Policías federales auxilian a dos de los cinco compañeros heridos durante el ataque de un grupo armado en la carretera costera Lázaro Cárdenas-Coahuayana, a la altura de Pichilinguillo, municipio de Aquila. Ninguno de los agresores fue detenido. Foto: Agencia Esquema. Fuente: jornada.unam.mx

Policías federales auxilian a dos de los cinco compañeros heridos durante el ataque de un grupo armado en la carretera costera Lázaro Cárdenas-Coahuayana, a la altura de Pichilinguillo, municipio de Aquila. Ninguno de los agresores fue detenido. Foto: Agencia Esquema. Fuente: jornada.unam.mx

No hubo tal “pausa” en la violencia tras la detención del Z-40. Muchos esperaban que el brote se diera en Tamaulipas, estado desbordado por el crimen organizado. Todo se preparó para la visita de Janet Napolitano, secretaria de Seguridad Nacional de EU, a Matamoros, y se descuidó el frente sur de una guerra sin rumbo ni escenarios claros.

La violencia irrumpió, de nuevo, en Michoacán. Desde mayo se reforzó el operativo de la Policía Federal. Sin embargo, esta semana se desbordó de violencia la Tierra Caliente. Los saldos son tremendos en menos de siete días: 42 muertos, 7 emboscadas contra la Policía Federal, ataques a la población civil en Los Reyes, grupos de autodefensa toman alcaldías (ayer fue la de Aquila, municipio fronterizo con Colima) y tres personas armadas irrumpieron armadas a un centro de apuestas en Plaza Morelia. Por si fuera poco, una ausencia total de gobierno estatal no sólo por la enfermedad de Fausto Vallejo, el priista electo, sino por la descoordinación brutal.

La explicación más socorrida de este brote de violencia es el enfrentamiento entre dos grupos criminales que formaban una alianza (como antes lo fueron el Cártel del Golfo y su brazo armado Los Zetas). Se trata de La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios. La información oficial indica que en 2010, Los Caballeros, liderados por Servando Martínez, La Tuta, y Enrique Plancarte, decidieron demostrar su poderío.

Los Caballeros Templarios iniciaron como un grupo de autodefensa. Su discurso, similar al de La Familia Michoacana, es que utilizan las armas para defender a la población. La PGR y la Secretaría de Gobernación han dicho que esto es pura propaganda a través de narcomantas, videos y otros sistemas de comunicación cuyo objetivo principal es atemorizar a la población.

Otras informaciones mencionan que no son sólo dos cárteles. Pueden hablarse de hasta 6 tipos de grupos delictivos distintos en determinados municipios, como el de Apatzingán, donde la violencia se ha disparado en otras ocasiones. No ahora.

El gobierno federal ha tratado de minimizar en estos dos últimos días el virtual estado de emergencia que vive Michoacán. El secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong, tuvo la desafortunada ocurrencia de afirmar que la violencia del lunes 22 y del martes 23 de julio son una prueba del “éxito” de los operativos policiacos.

Tras una reunión de emergencia del gabinete de seguridad nacional, el miércoles 24 de julio, la información ha sido escasa o nula. Los periódicos dieron cuenta de una nueva emboscada ese mismo día en la carretera Lázaro Cárdenas Coahuayana.

No hay una explicación clara ni un diagnóstico que se quiera compartir a la sociedad a través de los medios de comunicación. Como si un secreto infecto se guardara en lo que está sucediendo en Michoacán.

Michoacán es una herida sangrante y una demostración de la absoluta ineficacia de la estrategia belicista contra el narcotráfico. Ahí inició en 2007 el Operativo Michoacán, de Felipe Calderón, que inauguró la salida de los militares a las calles para “rescatar” a la población. Ahí fue el simbólico acto terrorista del granadazo en pleno grito de Independencia, la noche del 15 de septiembre de 2008, cuando gobernaba Leonel Godoy.

En esta entidad se han entremezclado autodefensa, paramilitarismo y discurso pseudo mesiánico para dar pie a grupos que presumen ser los herederos de Los Caballeros Pobres de Cristo y el Templo de Salomón, fundados en la Edad Media, para defender a los “peregrinos” de Tierra Santa durante la Primera Cruzada.

La “narrativa” oficial no ha podido desmontar este brote de militarismo, fanatismo y crueldad de los señores que, a usanza de los Zetas, penetraron en la humedad de un edificio cuarteado y corrompido, como era el edificio político de Michoacán, para fundar un Estado o mini Estados paralelos dedicados a la extorsión.

En Michoacán, en los tiempos del gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, se gestó el episodio que dio inicio a la “guerra contemporánea” contra las drogas. En el rancho de Rafael Caro Quintero, el capo ascendente de entonces, fueron hallados los cuerpos de dos agentes de la DEA. El episodio provocó la peor crisis diplomática con Estados Unidos y el inicio de la intervención de la DEA en México con amplio margen de acción.

¿Algo similar se estará gestando ahora que Michoacán vuelve a ser el epicentro del fracaso de una “guerra” sin horizonte claro?