Justice will be replaced by Pity as the cardinal human virtue…

W.H. Auden, For the Time Being

Kim Kardashian el Día de Acción de Gracias. Fuente: http://www.aceshowbiz.com

El joven rico se acercó al maestro y le preguntó, “¿qué cosa buena haré para tener la vida eterna?” Y Jesús le contestó, “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dalo a los pobres”. El junior estaba preocupado por su salvación personal, y Jesús no estaba pensando en los pobres, sino en cómo salvar el alma de este niño bien. Desde entonces la limosna sólo contribuye a mejorar la suerte del donante (otorgándole una visa celeste para entrar en la bienaventuranza, o más concretamente elevar su posición pública) mucho más que aliviar la situación del pobre.

Los ricos y famosos siguen ejerciendo este derecho al humanitarismo como explotación: recientemente Kim Kardashian y el “legendario” Kirk Douglas sirvieron pavo a las “personas desamparadas” por el Día de Acción de Gracias, el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa, “posó con ellos” para ser fotografiado; Lindsay Lohan realizó un documental en la India, donde rescató “personalmente” (así lo puso en su cuenta de Twitter) a 40 niños trabajadores; Ricky Martin descubrió, como el mismísimo Buda, la enfermedad, la muerte y la vejez también en la India y creó una fundación para salvaguardar a los niños de todo el mundo del tráfico infantil y la violencia; Angelina Jolie estuvo en África como embajadora de buena voluntad; Brad Pitt invirtió 5 millones de dólares y ayudó a reconstruir casas después del huracán que devastó Nueva Orleans; Shakira ha sido reconocida por su labor humanitaria a favor de los niños de Latinoamérica, y tuvo una “reunión privada” con Carlos Slim en abril de este año para discutir este tema. Y los políticos no se diga, dan pipas de agua potable, despensas y gorras para ganar votos, etcétera.

El humanitarismo es un despliegue de poder, un abuso que se legitima asegurando que sólo busca el bien de los demás. Escuche usted a los políticos, escuche a los servidores públicos y descubrirá que trabajan no porque necesiten un sueldo, no qué va, lo hacen para ponerse a las órdenes de los usuarios (o del pueblo, si queremos usar esa palabra demodé), pero sobre todo, trabajan para impedir que los productos que ofrecen (educación o trabajo) lleguen a quien más lo necesita, porque si les dieran educación y trabajo ¿para qué necesitaríamos, a la postre, servidores públicos y políticos? La fuerza de las instituciones radica en perpetuar el estado de precariedad, incluso en fomentarlo y ampliar sus redes.

En realidad, la ayuda humanitaria no es más que una de las “dramaturgias” del poder, un ejercicio un poco más benigno y casi invisible del poder puro y duro. Por ello, lo llevan a cabo estrellas de cine y de tele, cantantes pop; ellos son la vanguardia de un ejército de cascos azules. El humanitarismo es la herramienta chic (por vistosa, porque da rating) de la pacificación militarizada; es el puño piadoso del poder.

La ayuda humanitaria es obscena, y no porque no debiera ejercerse, (hay miles de personas necesitadas de ayuda económica, de asistencia médica y de formación escolar, a lo largo del mundo), sino porque no debería existir. A los necesitados sólo los necesita el status quo para sobrevivir (y tal vez también sean útiles para algunos fotógrafos que ganan premios internacionales exhibiendo la miseria humana, mostrando llagas y quemaduras de mujeres, niños panzones a punto de ser devorados por zopilotes, y en suma ejerciendo contra ellos una explotación “estética”).

El déclassement y la humillación que implica la limosna, deberían disminuir (piensan los humanitaristas) cuando ésta ya no se otorga por compasión o por temor al contagio (todos sabemos que la manera más rápida de alejar a un pordiosero es darle lo que pide, y ellos también lo saben) sino porque se concede como un derecho de los pobres.

Nada más falso. El amor al poder, escribe Hazlitt, es “el amor por nosotros mismos”, y nunca nos queremos tanto como cuando aparentamos ser buenos. El humanitarismo es el poder de expresar abiertamente que no es uno mismo quien está en las peores condiciones (esclavitud sexual, desempleo, enfermedad mortal) y ayudarlo con el fin de que nos libere de ese peso. De este modo, la explotación de los pobres ya ni siquiera consiste en ofrecerles un trabajo mal pagado, sin ninguna prestación o garantía, sino en exhibir su miseria, sus horrores, sus miedos; y así, mostrarles a los demás la situación en que podrían estar. Eres un suertudo, nos dice el programa de televisión donde un actor reparte besos y dinero, podrías estar aquí ahora mismo.

El humanitarismo se ha convertido en un producto de venta. No importa cuánto les puedas dar a unos niños de la India, o a unos campesinos en México, siempre va a redituar más. Y lo mejor es que con lo que das nunca vas a solucionar la vida de esas personas, lo cual permite que cada vez que baje tu raiting, puedes regresar a tomarte la foto y dejar un poco de dinero. Con un poco de dinero puedes limpiar tu imagen, ganar votos, y de paso, ayudar a los pobres.