Por Miguel Ángel García/La Ciudad Deportiva
@laplumadelpoyo
@larutadeportiva
No es la original, y acaso no importa.
Ahora mismo la miro y recuerdo que la conozco de memoria: el perfil meticuloso y digno de quien no espera a la muerte y sin embargo la mira. Montado sobre un penco castaño de ojos vendados, él apoya su diestra en una delgada lanza que no sale completa en el cuadro, pero que seguro adivina la sangre emanada de antiguos toros.
Es un Botero, claro. Mi padre lo compró al salir de una corrida en una feria de Aguascalientes, y es hoy parte de la escenografía fundamental del estudio de casa.
Porque ahí siempre hubo Boteros y siempre hubo tauromaquia. Y tal vez este recuerdo topográfico no tenga mayor importancia, aunque hablar de toros y pintura es una tautología: el arte de lo expresado sobre un lienzo óleo, ante el arte de lo vivido en sangre.
Pero existe algo especial en El Picador que me obliga a recordarlo ahora, cuando el artista ha cumplido 80 años y el toreo vive una especie de simulacro de abolición. (Son los signos de estos tiempos. Los de un arte amenazado en la búsqueda de los húsares que le defiendan.)
Y es que la reunión de Botero con la fiesta brava es puntual e impredecible. El colombiano encuentra la belleza en la redondez. El volumen exacto fijado en colores desbordados. En graciosas formas esféricas que nos recuerdan que el mundo es más redondo que plano, y toda semejanza a esa geometría equidistante está más cerca de lo perfecto que la aburrida esbeltez de lo hiperrealista.
Botero, en La Corrida, le ha hecho un bien tan grande al toreo que desde hace mucho debieron indultar a un burel en su nombre. Construirle una plaza. Bautizar una suerte con su apellido. Una suerte de a caballo, desde luego.
Como genio y artista, se apropió de lo más elemental de la fiesta para componer, a través de líneas deformes y trazos obesos, una faena tan memorable como la de ‘Islero’ en Linares. Sólo que en este final, no se muere Manolete.
El destino de Botero, amarrado definitivamente a sus obras, es el de un vocero que nos anticipa lo que algunos conocimos desde la cuna: saber que el toreo es un arte incomprensible, y por ello, está mucho más cerca de la belleza de un mar embravecido que de la rosa inmóvil en un jardín.
Y es que mientras en las plazas los toros se desangran en una comunión dolorosa con su destino, en los lienzos de Botero las figuras asimilan la condición genérica del pintor: el arte es ironía, es valentía, es deconstrucción y es sobre todas las cosas, una declaración de principios.
Platón consideraba que la belleza residía en el tamaño y la proporción adecuados. Aristóteles veía lo bello en el orden y la simetría.
Descreyendo de los principios más elementales, Botero utilizó en su tauromaquia la antítesis de ambos postulados: sus caballos y toros son bellos por la desproporción de sus carnes. En sus matadores, picadores, banderilleros y cuadrillas, la simetría es sólo asumir que el volumen exagerado y la anatomía ‘boteriana’ están ahí por una sencilla razón: alabar la tauromaquia en su más cruda expresión… la plástica.
Pero yo quería hablar de una pintura de Botero. Y escribir sobre la fiesta: un secreto arte que esencialmente trata de animales bravos, hombres valientes y tardes de gloria.
Por eso pensé en “El Picador”. Un óleo sobre tela que contiene la más dura de las especializaciones en la plaza… la del centauro torpe con un caballo ciego, que armado con una lanza de Sancho Panza, allá cabalga, a los límites de los círculos concéntricos del ruedo, a esperar que un bravo burel le embista y ahí comience la verdadera faena. Porque es entonces cuando el animal sangra por vez primera y ya no hay vuelta atrás.
El Picador lo inicia todo.
Y Botero, el artista que mira en el volumen la síntesis de lo perfecto, me lo cuenta cada día. Cuando miro el cuadro, y tal vez recuerdo una corrida de infarto, en la feria de Aguascalientes.
Allá donde mi padre compró una pintura que no es original. Y eso no importa.
*Miguel Á. García Lagunes es guionista y escritor. Trabajó en el periódico Récord como reportero, y fue redactor de la revista Men’s Health Latinoamérica. Ha colaborado como freelance para diversos medios electrónicos y escritos, además de una columna semanal para WRadio. Actualmente es jefe de información en TVAzteca. Síguelo en @LaPlumadelPoyo


