Existe un momento en la trayectoria de todo cineasta de culto en el que resulta imposible apreciar una obra determinada de manera independiente porque se vuelve parte de un cuerpo de trabajo más amplio y complejo que cualquier esfuerzo individual.

Es el caso de Pedro Almodóvar. Adorado y despreciado con la misma intensidad, se perciben sus obras con un inevitable prejuicio que tiene base en una prolífica carrera que a prácticamente ningún cinéfilo deja sin una opinión determinante.

Aún sus más acérrimos detractores admiten que a lo largo de los años ha pasado por diversas fases en la que la constante ha sido el perfeccionamiento de un estilo propio, independiente del valor que se le conceda a sus obras.

Del irreverente y provocador autor de realizaciones como Qué he hecho yo para merecer esto (1984), Matador (1985) y La Ley del Deseo (1987) en la etapa de los años 80, que en buena medida reflejó el cambio dramático que sufrió una sociedad que dejaba atrás los resabios del franquismo, pasó a adquirir reconocimiento internacional con Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios (1988). Una buena parte de la crítica especializada no tomaba en serio al cineasta manchego, hasta finales de los 90 cuando estrenó Carne Trémula (1997) y Todo sobre mi Madre (1999) en las dio luz de una madurez temática con la que logró un posicionamiento como cineasta de autor que hasta entonces muchos le regateaban.

Como sucede con realizadores tan disímbolos como Woody Allen y Bernardo Bertolucci, existe un momento en el que comienzan a repetir temas mediante la renovación de conceptos originales con una visión más madura. Esto no siempre se traduce en sus mejores filmes, porque en muchos casos la inspiración y frescura de los anteriores trabajos que los llevaron a la cúspide difícilmente pueden ser igualados.

En 2004, con La Mala Educación, Almodóvar regresó a los temas (e incluso a la época) que le dio reconocimiento, con un recibimiento irregular por parte de la crítica y audiencias.

Después de regresar en grande con Volver (2006), decepcionó tres años más tarde con Abrazos Rotos (2009).

Este año estrena La Piel que Habito, película que marca el regreso de su mancuerna con Antonio Banderas, que había estado ausente desde hace 21 años cuando realizaron la inolvidable Atame! (1990).

La Piel que Habito representa en muchos sentidos un filme que conmocionará a las audiencias que no se encuentren familiarizados con las anteriores obras de Almodóvar, pero que previsiblemente complacerá a sus más fervientes seguidores.

De muchas formas se trata de una obra que cuenta con el sello que ha venido desarrollando en los últimos años, pero con una temática estremecedora que pareciera derivarse de su etapa inicial más incitadora.

Quienes acusen al filme de tener una trama inverosímil que en muchos casos cae en el extremo del ridículo no se equivocarán, como tampoco aquellos quienes elogien el ingenio y la vitalidad de la misma.

Esa es precisamente, su mayor virtud: Es una película difícil de ver, pero dotada de una originalidad y maestría que no puede ser ignorada. Con excelentes actuaciones por parte de Banderas y Elena Anaya, así como un estilo visual y narrativo de primer nivel, Almodóvar llega a su filme número 18 con plena vigencia.

Puede resultar fascinante o extremadamente desagradable, según se le quiera ver, y por esas mismas razones La Piel que Habito destaca en una industria dominada por la complacencia y la banalidad.