Durante buena parte del siglo XX, los grandes acontecimientos mexicanos fueron detonados en la provincia, como la Revolución y la Guerra Cristera, por ello tanto los narradores mexicanos como el cine, ubicaron en la provincia a sus personajes, explotando, con enorme éxito, tanto las supuestas virtudes rurales —la resignación, el honor, la bondad— como el paisaje del campo, ¿quién no recuerda las enormes nubes y la sierra recortada contra el horizonte de las películas fotografiadas por Gabriel Figueroa y dirigidas por Emilio “el indio” Fernández?
En cambio, la ciudad era un lugar de vicio, como sucedía en la novela Santa, donde una pobre mujer de provincia era obligada a trabajar como prostituta. O bien, un lugar de “catrines” dedicados a la vagancia y a la explotación del campo. Sin embargo, con fotógrafos como Héctor García, la Ciudad de México comienza su peregrinar como personaje, como fantasma y obsesión en el imaginario del arte contemporáneo. Nadie se había ocupado de ella con tal hondura, sin prejuicios ni sentimentalismos; Héctor García descubrió sus misterios, sus escondrijos, sus paraísos subterráneos en calles y barrios, cafés y cines, en los cabarets de moda donde todos podíamos encontrar un lugar y acaso un nombre en la novela proustiana del barrio que son las imágenes de este artista. García supo retratar a la gente de a pie y a Diego, a Dolores, a Frida, a David Alfaro, a Silvia, a todos aquellos que basta con su nombre propio para ser reconocidos.
¿Qué sería de una ciudad, por bella que sea, sin sus habitantes? La ciudad, nos enseñó Héctor García, no la hacen las calles ni los establecimientos, sino la gente que vive, ama y muere entre sus callejones y plazas públicas. Kafka decía que “en la realidad sólo se puede alcanzar el goce estético del ser, a través de una humilde vivencia ética”, Héctor García no sólo tuvo un gran ojo como artista, sino además, siguió puntualmente los movimientos sociales como el 68 y el Halconazo de 71, sus fotografías muestran a la multitud de ambos sexos y de todas las edades rechazando a soldados con las manos desnudas, con gritos o inútiles piedras, sin embargo las fotos hacen algo más: incluyen al espectador en la protesta, mueven a la indignación, alertan y conmueven. ¿Dónde está el gran fotógrafo que va a acompañar a los chicos del YoSoy132?
Lo entrevisté, o mejor dicho, intenté entrevistarlo para la televisión pública en el 2008. García era un hombre mayor que contestaba lo que quería, y ninguna de sus respuestas coincidía mínimanente con las preguntas; entonces se me ocurrió que, como traía un libro suyo para que me lo autografiara, lo abriría y le mostraría algunas de sus fotos para provocarlo a la charla. No funcionó, García recordaba de cada foto sólo el clima y algunas circunstancias personales, decía cosas como: “allí hacía frío”; o “después de tomar esa foto, mi mujer y yo nos fuimos a cenar”; “allí yo era joven”. Me di cuenta que cada imagen funcionaba como magdalena proustiana desatando en el fotógrafo toda clase de recuerdos. Su mujer me pidió que dejara de hacerlo porque se estaba excitando mucho. El camarógrafo cortó, yo lo tomé de la mano y le pregunté, ¿está bien? “Quiero gelatina”, contestó.
García tenía la voz de un niño de diez años, era muy conmovedor oír esa voz infantil y caprichosa, era un silbido, más que una voz. De esa visita, recuerdo también a las dos Marías, la mujer de Héctor García, una gran fotógrafa, una artista eclipsada por su marido, tal vez ahora ya podamos ver su obra sin el planeta que la obligaba a gravitar a su alrededor; la otra María era la hija de ambos entonces adolescente, una muchacha muy hermosa, una Lolita rubia, silenciosa y huraña. Me acuerdo también de un gran cuadro que coronaba la cabecera de su cama, era un Alberto Gironella, dedicado al fotógrafo; le quise preguntar sobre Gironella, pero García sólo contestaba, “bonito, ¿verdad?” Claro, una magnífica calavera. Finalmente, le pedí que me autografiara el libro, y escribió: “Para Daniel, su sabor, con afecto de Héctor García. 30 de enero del 2008”, salí de aquella casa, pensando qué me habría querido escribir con “su sabor”; ¿era una broma, un simple error ortográfico, nada?
Ahora lo recuerdo como una de sus fotografías, uno de esos retratos, que son un acercamiento a los sujetos retratados —sus retratos se caracterizan por composiciones sobrias, exentas de manipulaciones gratuitas— que nos confronta más con la persona que con su oficio o con sus distracciones (por ello llamar a García cronista de los bajos fondos, es demasiado fácil, simple). Hay una suerte de brutal ternura en sus retratos, y nos permiten observar la fragilidad y la arrogancia, la desnudez y la pérdida sin doblez ni juicios, sino como rasgos esenciales de nuestra humanidad. Ecce homo, así puede ver yo al maestro García, aquella tarde.




Excelente perfil de Héctor García. Personalidad como sus fotografías: urbano, evanescente e intenso.