Vigencia de la Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo

Escrito por el 11 febrero 2012 a las 12:13 pm en Arte y Cultura, Monitoreo Informativo

Gerardo Esparza Rivas

Texto leído en una mesa de la pasada Feria del libro de Guadalajara, junto a Fernando Vallejo.

Fernando Vallejo muestra el fracaso social en Colombia durante la década de los años noventa y escribe la novela del desengaño de las políticas públicas sociales y de lucha contra el narcotráfico del gobierno colombiano. Escribe con las heridas aún sangrando, con los estragos evidentes que le provocan los demasiados muertos, con los deseos de quedarse sin palabras para contar lo que sucede cuando no hay salida en un país acorralado por sus errores y traiciones.

La novela escrita hace mas de 20 años no ha perdido vigencia, o mejor dicho, ha retomado la importancia que una obra así no debe perder nunca, no en un país asolado como el nuestro, no en un país empecinado a seguir el modelo colombiano de su lucha contra el crimen organizado. Y es que La Virgen de los Sicarios bien podría llamarse “San Malverde” y ubicarse en México con sus miles de muertos y su ejército lejos de los cuarteles, estar llena de personajes con acento y coloquialismos mexicanos, repleta de la pólvora que ruge en nuestras calles, de la sangre que convierte en ríos nuestras avenidas y de la muerte que campea y cabalga sin tregua desde algunos años nuestro destino.

La Virgen de los Sicarios es una obra monumental sobre el derrumbe de la sociedad en que se encuentra inmersa, es también un profundo análisis de los errores cometidos por todos, un ajuste de cuentas con el odio incubado en todos: “los rencores se heredan de padres a hijos y se pasan de hermanos a hermanos como el sarampión… La lucha implacable es a muerte, esta guerra no deja heridos porque después se nos vuelven culebras.” Es un retrato de lo podrido que está el sistema político colombiano, o el mexicano o cualquiera que se obstine en solucionar el grave problema de las drogas por medio de armas, balas y mucha voluntad de enjuiciar al prójimo sin antes construir un sistema de justicia funcional e incorruptible, un sistema judicial que no se deshaga de sus responsabilidades, que se desborde de averiguaciones previas, que convierta en criminales a los ciudadanos y sature las prisiones por no cumplir con su encomienda o porque paga mejor el soborno que el Estado. Un sistema que le apuesta a las balas para combatir a las balas sin entender que son las palabras y la educación la respuesta a tanta miseria

En la novela de Fernando Vallejo nos hallamos con una narración personalísima que demuele todo lo que se encuentra. Principalmente a la sociedad permisiva, pero también a los gobiernos de César Gaviria y Ernesto Samper, a la Oficina del Envigado, al Cártel de Medellín y Colombia entera. Y lo es porque refleja, palabra a palabra, la descomposición a la que son sometidos todos los actores sociales que se desenvuelven en el país. Los sicarios son aquí jóvenes arrastrados por la falta de oportunidades laborales dignas y porque se les maleducó para creer que se debe tener todo, tenerlo rápido y ostentarlo pronto, porque no hay otra cultura que no sea la del ruido y los proyectiles. A eso se habituaron los Taylor y Alexander y los Fáber y los Eder y Wílfer y Yeison o Alexis y Wílmar, a esperar una recompensa pronta y expedita, a ganar, sin que importen las consecuencias de sus actos, porque el que está dispuesto a morir tiene derecho a pedirlo todo. Una vida o cincuenta mil muertes bien lo valen. Dice Fernando y dice bien: “Aquí no hay inocentes, todos son culpables.” Y es que la vida está tan devaluada como los pesos y pagan mejor tres escapularios regados por el cuerpo que la escuela o las bibliotecas, porque es más popular y redituable autoemplearse en esa industria tan boyante de la muerte, donde bastan unos cuantos billetes para encomendarse a María Auxiliadora y rezar algunas balas para matar a quien se ponga enfrente. Entonces la razón y su forma de vida es la muerte.

Y pasa esto porque para tener lo que se quiere se debe pasar por encima del otro: “Para hacer un cascado se necesita una bala más un revólver, y mucha, mucha, mucha voluntad”, y estos personajes si algo tienen es eso, voluntad; y les sobran los ejemplos de cómo obtener las cosas por encima de lo que sea. Porque no hay leyes que los juzguen, porque no hay leyes que se respeten, porque los hacedores de la ley son los primeros en violarla, porque tanto Colombia como México son países de leyes que no tienen ley. Porque se obtiene lo que se quiere “haiga sido como haiga sido” y entonces la pudrición comienza en el gobierno y en los gobernantes de una sociedad que espera todo y hace poco. Porque Alexis, es si acaso uno más entre tantos desesperanzados que ha dejado el sistema económico voraz que impera y que se queda con todas las ganancias, mientras deja despojos y deseos de tener lo que ellos tienen, de vivir como ellos viven, de aspirar a lo que ellos aspiran. Porque la novela se convierte en un espejo que refleja la indolencia de todos, porque ya nada nos sorprende ni nos aterra. Aquí, como en la novela esperamos el siguiente autobús con un cuerpo sin vida a lado nuestro, con colgados en los puentes y acribillados en nuestra colonia. Se convierte en un sonido habitual y tranquilizador el ulular de las ambulancias porque seguimos vivos y aún no van a recogernos a nosotros.

