostando y evaluando. El historiador sabrá más de la historia que aquellos que la vivieron, pero al mismo tiempo no sabrá todo, porque no sabrá cómo se vivió ésta época, cuáles eran las perspectivas, la esperanzas, la manera en la que se sentía el clima y la luz, la manera en que nos determina el saber si va a llover o no va a llover, si amanecemos de mal humor o la manera en qué un acontecimiento como la desaparición de los lagos nos afecta; el historiador no puede saber nada de  eso…

 

DRB: ¿Cuál es el lugar de la novela? ¿Está entre lo que sabrá un historiador y lo que sé yo ahora de la historia?

JAM: Allí. Por eso es necesario estar evaluando, eligiendo caminos que no sabemos a dónde nos van a llevar…

 

DRB: De modo que la novela es un ejercicio de hipótesis.

JAM: Sí. Por ejemplo, si escribo sobre la batalla de Torreón, al investigar sabré más que muchos de los personajes que participaron en los hechos, pero no voy a saber de verdad cómo vivieron los soldados aquella batalla, ni qué pensaban. Es imposible la totalidad y debo ser honesto con eso, debo darme cuenta de mis limitaciones como historiador. Porque si no lo hacemos elaboramos discursos como los de la gente que parece saberlo todo: a donde va la historia o la economía. Yo creo que es más útil mostrar lo que no sabemos.

 

DRB: Sin embargo en sus libros hay algo cierto: la muerte como constatación de la historia.

JAM: La muerte es el límite. Pero la imagen que nos hagamos de la muerte, la manera como evaluemos la muerte es muy importante. Una de las cosas que me obsesionan tanto en éste libro [Los secretos], como en Una muerte sencilla y en Cadáver lleno de mundo, es la cuestión del destino. ¿Cómo construimos nuestro destino? Me parece que el momento más importante de nuestra vida es quizás el momento antes de morir y creo que alguien que ha hecho su destino coherentemente va a morir feliz. Porque en ese momento se dará cuenta que su vida tuvo sentido.

 

DRB: ¿Cómo se prepara uno para ese momento?

JAM: Hay momentos que pueden ser eternos. Si vivimos cada momento como si lo quisiéramos para toda la eternidad entonces ese momento va a ser la culminación de todos los momentos eternos que hemos vivido. Si voy a vivir algo me pregunto si quisiera vivir eso eternamente o no. Es sólo una prueba de evaluación. ¿Qué pasaría si yo hago esto eternamente? ¿Qué pasaría si soy panista eternamente o diputado del PRD eternamente?

 

DRB: ¿No sería insoportable, estarse preguntando a cada momento si esto lo viviría eternamente?

JAM: Debes hacerlo con los momentos importantes de la vida. Uno tiene que hacerlo, y creo que la vida cambia cuando lo piensas. De pronto vas a decir, «perdón, pero esto no lo quiero hacer eternamente, puedo dejarlo o cambiarlo, hacer otra cosa que sí me parezca que puedo hacerla eternamente». De manera que cada acto va a tener unas dimensiones enormemente importantes y ese valor le va a dar una coherencia a la vida. Entiendo el destino como esa coherencia. Al final vas a decir: no me arrepiento de nada. ¿Te acuerdas de esas metáforas de Borges donde un personaje reconstruye todo un mundo momentos antes de morir? En cada momento debes estar preparado para la muerte.

 

DRB: ¿Y frente a ese momento dónde quedan los demás? En su novela el narrador parece tener una conciencia múltiple, hacia el final resulta como si la propia ciudad contara su historia.

JAM: Sí. Aunque mi narrador no conoce todo, mi personaje está visto desde la perspectiva de quien no sabe todo, pero va a contarlo todo. Y eso lo consigue volviéndose virtualmente todos, porque virtualmente cada uno de nosotros puede ser diferente, somos una diferencia de personas, las miradas de los otros son parte de la biografía que estamos configurando, y debemos ser tolerantes con todos porque tenemos esa posibilidad virtual. Sólo quien no expresa sus deseos, quien no vive su vida apasionadamente se pudre, se pierde en laberintos opacos.

 

De memoria

DRB: ¿Cómo fue su relación con Roland Barthes?

JAM: Era una persona de una cordialidad increíble, era cariñoso y amable. No sé por qué tuve el privilegio de que saliéramos al cine, de que cenáramos o fuéramos al café, unas veces a solas y otras acompañados de amigos. Luego de conocerlo me hice amigo de un amigo muy cercano a él, Severo Sarduy.

 

DRB: ¿Cómo se dio ese encuentro?

