Aún realizado, el mal conserva su carácter de irrealidad;

de allí proviene quizás la simplicidad de los criminales;

todo es sencillo en su sueño.

Simone Weil

 

Felipe Calderón y Javier Sicilia, ambos han pedido perdón. Foto: Notimex. Fuente: univision.com

En este mes, el Gobierno pidió perdón a las víctimas de los feminicidios en Ciudad Juárez; también pidió perdón a los familiares de Rosendo Radilla por su desaparición forzada. Calderón pidió perdón por todas las víctimas del narco. Javier Sicilia pidió perdón, en Guatemala, a los migrantes por el maltrato en México. Alejandro Solalinde pidió perdón a los integrantes de crimen organizado y a los secuestradores “por ser víctimas de un sistema de gobierno fallido e incapaz de darles oportunidades”. Andrés Manuel López Obrador exigió, en Televisa, “disculpas” por parte de los que le robaron la presidencia.

En Perú, el presidente Ollanta Humala pidió perdón a los familiares de diecinueve campesinos asesinados por un escuadrón de la muerte durante el gobierno de Fujimori. El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, pidió perdón este 23 de noviembre por la matanza de miles de kurdos sucedida en su país entre 1936 y 1938.

Como puede verse nuestro lenguaje político está corroído por la falsa piedad. ¿Por qué, de buenas a primeras, el nuestro se ha convertido en el lenguaje del perdón? ¿Por qué los políticos creen que pedir perdón es como un baño en las aguas del pocito guadalupano, donde con sólo beberla o untarla desaparece el mal? El eufemismo no revive víctimas ni reestablece la estabilidad social. Pero entonces, ¿por qué piden perdón

Pedir perdón, sobre todo si viene de parte del poder, nos convierte en víctimas. Sólo después de haber sido violentados, censurados, o incluso muertos (qué ridículo es pedir perdón a los muertos) se nos pide perdón. De este modo, el poder resalta, ante todo, nuestra debilidad, subraya nuestra condición de indefensión, y nos reduce a niños a los cuales se les puede golpear y luego pedir perdón.

Pedir perdón es una forma del paternalismo; es un doble abuso, porque primero cometen el crimen y después nos condenan a no defendernos, puesto que ya nos pidieron perdón: la venganza sería injusta, el rencor inmoral.

El tono es azucarado: en la política del perdón, la república es amorosa, y el alto a la guerra se exige a besos. Pero bajo este turrón pegajoso y descolorido habita lo irracional: en la política del perdón se pone énfasis en lo subjetivo; es más importante lo que sentimos ante las cosas, los sujetos y las circunstancias, que lo que sabemos o pensamos de ellos.

De este modo, el perdón se cura en salud. Dado que es un acto irracional (puesto que viene del “corazón”), y no podemos cuestionarlo, termina por ser sincero a priori y no necesita que los afectados otorguen el perdón para que este se produzca. «Ya pedí perdón», dicen los políticos, ¿qué más quieren que haga?

“El lenguaje político”, escribió George Orwell, “está pensado para que las mentiras suenen a verdades y el asesinato parezca respetable, y para dar una apariencia de solidez a lo que no la tiene. Uno no puede cambiar esto en un momento, pero al menos puede cambiar sus hábitos personales”, esto es: las exigencias que se hacen a un gobierno no se satisfacen con un perdón. Ellos pueden tener esa actitud mentirosa y sentimental, pero no debemos engañarnos. No queremos el perdón del gobierno, sino justicia, acciones o leyes que les eviten el ridículo de pedir perdón, y a nosotros la vergüenza de tener que escucharlos.