Después de las demasiadas muertes (aquí ya llevamos 50 mil) la novela parece correr y alcanzar un reflejo que se le salió de las manos: “La fugacidad de la muerte, esta prisa que tienen aquí para olvidar. El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol.” Y Colombia y México fracasan para reconocer que cada muerto que se olvida es una familia que se va al carajo, que se aleja de su entorno y se llena de odio y de venganza, una familia que se asume como desposeída y desapegada a lo que era suyo: un país, una ciudad, una sociedad. Una familia que está dispuesta a otorgar a sus hijos, padres, hermanos para saciar el legítimo deseo de justicia y venganza, sin importar que sea ojo por ojo y diente por diente; dejando a Colombia y a México lleno de ciegos e incapacitados para dialogar. Porque nadie recuerda al primer muerto dentro de un cementerio de vivos, como lo fue Colombia y lo es México. Y así, los muertos se olvidan pronto y la televisión nos regala su ensordecedor ruido mientras nos llena de un vacío confortable y tranquilizador; quizá por eso Fernando busca el silencio perpetuo, sin radios en los taxis, sin televisores en su departamento, sin disparos en su ciudad, para encontrar la patria que perdió entre el ruido de la sangre, las balas, la pólvora y las gritos que brotan de la barbarie. Porque en el ruido de verbos como pozolear, levantar, encobijar, descabezar, que nos ensordecen ahora pero bien cabrían en La Virgen de los Sicarios, no podemos entender lo que significa el silencio, no podemos comunicarnos y enderezar, por medio de las palabras y el dialogo, el camino que se nos perdió cuando el rumor de la muerte se convirtió en el aullido que nos deja sordos.

Es pues, la novela de Fernando Vallejo una obra que deben leer los hombres que deciden el destino de la mayoría de los ciudadanos, que debemos leer nosotros, todos ciudadanos muertos en un país de muertos. Entender que una novela así sólo surge de la desesperanza de un escritor que ha visto a su país desmoronarse mientras nadie hace nada por detener el matadero. Un país que tiene a un capo que decide cuándo y cómo salir de la prisión, un país al que le han asesinado a políticos de altos vuelos, donde sus diputados son financiados por el dinero del narco, de coches-bomba y asesinatos a mansalva, un país que se inventa un nuevo lenguaje para describir la barbarie que lo persigue; un país que sabe que fracasó y que se jodió y que se les fue de las manos, un país así no puede ni debe repetirse en ningún otro lugar del planeta. Y aquí lo estamos haciendo. Tenemos Guzmán en lugar de Escobar, Puente Grande por Catedral, Zetas y Pelones por Oficina del Envigado, muertos por muertos y la misma miseria. México bien podría ser Colombia, Guadalajara, Medellín y Sabaneta cualquier municipio en el que mueren Alexis y Wilmer, Fernando bien podría alejarse para decir de México: “Este país se nos jodió, se nos fue de las manos”, y así seguirá siendo mientras tengamos los “ojos cansados de tanto ver, y los oídos de tanto oír, y el corazón de tanto odiar”. Porque La Virgen de los Sicarios es una novela pero también es un informe contra si misma, un recuento de nuestra indolencia y egoísmo, o una crónica de todos los asesinados por nosotros y nuestro olvido temprano, de nuestra endeble memoria.

Si algo nos queda después de leer la novela de Fernando Vallejo, es buscar opciones para dejar de ser muertos enterrando a sus muertos, para alejar los gallinazos y buitres que nos acechan, entender que “nosotros aquí abajo lo único que hacemos es recoger cadáveres” y que eso nos convierte en seres que no tienen esperanza, ni posibilidad de redención alguna. Porque María Auxiliadora no vendrá a componer lo que nosotros descompusimos, y es que aquí “la muerte se nos volvió una enfermedad contagiosa” y no encontramos la cura porque estamos ensimismados, con la mirada llena de rabia y culpa, buscando respuestas en la morgue a las preguntas que no hemos hecho en la vida.

Consulta el texto original aquí.

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