A Harold Pinter se le considera el dramaturgo inglés más importante de la segunda mitad del siglo XX. Su obra le valió el Premio Nobel de Literatura en 2005. Él quiso regresar a los inicios del teatro, utilizando pocos personajes y escenarios únicos para contar sus historias, donde personajes muy humanos, se debaten entre la cotidianidad casi alienada y la latente amenaza de las altas expectativas del ser humano por lograr una vida soñada, lo que sólo conlleva a la frustración.

Un ejemplo de su trabajo es la obra  El Amante escrita en 1963, donde nos relata en un acto único lo que una pareja llega hacer para aliviar la monotonía del matrimonio y las sábanas. Recordemos que en esta época la mujer vivía en plena revolución cultural para dejar atrás su rol sumiso y se convertía en agente propositivo a la par que el hombre. La transición significó una equidad en todos los ámbitos, principalmente su papel dentro de la relación conyugal.

En esta historia conocemos a una pareja interpretada por Marina de Tavira y Antonio Ramos, que desdoblan sus personajes y nos enfrentan como espectadores a lo que haríamos en nuestra propia relación si sucediera que la monotonía y el aburrimiento nos empujaran a un abismo emocional que nos encontrara y enfrentara a nosotros mismos y a nuestros más profundos miedos ¿Hasta donde llegaríamos por complacer a nuestra pareja? ¿Dejaríamos a un lado nuestros deseos por priorizar los del cónyuge? ¿Será verdad que en el amor todo se vale? Estas y otras son algunas de las interrogantes que se plantean en esta historia recreada de manera excelente.

La trama intenta despistarnos pero sea usted mismo quien descubra lo divertido que puede ser jugar con su pareja y olvidarse por un rato de los convencionalismos y lo que otros podrían denominar “indecente”, adéntrese en uno de los lados oscuros del individuo y sus perversiones para satisfacer sus necesidades físicas, de la psique y del alma. Además, en esta relación el juego es consensuado así que nadie sale lastimado en primera instancia, aunque en los juegos siempre cabe la posibilidad de salir herido y aquí no es la excepción.

El sexo en esta obra es uno de los tantos instrumentos para estrechar los lazos con el otro y en el montaje lo hacen de manera explícita, así que si los desnudos “escénicos” le molestan, evítese ir. Tampoco es una obra pornográfica, así que no vaya sólo por eso. Otro instrumento de interrelación es el lenguaje y usted seguro los disfrutará en el texto traducido por Rafael Spregelburd, ya que los personajes a través de la palabra exponen y desnudan lo que en su interior guardan y no se atreven a decir al prójimo, y a veces, ni a sí mismos.

El texto escrito en un acto divaga entre la comedia y la pieza, característica del autor y nos muestra a unos individuos vulnerables con los deseos de salir avante ante las adversidades y luchar contra sus inseguridades y la insignificancia del ser en el mundo, aunado a salvar y reanimar un matrimonio frustrado por el devenir del tiempo. Tampoco crea que verá una obra deprimente y moralista donde usted sólo espera que caiga el telón para irse a su casa. Las actuaciones y la dirección de la obra están muy bien realizadas para darle todo esto de manera diluída, a veces tanto que puede parecer, se pierde la sustancia el texto.

Los roles de los personajes reflejan el modus vivendi de la época de mediados del siglo pasado, dando como resultado un montaje divertido, ágil y bien hecho. La atmósfera de la obra está inspirada en la serie televisiva Mad Men, efecto logrado con éxito gracias al trabajo en la escenografía de Sergio Villegas, la iluminación de Matías Gorlero, la música de Mario Santos, el vestuario de Emilio Rebollar y la dirección de Iona Weissberg, quienes realizan un equipo creativo digno de aplaudir y ser mencionado, ya que en pocas ocasiones los espectadores hacemos conciencia de quien está detrás de la escena.

Así que anímese y vaya al Teatro, esta obra se presenta los martes, a las 20:30 horas en el Teatro Helénico.