Ni la nominación al Oscar por mejor papel protagónico para el actor mexicano Demián Bichir, ni las declaraciones de apoyo desde senadores hasta funcionarios culturales de última hora, ni la cobertura de los noticiarios de espectáculos y el despliegue editorial de los periódicos ante la buena noticia han hecho que los distribuidores de la película Una Vida Mejor tenga un reestreno digno.

Como si se tratara de un favor y no de un asunto de difusión cultural, se anunció que este fin de semana se reestrenará la película en sólo 8 salas de la Ciudad de México, apenas la décima parte del número de salas donde se exchiben verdaderos bodrios como Vengador Anónimo, Diario de un Seductor Mini Espías 4, Presas del Diablo o Los Ladrones del Tiempo.

Nada hace que Cinépolis, Cinemex o Cinemark se apiaden de la audiencia que necesita tener otras opciones. Ni siquiera la nominación al Oscar (el mejor pretexto para incluir razones americanizadas a la distribución de un filme) pueden contra el monopolio de la distribución que, a final de cuentas, coincide con el mal gusto de la cháchara gringa.

Eso sí, Una Vida Mejor estará en más salas que La Piel que Habitode Almódovar, o que la holandesa Prueba de Amor o la franco-belga El Rapto o la israelí Uniendo Corazones.

El dominio de la cartelera por parte de las productoras norteamericanas más comerciales es quizá también una muestra de por qué en nuestro país el cine nacional se ha asfixiado y los documentalistas o directores y actores mexicanos tengan que migrar a los festivales internacionales o a las producciones del cine independiente a Hollywood. Y a pesar de los reconocimientos ni así se exhiben en nuestro país.