“Lo burgués es la tranquilidad a cualquier precio”.
Fritz Zorn, Bajo el signo de Marte
Anoche murió Robert Hughes, muy probablemente, el crítico de arte más importante del siglo XX. Su obra fue el análisis de las artes pláticas con la convicción de que allí podían encontrarse todos los defectos y las virtudes humanas. Goya era, si no su pintor preferido, aquel donde encontraba lo mejor del hombre, es decir, la lucha contra lo irracional, el dominio de los propios temores y el desdén por el éxito social. Y si Goya estaba en el cenit de sus preferencias artísticas, Warhol estaba en el nadir, le reprochaba su accesibilidad, su deseo infantil por “imponerse al mundo por medio de la autorrevelación terminal”, y por sus cambios de estilo que dependían de la moda y que una y otra vez se convertían más que en estilo en mero diseño; y finalmente le reprochaba su relación cortesana con Reagan y con el Sha de Irán.
Pero, en modo alguno era sólo un crítico de artes plásticas. Sus mejores momentos, desde mi punto de vista se encontraban en su crítica a los valores culturales y sociales. En La cultura de la queja, uno de sus libros más importantes, luchó contra la corrección política que está “corrida por la falsa piedad y eufemismo”. En este ensayo que está a la altura de los mejores de Orwell o del recientemente fallecido Gore Vidal, busca revalorar la calidad artística por sí misma, es decir por sus méritos estéticos y no como una consecuencia del género o la orientación sexual, de la situación médica o mental del artista. Aquellos que hacen una profesión, lo mismo de su condición racial o de su status social le parecían deplorables sobre todo porque ponen el énfasis en su condición de víctima.
“La queja”, escribió, “te da poder, aunque este poder no vaya más allá del soborno emocional o de la creación de inéditos niveles de culpabilidad social”. Rechazaba el culto “al niño interior maltratado”, le parecía que la persona que se victimiza se queda en un estado inmaduro donde sólo puede relacionarse con el mundo a través del reproche, el resentimiento o el chantaje.
El hecho de buscar la calidad, el rigor y lo sobresaliente en el arte y en las personas, no fue bien visto en un mundo que venera la igualdad y la oportunidad para todos aunque no todos tengan los mismos talentos. En asuntos artísticos, escribió, “el elitismo no significa necesariamente injusticia, ni siquiera inaccesibilidad” (…) pero nos empeñamos en hacer de la educación artística “un sistema donde nadie pueda fracasar”.
Lo curioso, es que esa conquista de los bárbaros piadosos que él veía en el arte, ha comenzado a colonizar todos ámbitos. No hagamos ruido, no escribamos, no pensemos. Pero sobre todo no critiquemos nada o alguien se puede ofender o molestar.


