Existen películas que hoy en día son considerados como clásicos, pero que no contaron con el éxito esperado cuando fueron estrenadas. Desde que existen las videocaseteras, la industria del cine experimentó una transformación evolutiva; la fortuna de una obra no termina con el estreno en cartelera sino que existe la posibilidad de ser descubierta por generaciones posteriores de cinéfilos.

Es el caso de Blade Runner (1982), Sueños de Fuga (1994), El Club de la Pelea (1999), películas que fracasaron en taquilla pero que se convirtieron en filmes más influyentes que otros que tuvieron éxito en su momento y que pronto pasaron al olvido. Muchas de las obras más artificiales que en su momento incluso ganaron premios de la Academia (¿alguien se acuerda de las ganadoras al premio de Mejor Película Shakespeare Enamorado (1998) y Chicago (2002)?) se perdieron en la irrelevancia. El veredicto de la taquilla suele ser un reflejo de la efectividad de la estrategia de marketing, pero la prueba del tiempo suele enviar a la basura a los filmes más banales.

En esta nueva era de Netflix, iTunes, Tivo y el online streaming la dinámica de la industria cinematográfica ha adquirido una nueva variable: es posible que los grandes estudios tengan una radiografía mucho más eficaz de su mercado meta en tiempo real. Lo más valioso en el medio es la información, y en la medida en que se puede identificar de manera clara las preferencias del público, e incluso recibir retroalimentación de primera, puede generarse material que sea más vendible a un nicho particular.

Un claro ejemplo es el caso de Netflix, donde el usuario coadyuva sin estar consciente de ello a ser parte de una investigación de mercado. En el momento en el que clasifica las películas en torno a su preferencias, y va generando un listado interrelacionado del material que le llama la atención aunque se trate de géneros distintos, se genera información que es sumamente valiosa para las grandes cadenas: se conoce no sólo la predilección, sino también cuáles son los patrones de consumo de un tipo de espectador determinado.

Si durante la década de los 80 y los 90 se consolidaron en la industria cinematográfica estadounidense los Blockbusters: películas chatarra con presupuesto multimillonario que estaban diseñadas para triunfar y para atraer a un número masivo de espectadores, desde la última década ese mismo concepto se encuentra mucho más focalizado a una audiencia particular.

A este último fenómeno corresponde la saga de Crepúsculo. Contra todo pronóstico y lógica, una serie que ha sido devastada aún por la crítica más convencional ha generado hasta el momento ganancias de más de $2,000,000,000 de dólares. Y eso considerando que aún faltan algunas semanas en cartelera de Amanecer Parte 1 y la secuela pendiente a estrenarse a finales del próximo año.

Resulta infructuoso analizar la serie en su conjunto por su temática, actuaciones y dirección. Es una quimera mediática muy bien concebida para estimular al segmento de mercado al que se dirige. Aborrecida por gran parte de la audiencia masculina, e incluso por buena parte de la audiencia femenina que se encuentra cercana a la mayoría de edad, genera el mismo fanatismo entre sus fieles que otras series fílmicas como Harry Potter, El Señor de los Anillos y Star Wars.

Con protagonistas que pronto serán olvidados por las audiencias a las que hoy provocan suspiros, con una historia llena de clichés que resultan insoportables incluso para espectadores poco demandantes, la serie de los vampiros que luchan contra hombres lobos (o se alían con ellos, es difícil recordar) podría ser vista como una fórmula a la vez perversa y efectiva de una industria abocada a la lógica de oferta y demanda.

Siempre ha existido la enorme dificultad de que una gran obra literaria sea adaptada al medio audiovisual con fidelidad y se transforme en una extraordinaria realización cinematográfica. La saga de Crepúsculo no tiene ese dilema: los libros de Stephenie Meyer corresponden a una generación de jóvenes que no leen; es literatura falta de imaginación y originalidad que al convertirse al lenguaje cinematográfico refleja con fidelidad su podredumbre argumentativa.