Marilyn Monroe y Freud, Ultimas Sesiones

Escrito por el 04 agosto 2012 a las 6:11 pm en Arte y Cultura, Destacadas

Antes que existieran la moda-negocio de la Cienciología, los manuales de autoayuda, el emocionalismo o las terapias alternativas en la industria de Hollywood el psicoanálisis freudiano era no sólo una pose sino una práctica habitual entre las luminarias del celuloide. Una de esas “adictas” al diván, a las tesis de transferencia y del inconsciente fue Marilyn Monroe, quizá el íncono sexual más famoso del siglo XX.

Monroe no sólo quiso superar su historia de abandono frente a una madre alcohólica o de abusos sexuales en su primera infancia. Quiso interpretar a una paciente del doctor Freud en la película de John Houston, con guión de Jean Paul Sartre, Freud, Pasiones Secretas, pero Anna Freud lo impidió.

“Cuando tuvo conocimiento del proyecto, la hija del padre del psicoanálisis montó en cólera. Algo la incordiaba profundamente: la presencia de Marilyn Monroe en el reparto. Su padre hecho un héroe del celuloide, escuchando a Marilyn Monroe tendida en un diván, más el guión de Sartre, todo eso era demasiado para la guardiana del templo, quien se hará enterrar envuelta en el abrigo de su padre y que firmaba sus cartas como AnnaFreud, en una sola palabra”, relata Michel Schneider en su recreación histórica Ultimas Sesiones con Marilyn.

Como este pasaje, muchos otros recuperados por Schneider, psicoanalista y escritor, recuperan la parte menos conocida de la actriz mundialmente conocida como Marilyn Monroe y mortalmente fallecida como Norma Jeane Mortenson, una mañana del 5 de agosto de 1962, hace cincuenta años, en medio de una ola de rumores sobre un atentado político por sus amoríos con John F. Kennedy, o un supuesto envenenamiento de su terapeuta Ralph Greenson.

La novela de Schneider, editada por Anagrama este año, simula en sus pasajes los cortes de una película que aún falta producir. En cada uno de esos cortes el lector se va aproximando a la historia de una mujer que se desnudaba para ocultar lo más secreto de su personalidad, que se observaba en los espejos todo el tiempo para descubrir qué de Norma Jeane quedaba en Marilyn Monroe y cómo combinó la adicción por los barbitúricos con su dependencia hacia su psicoanalista Greenson.

El Lesbos Monroe

Una de las partes más reveladoras de Ultimas Sesiones es la admisión del pánico de Monroe hacia su propio lesbianismo, quizá la parte menos explorada en la historia de quien cantó para los soldados de Corea, filmó películas aparentemente insulsas con directores que padecieron sus desplantes, sus retrasos, pero que la necesitaban como parte del mito nortemaericano de la posguerra.

Las mujeres con las que se había acotado eran todas del mismo tipo que la primera, Natsha Lytess, la profesora de arte dramático que controlaba su carrera en 1950. Inteligentes, cultas, manipuladoras. Ella les preguntaba qué tenía qué hacer, quién tenía que ser”, escribe Schneider.

Entre algunas de las amantes mujeres más famosas de Monroe estuvo Joan Crawford. En la página 318, reproduce este testimonio de la güera platinada con su psicoanalista:

“Crawford tuvo un orgasmo increíble. Gritó como loca. La siguiente vez nos vimos, ella quiso jugar el partido de vuelta, pero yo le dije que no me había gustado mucho hacerlo con una mujer. Después de eso, al sentirse rechazada, me cogió una manía tremenda”.

Schneider también recupera este diálogo típico entre un psicoanalista freudiano y su paciente:

-Yo creo que, en realidad, usted le tiene un miedo terrible a la homosexualidad y, al mismo tiempo, se mete en situaciones donde está presente la homosexualidad –le dije el doctor Greenson.

-¡Y yo qué sé! Cuando empecé a leer libros sobre psicoanálisis y sexualidad, me topé con palabras como frígida, rechazada, lesbiana y enseguida pensé que yo era las tres cosas. Hay días en los que siento que no soy nadie, y otros en los que quisiera estar muerta. No hay nada más siniestro que una mujer bien hecha –responde Marilyn.

Ver no es conocer

Más allá de esta exploración por las partes más secretas de su vida íntima, el libro retrata a una actriz mucho más irónica, perspicaz, ambiciosa y observadora de lo que ha permitido el lugar común de la mujer frívola, tonta, que interpretó en sus películas.

Su relación con el dramaturgo Arthur Miller, lo mismo que sus amoríos con los Kennedy o su cercanía con Truman Capote, el escritor que se inspiró en Monroe para varios pasajes de sus cuentos y relatos sobre Hollywood, están fraseados en una obra que al explorar en la angustia del psicoanalista Greenson termina por revelar más cosas de la paciente.

En 1969, siete años después de la muerte sorpresiva de Monroe, Ralph Greenson relató lo siguiente en una conferencia:

“Han pasado siete años y sigo destrozado. No sé si llegará el día en que lo supere por completo. Evidentemente, Marilyn había tenido varios terapeutas antes que yo, pero me pregunto qué es lo que debería haber hecho para salvarla. Tal vez sufrí una especie de delirio de grandeza cuando pensé que podía triunfar donde otros habían fracasado…

“Creo que jugué al póker cuando tocaba jugar al ajedrez. O no jugar nada. Era una pobre criatura a la que intenté ayudar y a la que finalmente herí…Sé que su amor era narcisista y que, seguramente, me profesaba un odio a la medida de su dependencia. Pero me había olvidado de mi viejo precepto: ‘cada día, un deseo de muerte consciente y asumido, y a olvidarse del psicoanálisis’”.

Menos dramática, Monroe sintetizó en otro diálogo con su psicoanalista lo que Oscar Wilde hubiera querido escuchar antes de escribir su portentoso Dorian Gray:

“Usted no entiende nada. Un día me dijo que los hombres que más me habían marcado eran fotógrafos: André de Dienes, Milton Greene, y ahora, George Barris, con el que me acabo de cruzar. Hombres que miran. Pero, precisamente, ver no es conocer. Quiero ser vista, vista sin cesar, desde todos los ángulos, por todos los ojos, por todas las miradas, las de los hombres y las de las mujeres, pero es para que no me conozcan”.

Quizá por este extraordinario performance involuntario, a 5 décadas de su muerte, la magia de Marilyn Monroe perdura, no sólo por su belleza (escasamente recuperada por sus películas), sino por el misterio que aún rodea a alguien que de tanto verla la conocemos poco.

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2 respuestas a Marilyn Monroe y Freud, Ultimas Sesiones

  1. Bellísimo artículo, admirado Jenaro. Ahora mismo voy a comprar el libro.

  2. Jesus Ramírez Lobato dice:

    “Quiero ser vista sin cesar desde todos los angulos…pero es para que no me conozcan”… Marilyn debió ser psicoanalista jé. Gracias por el articulo don Genaro Villamil, es un manjar leerlo.

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