La nueva aristocracia

Escrito por el 21 mayo 2012 a las 7:00 pm en Arte y Cultura, Destacadas, Internet y redes sociales, Medios, Sociedad

The New Aristocracy will consist exclusively

of hermits, bums, and permanent invalids. The Rough Diamond,

the Consumptive Whore, the bandit who is good to his mother…

Will be the heroes and heroines of the New Tragedy

W.H. Auden, For the Time Being

Ante la muerte de Carlos Fuentes, los amigos del autor, los nostálgicos, y unos cuantos hipócritas aseguraron que nos habíamos quedado huérfanos de ingenio, de lucidez, de autoridad para explicar, decidir y ordenar. Casi dijeron que nos habíamos quedado sin facultad para pensar. Nada más cursi, nada más falso. Lo cierto es que con el deceso de Carlos Fuentes bien podríamos decir que los grandes caudillos culturales han muerto. Pero lejos de los golpes de pecho, hay que admitir que esa figura correspondía a una política estatal: ante un Estado autoritario, se necesitaba una figura fuerte y con fueros ganados a golpe de residir en el extranjero, mantener un prestigio fuera del país, publicar sin tregua sobre casi todos los temas, y sobre todo codearse con políticos nacionales e internacionales. Sólo así podían convertirse en una figura incómoda, pero imposible de eliminar impunemente. Ante el presidencialismo, ellos se alzaron como la autoridad intelectual.

No nos gusta verlo ni decirlo, pero también hay dinosaurios culturales, unas veces los queremos, otras los respetamos, y las más de las veces nos damos cuenta que ya son una figura fuera de lugar, porque México para bien y para mal ha cambiado, y ellos mismos, sobre todo cuando más fuerte gritan, saben que su poder disminuye ante la oleada democrática intelectual. No podemos dejar que sus herederos, sus fundaciones, sus museos los embalsamen y los pongan en una caja de cristal con la leyenda de “no tocar”; precisamente a ellos —Carlos Fuentes, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Juan Rulfo— que tantas dudas tenían, que gustaban de la diversidad, que tuvieron defectos y escribieron cosas sublimes. No podemos permitir que se conviertan en figuras intocables como los dueños de sindicatos —como PEMEX y el SNTE— de monopolios, y de bancos. Volverlos intocables es corromperlos. Y eso hacen precisamente los que se sienten sus herederos —lástima para ellos, el talento y la inteligencia no se heredan sólo por haberlos saludado de mano o haber fungido de sus secretarios o haber publicado en las mismas revistas—  y sus seguidores más fanáticos.

Ellos criticaron el sistema político en el que vivieron, las corrientes ideológicas e intelectuales de las que fueron contemporáneos, ¿por qué no habríamos de criticarlos a ellos? Fueron escritores, es decir, llevaron su personalidad y su talento hasta donde sus errores y su inteligencia les permitieron. Nada más, pero nada menos. Los leemos, y si alguno de sus libros, si alguna de sus ideas envejece y muere, qué bueno, tendremos el resto para guiarnos; y ambas, las ideas caducas y las pertinentes, serán señales que, tal vez nos ayuden a no cometer los mismos errores en el primer caso, y serán nuestro horizonte en el segundo.

Nuevos ejercicios políticos, nuevos medios de comunicación, han dado lugar a otra distribución de voces donde no sólo aquellos que tienen un certificado de doctor en letras o en filosofía, así como no sólo los que creen que publicar en tal o cual revista o medio los autoriza para hablar de algún tema en específico, pueden y deben opinar, escribir y argumentar. Las redes sociales y los blogs —además de los medios tradicionales— han permitido el surgimiento de una multiplicidad de voces: doctas, improvisadas, chocarreras, y por supuesto muchas, tal vez las más, tramposas, como los bots de las redes, y los comunicadores que vendieron su inteligencia a las empresas donde trabajan, y que no tienen otro interés que cooptar e impedir el surgimiento de voces reales, honestas y ciudadanas. Es un proceso natural: frente al vacío de poder, han surgido una multitud de voces y no todas son confiables.

Es cierto, entre tantas voces se pierde la autoridad. No hay que lamentarlo. Esa es la democracia, voces a favor y en contra, voces falsas, insulsas y brillantes entremezcladas. Justamente, lo que hacían los caudillos intelectuales era discernir entre esas voces y ofrecernos la que ellos creían mejor (que con frecuencia coincidía con su propia persona), ahora es obligación de cada ciudadano desbrozar entre esa maleza y elegir la que más le conmueve o le interesa y prestar oídos sordos a las que no. Son han dejado solos, sí; pero hemos llegado a la mayoría de edad y podemos hacernos responsables de nuestras nuevas libertades, ¿o no?

No busquemos prestigios: no hay otra legitimidad que la honestidad y la inteligencia en esas voces. Aquello que los caudillos culturales nos heredaron, no es otra cosa que la responsabilidad de ver por nosotros mismos, y de crear nuestra propia voz.

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Una respuesta a La nueva aristocracia

  1. Qué atinado comentario para este momento, en el que un puñado de comunicadores critican foribundos la libertad de las redes sociales.

    Lamento ver que no los mueva a la reflexión sobre el ejercicio de su profesión el rechazo de un amplio sector de la ciudadanía. Por el contrario, se erigen soberbios para condenar la libertad de expresión y la pluralidad de medios.

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