Fuente: www.elindependiente.mx/

Existen varias imágenes. Las más impactantes, dieron la vuelta al mundo. El horror de una tragedia sin precedentes, la del Casino que se consume en llamas mientras existen personas atrapadas dentro del mismo. No es sino hasta el transcurso de las siguientes horas que se sabrá con exactitud el número de víctimas. Los rescatistas utilizan una grúa que se encontraba en una obra cercana para abrir paso, pero no logran penetrar con suficiente rapidez en el inmueble.

La entidad y el país entero se estremecen. Se trata de un nuevo nivel en la escalada de violencia que ha azotado a un estado que ha adquirido un rostro irreconocible. Una buena parte de la sociedad regiomontana vive un auténtico estado de shock colectivo. Los espacios de convivencia, de por si acotados desde el incremento de la inseguridad, llegan a restringirse aún más. Cunde el pánico, como nunca.

En las siguientes horas y días, miles de regios comparten impresiones, recriminaciones e incluso amagos de abandonar la ciudad. Son momentos en los que se escuchan diversas historias de aquellos que tienen algún conocido directo o indirecto que falleció en la tragedia. Como pocas veces, surgen voces que se cuestionan la verdadera dimensión del problema de una ciudad plagada de casas de apuestas. Algunos ciudadanos se inconforman y en los próximos días se manifiestan, siendo uno de los casos inéditos que a nadie deja sin opinión.

Existen otras imágenes que pintan de cuerpo entero a la clase política y que son un reflejo de la desgracia nacional: sin que haya menguado aún el incendio, el alcalde de Monterrey exhibe en la televisora local documentos que presuntamente lo eximen de cualquier responsabilidad. El Gobernador de Nuevo León no se apersona en el lugar de los hechos sino hasta al día siguiente. El Presidente Calderón llega a la entidad a seguir un protocolo y a externar sus diatribas de siempre contra el crimen organizado.

Se trata de un evento que exhibe los excesos de crueldad a los que ha llegado la delincuencia, pero que a su vez es un recordatorio de la evidente  inoperancia y grave corrupción en las esferas gubernamentales. Un caso análogo en cualquier otro país habría provocado la dimisión del gobierno local en turno. De hecho, es lo que muchos ciudadanos solicitan desde el principio. La exhibición en video que se produce unos cuantos días después que muestra al hermano del Alcalde recibiendo fajos de billetes en diversos Casinos habría terminado con cualquier discusión al respecto.

Un año después, ese cuestionado alcalde es diputado electo que se dio el lujo de afirmar en una entrevista que lamentaba el voto de castigo que había recibido, aunque insuficiente para impedir una estrecha victoria en las urnas.

El gobernador Medina es considerado por ciudadanos de todo el espectro social como el peor en décadas; e incluso se especula abiertamente en la prensa local sobre su inminente reemplazo, sólo que la conspiración en este caso es atribuida a los altos mandos de su partido por los malos resultados obtenidos por el tricolor en la entidad en las elecciones del pasado 1º de julio, en los que la izquierda obtiene una votación histórica y en donde el PAN recibe una votación favorable que contrasta con la hecatombe que sufre a nivel nacional. Pero el inmovilismo opera a su favor y son pocos los que en realidad esperan un cambio de mando.

El caso termina por olvidarse mucho antes de que transcurra un año. No pasó mucho tiempo antes de que se otorgaran nuevas licencias para nuevos casinos. Jamás se revisan a fondo las irregularidades de estos centros.

Existió la esperanza de que la tragedia fuera un detonador del surgimiento de una nueva sociedad civil, como ocurrió en el terremoto de la Ciudad de México en 1985. Lejos de ello, la desmemoria terminó por borrar cualquier vestigio de indignación.

Para muchos resultó insólito que la única campaña que se generó a raíz del caso fuese para preservar en su cargo al alcalde regiomontano. Se repartieron calcomanías con la leyenda Yo creo en Larrazábal, que portaban en los automóviles pertenecientes en gran medida a empleados del ayuntamiento y algunos ciudadanos que reciben prebendas del mismo. La casa encuestadora Gabinete de Comunicación Estratégica, publicó un estudio de opinión en el que señalaba que dos terceras partes de los habitantes del municipio se oponían a la salida de Lazarrabal.

Quien escribe estas líneas publicó por aquellas semanas una reflexión sobre cómo los ciudadanos pueden terminar por volverse cómplices de sus victimarios. Y es que no se podía dar crédito al hecho de que algún ciudadano considerara como un agravio mayor el que un político renunciara a su puesto que esclarecer la muerte de 53 personas. Pero también, es pertinente confesar, fue difícil vislumbrar que a esa historia le seguiría un inmerecido triunfo electoral.

La sociedad regiomontana, por su parte, se refugia en la nostalgia de una ciudad otrora próspera y orgullosa. Incluso la iniciativa privada patrocina algunos espectaculares en los que hacen alusión al Monterrey de antes. En Facebook se abren grupos en los que los usuarios comparten fotografías de un pasado que refleja a una ciudad limpia, segura y muy lejana a aquella urbe en donde el vistoso patrullaje de las fuerzas del orden es parte del paisaje diario.

Las relaciones sociales que se han visto alteradas desde que se ha agravado la crisis, han trasmutado a través de la búsqueda de nuevos espacios. Poco a poco, los regios se alejan del impasse vivido en un principio; siguen adelante con sus vidas y esperan mejores tiempos.

A pesar de lo anterior, las claves de la restauración de todo aquello que hizo que la entidad fuera un punto de referencia en el país difícilmente podrían encontrarse mirando hacia el pasado. De cara al futuro, la tragedia del Casino Royale será la imagen del peor de los excesos en la historia contemporánea, por su brutalidad, pero también por la impunidad de unos y por la indiferencia de muchos otros.