JAM: Había solicitado una beca del gobierno francés aquí en México y te la daban con un año de anticipación. Para entonces había descubierto en la Librería Francesa algún texto sobre el análisis estructural de los relatos. En la Porrúa de Av. Juárez siempre llegaban las novedades de España, un solo ejemplar, y yo iba los sábados por la mañana antes de que se llevaran ese ejemplar y un día compré los ensayos editados por Seix Barral. Estaba fascinado. Estudiaba lingüística en el Colegio de México, pero nadie me había dicho que la lingüística podía aplicarse a la literatura. De modo que al solicitar la beca dije que quería estudiar con él. Me dieron la beca, pero me dijeron que con Roland Barthes no, porque nadie lo conocía. Debía cambiar el maestro, alguien de la Sorbona y no habría problema. Después vino el 68, me metieron a la cárcel, pero finalmente pude salir gracias a la embajada francesa. Llegué a París casi sin un quinto, se hizo una colecta en el Colegio y llegué con eso y una maletita. Cuando fui a inscribirme, la mujer que recibía los papeles, me dijo una frase milagrosa, “usted puede inscribirse donde quiera”. ¿Donde quiera?, pregunté, ¿incluso en la Escuela Práctica de Altos Estudios? “Claro, mientras esté inscrito en un curso regular, no hay problema”. Entonces dije que me quería inscribir con Barthes, pero él aceptaba a sus alumnos sólo bajo entrevista, me dieron su teléfono y su dirección. Estuve indeciso un tiempo, hasta que una noche, animado por una borrachera y una amiga, le llamé. Me dio una cita y me recibió en su estudio. Estaba tocando el piano y yo le dije que había leído alguno de sus libros y le llevé un proyecto: hacer un análisis estructural de una novela, En tela de juicio de Sergio Fernández. Después de preguntarme de dónde era, me dijo que me presentaría a un amigo suyo porque estaba seguro de que nos llevaríamos muy bien. Hicimos una cita para cenar y cuando llegué ahí estaba Severo [Sarduy] y nos fuimos a cenar los tres. Severo resultó ser una persona encantadora.

 

DRB: ¿Ya conocía la obra de Sarduy?

JAM: Sólo De dónde son los cantantes… Con Barthes, fui a ver un ciclo de cine de Luis Buñuel, que le gustaba mucho. A sus clases llevaba algo como un guión, estaba analizado el cuento de Balzac, «Sarrasine», que más tarde se convertiría en su libro S/Z, aunque sabía salirse del guión e improvisaba muchas cosas. Aún tengo mis apuntes y los he confrontado con el libro, y hay muchas cosas en ellos que no están en el libro. Hablaba de los proyectos de sus amigos, Kristeva esta trabajando sobre tal cosa, Greimas sobre tal otra, él adoraba a Greimas, era el hombre que lo abrió a la lingüística. A veces traía invitados, pude conocer en clase a Genet, a Kristeva, a Derrida, ellos nos hablaban sobre sus propios proyectos.

 

La divina pareja

DRB: Su libro sobre Octavio Paz, La divina pareja, es probablemente el mejor ensayo, por su rigor y su pasión, contra las ideas ensayísticas de Paz, sin embargo, ha sido hasta el día de hoy un libro más o menos silenciado. Cuénteme cuál fue el origen de este libro.

JAM: Yo había leído a Octavio Paz, pero no lo había conocido y no había pasado el 68. El libro es del 75 o 76. Lo había leído, claro, pero sin organizar una imagen general de su obra. Pero en París lo conocí y lo traté mucho…

DRB: ¿Y cómo eran esos encuentros? ¿De qué hablaban?

JAM: Lo conocí en casa de Carlos Fuentes, a Fuentes lo conocí por Gustavo Sáinz quien le escribió para decirle que un amigo suyo, yo, estaba en París y que tenía una novela en la que confiaba [Cadáver lleno de mundo], y bueno, Fuentes me habló para conocernos. En una ocasión le conté que había estado en el 2 de octubre, él quedó muy interesado y me dijo que un poeta estaba llegando a París y que sin duda le gustaría en conocer mi historia. “Vamos a invitarlo y tú le cuentas”. Así fue, una noche le conté a Octavio Paz lo que había sucedido ese 2 de octubre. Lo primero que dijo fue, claro, ahí están los fantasmas aztecas, ahí están las pirámides, ¿no? “Perdone”, contesté, “pero no creo que eso tenga nada ver.” No, dijo él, es muy interesante lo que usted está diciendo. “Sólo que yo estoy diciendo otra cosa”, repliqué, pero él ya estaba proyectando un libro sobre el 68 y me pidió que hiciera una crónica. Yo ya la tenía hecha y la había dejado en México para que se publicara en la revista Siempre!, pero nunca se publicó. Escribí con un amigo otra crónica. Cuando entré al Comité de Huelga no conocía a mucha gente, pero en París me encontré a Gustavo Gordillo, lo había visto, porque era uno de los dirigentes, y cuando Fuentes y Paz tuvieron la idea de hacer un libro sobre el 68, les conté de Gustavo porque él conocía mejor que yo la cuestión política y los antecedentes del movimiento, les pareció muy bien que hiciéramos juntos el texto. Gustavo y yo escribimos, pero en ese momento Fuentes se fue de París, la última vez que lo vi fue en el año nuevo del 68 al 69, en casa de Julio Cortázar, Cortázar no estaba, no conocí a Cortazar, sólo que la fiesta de año nuevo fue en su casa.

