Mucho antes de que buena parte de la opinión pública mexicana advirtiera la escandalosa intromisión del consorcio televisivo más poderoso del país en el pasado proceso electoral, el periodista Jenaro Villamil advirtió como pocos, el vacío generado por una transición frustrada que fue aprovechado por los poderes fácticos.

En un proceso que resultó a todas luces incompleto, el duopolio televisivo se fortaleció al grado en que logró impulsar nuevas reglas del juego que abonaron a la deformación del mejor espíritu de cualquier transición política.

Los factores que posteriormente marcarían dicho fracaso fueron apenas perceptibles para una buena parte de ciudadanos e incluso de analistas políticos. La apertura en los medios de comunicación en la segunda parte del gobierno de Ernesto Zedillo, eran considerables en comparación a lo vivido en el pasado inmediato. Por otra parte, esa etapa no estuvo exenta de criterios selectivos en el tratamiento de diferentes sucesos. Fue el caso del linchamiento mediático al gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas que se produjo a raíz del asesinato del comediante Francisco Stanley en Junio de 1999. Ese suceso fue premonitorio de un nuevo poder, a las televisoras se les permitió llegar a un exceso que incluso podría calificarse de golpista sin que recibieran siquiera una llamada de atención.

Una vez que inició el gobierno de Vicente Fox, las expectativas de muchos eran que los espacios de discusión sobre asuntos de interés público se ampliaran aún más. Programas de Televisa como Circulo Rojo, conducido por Javier Solórzano y Carmen Aristegui, auguraban mejores tiempos.

Pero muchos ignoraban o preferían no advertir que la llegada de Fox al poder tenía menos que ver con el esfuerzo de lucha democrática de varias generaciones de mexicanos con diversa ideología, que con el auge del marketing político en la década de los 90, que logró sustituir de forma exitosa el debate de ideas con la publicidad ingeniosa en los albores del final de la historia. En los tiempos del consenso neoliberal, a la comunidad internacional le complacía ver a un líder como el guanajuatense: Un ex director de Coca-Cola convertido en el héroe que ponía fin a un régimen de partido de estado.

Lo que muchos veían como una caída del Muro de Berlín mexicano ignoraban que en los hechos la victoria del PAN en la Presidencia era consecuente con la pretensión de sostener un sistema bipartidista desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Las dos expresiones políticas destinadas a alternarse en los espacios de poder público compartirían en esencia la misma agenda económica, más allá de sus diferencias de origen.

Diversos medios de comunicación masiva en México comenzaron a adoptar en esta etapa una lógica mercantilista que contrastaba un poco con la rígida autocensura de la era priista. Esto significaba que los márgenes de libertad se ensanchaban, siempre que no se tradujera en un incómodo cuestionamiento al modelo o a los intereses del propio medio. De esta forma, la libertad de expresión jamás llegó a los mismos niveles que en otros países que también experimentaron cambios de régimen.

En 2004, a raíz de los famosos video escándalos que mostraron a figuras prominentes del PRD recibiendo fajos de billetes de mano del empresario Carlos Ahumada, en los que Televisa no sólo fungió como parte clave de la trama sino que terminó por darle al asunto una exposición inédita, recuerdo una breve reflexión en la que Jenaro Villamil se preguntaba si algunos de los recursos que se desplegaron con tanto vigor en la televisión no habrían sido destinadas a la misma empresa.

Era una reflexión que de forma oportuna tocaba lo que sería uno de los grandes temas de los fallidos gobiernos del PAN: la relación perversa entre las aspiraciones de una nueva clase política y una televisora que sería capaz de ejercer control sobre la misma al obtener tanto recursos como legislaciones favorables a sus intereses. Con el tiempo se llegaría a los extremos que atestiguamos apenas en las últimas semanas: la representación diplomática de México en el extranjero y la Procuración de Justicia al servicio del Canal de las Estrellas.

Peña Nieto: El Gran Montaje (2012) de Villamil no se limita al recuento de la construcción virtual de la candidatura de Enrique Peña Nieto, o la actualización de sus notables obras anteriores Si yo fuera Presidente (2009), y El Sexenio de Televisa (2010). Tampoco se trata de un mero repaso de sucesos en la historia electoral reciente del país. El Gran Montaje es una brillante y valiente investigación que narra de forma impecable la materialización de un triunfo tan largamente anunciado, detallando la compleja red de intereses que acompañan al ahora presidente electo.

El libro es un documento de gran valor periodístico que trasciende por mucho cualquier análisis político coyuntural. Funciona como una radiografía del escenario político presente, pero como pocos de su género, se convertirá en un material bibliográfico de referencia obligada en investigaciones posteriores que se realicen durante y después del gobierno que tomará posesión el próximo primero de Diciembre.

El autor divide en diferentes capítulos las diversas piezas de lo que terminaron por construir el montaje al que alude el título. A través de la minuciosa reconstrucción de sucesos recientes se recomponen las piezas de notas periodísticas que siempre han recibido la negación como respuesta por parte de los implicados.

En lo que resulta un obra tanto oportuna como profunda, nos remonta a la noche de la elección en la que la alineación mediática fue casi perfecta, detalla como desde el gobierno del Estado de México se perfeccionó el modelo en el que la pantalla substituye a la gestión pública, revela la trama de cómo la televisora se convirtió la estratega de un candidato presidencial, el personaje concebido como el perfecto producto mercadológico que terminó por obtener el rechazo de su principal mercado meta que eran los jóvenes, los sondeos de opinión como una nueva modalidad de propaganda política, la exposición mediática de la vida privada como espectáculo, los orígenes de la carrera política del futuro mandatario partiendo del mítico grupo Atlacomulco, la compra de publicidad encubierta con dinero público que llegó a trascender en la prensa internacional, así como la descripción de los principales elementos que conforman el grupo de poder que lo rodea.

El libro será útil tanto para aquellos que busquen documentar su indignación, como para quienes están seguros que la impresión sobre la construcción virtual de un candidato no es producto de la imaginación o de la mala fe de los espectadores, como pregona con tanta fuerza la opinocracia.

En tiempos en los que una clase política arrastra al país a una nueva aventura que se aleja de forma decidida de un régimen democrático, Peña Nieto: El Gran Montaje de Jenaro Villamil no sólo es una de las mejores exposiciones de periodismo contemporáneo; es también una lectura necesaria que reafirma al lector que no hay libertad sin información, como no puede haber veracidad cuando se construye un proyecto político bajo el manto protector de percepciones telegénicas que ocultan su verdadero proceder.