El siglo XX en México no estuvo escaso de leyendas. De los campos de batalla a las pantallas de cine, de los rings de lucha y de boxeo a la política, de la literatura a la Selva Lacandona. Figuras que el imaginario popular fue construyendo y colocando en un pedestal, a veces impulsados por el discurso oficial o por el discurso mediático; otras veces alejados de estos y conformados por los amores y anhelos populares. Sin embargo, pocas de estas leyendas han tenido voz y voto en la formación de su propio mito. Paradójicamente, en este país que entre el machismo y el matriarcado se mueve, una de las pocas figuras que con toda conciencia fue capaz de construir su propia imagen fue María Félix, “La Doña”.
Esa mujer de belleza apabullante, que adaptó a su propia imagen la figura mítica de “La Soldadera”. La mujer que en pantalla, con la misma altivez que seguía caminando a “su hombre” que cabalgaba contra el horizonte recortado de claro oscuros en Enamorada, comandaba férreamente a tropas revolucionarias en La Generala y en La Cucaracha. Ella, que en palabras de Jacobo Zabludovsky “esculpió la estatua de sí misma para ser colocada en la plaza pública y la sombra del monumento cubrió su otra vida, tal vez la más valiosa y trascendente. Su mejor actuación artística fue, sin duda, la interpretación de La Doña” (El Universal, 8 de abril de 2012).
Diez años hace que murió “La Doña”. Cuando se marchó era ya toda una leyenda; recuerdo aún que cuando decidía plantarse frente a las cámaras y los micrófonos era todo un suceso, fuera Jacobo Zabludovsky o Verónica Castro quien la entrevistara, siempre se comentaba el resultado por varios días. Porque vaya, hay que decirlo, ¿quién más pudo haber vinculado su vida con los personajes más importantes del México y del mundo de entonces? La lista de figuras con las que departió es interminable, sería una labor titánica aquí enumerarlos. Quién pudo haber platicado de filosofía con Jean-Paul Sartre y quedarse con la última palabra; qué estrella del firmamento actoral mexicano leyó a Balzac en francés y de manera irreductible calificar a Pére Goriot como su mejor novela. Quién pudo hacer de Carlos Fuentes, Salvador Novo y Paco Ignacio Taibo sus “enemigos” sin pudor alguno. Sólo “La Doña”, que inspiró y sedujo al “Flaco de Oro”, Agustín Lara, quien le dedicó María Bonita y con el cual contrajo matrimonio. Quién pudo enamorar desde el primer momento al “Charro Cantor”, Jorge Negrete, con quien se casó en 1953 (pocos meses antes de la muerte de Negrete). Aquel evento fue calificado en nuestro país como la “boda del siglo”; dos de las estrellas más importantes de la Época de Oro del cine mexicano se casaban y no faltó ninguno de los personajes relevantes en la vida pública del México de mediados del siglo XX.
Y es que María Félix, la que filmó 48 películas, la que rechazó filmar en Hollywood, pero conquistó las pantallas europeas, la que nació en Sonora y se volvió universal, como lo dijo el poeta y ensayista Octavio Paz, “nació dos veces; sus padres la engendraron y después ella se inventó a sí misma; nació como un relámpago que desgarra las sombras”. Ella fue un relámpago que desgarró las pantallas y los moldes preestablecidos. Porque sólo ella fue capaz en este mundo de decir adiós 88 años justos después de haber llegado, de celebrar el 8 de abril de 2002 su cumpleaños cerrando el telón, para volverse eterna y con sus manos enjuagar estrellas, de ser por siempre María del alma, María bonita.



