Al final de la serie El Encanto del Águila, una leyenda nos dice: Los anhelos de justicia social que inspiraron al movimiento revolucionario siguen vigentes hasta nuestros días.

De la serie se pueden elogiar algunas caracterizaciones, así como el trabajo de dirección artística que logra recrear de manera convincente varias etapas de nuestra historia, se puede inclusive apreciar el manejo temático que logra abreviar una etapa en extremo complicada incluso para retratar en libros de historia.

Lo que la serie carece por completo es precisamente reflejar las motivaciones de carácter social y político que impulsaron uno de los momentos definitivos en la historia de nuestro país. Pero, ¿acaso podríamos esperar una reflexión de esa naturaleza por parte de Televisa?

Las series de Gritos de Muerte y Libertad (2010) y El Encanto del Águila (2011) contaron con la dirección de Mafer Suarez y Gerardo Tort  (De la Calle 2001) y la producción ejecutiva recayó en Leopoldo Gómez (el moderador de Tercer Grado). Se trata del mismo equipo y esto se  refleja en que las mini series comparten una estructura similar. Estrenadas con un año de diferencia, comparten muchas de las mismas virtudes, pero también sufren de las mismas carencias.

En su defensa, puede argumentarse que estas nuevas mini series son un paso hacia adelante si se toma como referencia el terrible recuerdo de telenovelas históricas como Senda de Gloria (1987) y El Vuelo del Águila (1994). Por lo menos estos esfuerzos recientes intentan apegarse en cierta medida a una reconstrucción de los hechos sin caer en el melodrama que corresponde a la fórmula gastada de casi todas las demás producciones del Canal de las Estrellas.

Como muestra de que el proyecto pretende ser serio, ambas obras contaron con la participación de actores mexicanos de primer nivel, que incluso, han sido vetados por Televisa en el pasado.

Con una producción que en muchos casos está a la par de las necesidades de un largometraje, la principal fortaleza de las series es que logran su mayor cometido: entretener. Si el espectador no tiene expectativas mayores, es posible que pueda disfrutar de ambos proyectos sin problema.

Partiendo de la realidad de que no sólo el precandidato único del PRI no lee, existen millones de mexicanos que no tienen la menor idea de personajes relevantes de la historia de México más allá de las calles y avenidas que fueron nombradas en su honor. El medio audiovisual tiene una proyección potencialmente mayor  al literario, y podría tratarse de un buen primer acercamiento a la historia para las nuevas generaciones.

Por otro lado también es cierto que lejos de estimular a una mayor investigación con respecto a los pasajes históricos que son recreados por la serie, es posible que para la mayoría no quede muy claro cuales fueron las causas por las que lucharon los insurgentes y revolucionarios, así como las diferencias que tuvieron y cuáles fueron las oportunidades que se perdieron en ambos sucesos históricos cuyas consecuencias padecemos hasta nuestros días.

Si bien nos encontramos en un momento en el que no cabe la simplificación de la historia en categorías de héroes y villanos, tampoco se procede con honestidad intelectual cuando la revisión de ciertos personajes históricos se hace bajo el filtro del discurso oficial que corresponde al presente inmediato.

Y es que dada la asesoría histórica (por parte de investigadores oficialistas) que se brindó a los realizadores de la serie es inevitable que exista la tendencia a menoscabar el aspecto de la lucha por la justicia social de ambos acontecimientos, porque la analogía con el contexto actual es inevitable.

En un país donde la historia pareciera sufrir una revisión cada sexenio, no deja de ser lamentable que muchas publicaciones estén al servicio de la verdad que pretende imponer el poder, y no de una investigación que goce de rigor profesional que aporte al debate serio de las interpretaciones históricas que pueden y deben tener un contraste.

Tanto Gritos de Muerte y Libertad como El Encanto del Águila corresponden a una visión conservadora de la historia, que es en esencia la versión de los que se consideran vencedores en la pretendida era del final de las ideologías.