A quien seguí viendo fue a Octavio Paz. Finalmente, le entregamos el ensayo, pero el libro sobre el 68 no se hizo y quién sabe dónde quedaron los ensayos. Sólo sé que de pronto las conversaciones ya no giraron al rededor del 68, comenzamos a hablar sobre Barthes, sobre México… Paz era una persona a la que le gustaba hablar mucho, pero yo me quedaba en silencio, él decía cosas como: “A ver qué trae usted allí. Ah, Philippe Sollers, pero cómo puede usted leer eso”… “ah, Raymond Queneau, cómo es posible”. Y se soltaba diciendo por qué no debía leer a tal o cual autor y yo callado. Un día Severo Sarduy me dijo: Octavio dice que lo maltratas. “¿Qué? Pero si yo me quedo callado”. Es que tu silencio es horrible, dijo Severo, tu silencio es de censor, siempre lo estás condenando. “Severo”, le dije, “él no me deja hablar, ¿qué quieres que haga?”. Sé más amable con él. Severo adoraba a Paz. En otras ocasiones lo volví a ver y comprendí que cuando se podía hablar con él, era a condición de que habláramos de él. Pero como no tenía ideas muy elogiosas de algunos de sus ensayos, como el de Levi-Strauss, entonces no se sentía muy cómodo; en cambio, cuando hablábamos de Piedra de sol, que me gusta mucho, la plática fluía.

Pasó el tiempo, yo pertenecía al comité del suplemento de cultura de Siempre!, se suponía que los que integraban el comité éramos todos iguales, pero arriba estaban Carlos Monsiváis y los amigos que respetaba como Aguilar Camín y José Joaquín Blanco; abajo estábamos David Huerta, Héctor Manjarrez y yo. Había estado en desacuerdo con Blanco en algunas ocasiones y Monsiváis no lo veía muy bien, porque ellos llevaban una relación, el caso es que un día Monsiváis sugirió hacer unos ensayos críticos sobre las figuras más importantes de la cultura mexicana. No recuerdo cómo se eligieron los personajes, pero recuerdo que Blanco escogió a Fuentes y yo a Paz. Se publicó el de Fuentes, desde luego, y cuando entregué el mío, Monsiváis dijo “no, esto no se va a publicar”. ¿Por qué no? “Es muy violento, es muy irrespetuoso, no se puede publicar”. Bueno, voy y se lo enseño a Paz, no creo que sea tan terrible, ya he hablado con él de estas cosas y sé que no está de acuerdo, pero no creo que le vaya a pasar nada. “No, no se puede”. ¿Por qué?, Carlos, no puedes censurar. Se enojó muchísimo.

Convertí ese ensayo, que era de unas 80 páginas, en mi tesis de doctorado del Colegio Nacional. Invité a Monsiváis, para probarlo, a ser sinodal de mi tesis. Recuerdo que se debían entregar ocho copias de la tesis al Colegio. Unos días antes del examen, Antonio Alatorre pide que si alguien tiene las copias de la tesis de Jorge Aguilar que las regrese. Habían desaparecido las ocho. Después comencé a oír rumores de que una ya la tenía Octavio Paz. Un día voy a su casa con una copia y le digo que quiero entregársela para que la lea. “Ya la leí”, contestó. ¿Y qué piensa? “¿Qué quiere que le diga?”, fue su respuesta. Mi rompimiento con Monsiváis vino después. Aguilar Camín, estaba fundando Nexos y quería que el comité se fuera para allá. Pero Paloma [Villegas], que entonces estaba viviendo con David [Huerta] se enteró de que el dinero de la revista venía de Reyes Heroles. Aguilar Camín me aseguró que no, pero yo le creí más a Paloma. Entonces Héctor [Manjarrez] y David decidieron renunciar al comité, me hablaron por teléfono, porque yo no estaba en México y decidí agregar un párrafo a la renuncia sobre la censura de Monsiváis y eso jamás me lo perdonó. Sin embargo, con Octavio no tuve tanto problema, me invitaba su casa cada vez que yo volvía a México, incluso alguna vez me dijo, “mire, estoy rodeado de pura gente inútil” y habló mal de cada uno de los que formaban el comité de Vuelta, “ya no puedo más, porqué no se vienen usted, Manjarrez y David a trabajar a Vuelta”. No, cómo cree, le dije. “Es que este comité no funciona, necesito gente más inteligente, piénselo”. No, de veras no. Para mis adentros pensaba, si así habla de sus amigos, qué no dirá de mí, que ni su amigo soy. Eso fue en el 78, un año después lo volví a ver en la Librería Francesa y muy amablemente me preguntó cómo estaba, pero en ese momento llegó Marie-José y le dijo que cómo era posible que estuviera hablando conmigo, con lo grosero que había sido. Espérame, le dijo Octavio. No, este señor te ha ofendido, no puedes hablar con él y casi se lo llevó a rastras. Y esa fue la última vez que lo vi.