App desarrollada para seguir el juicio al doctor de Michael Jackson a través de distintos dispositivos móviles.

El rey del pop aún después de muerto sigue generando una pasión inusitada y un fenómeno de audiencias expectantes en las redes sociales y los servicios telefónicos on line. La difusión de la serie de imágenes donde se observa su cadáver, en una cama del hospital de Los Angeles, delgado, inerme, con los ojos abiertos mirando hacia la nada, indefenso con sondas en el rostro y los brazos, abrió espectacularmente el 27 de septiembre pasado el juicio contra su médico Conrad Murray, acusado por el fiscal David Walgron de homicidio involuntario en contra de Michael Jackson.

Las fotografías, dignas de un videoclip del creador de Thriller, dieron la vuelta al mundo. No hubo periódico ni noticiario televisivo que no la reprodujera. Marcaron el inicio de un seguimiento en vivo a través de internet y del teléfono móvil mediante el app “Michael Jackson Doctor Trial”, aplicado por cientos de miles de sus seguidores que no se perdieron los detalles de la primera semana del juicio. El espectáculo mórbido y judicial, al estilo norteamericano, puede prolongarse hasta finales de octubre.

El juicio tiene todos los ingredientes de un Thriller. La sede, la sala del Tribunal de Justicia de Los Angeles, es la misma donde en la década de los noventa la estrella del futbol americano O.J. Simpson se declaró inocente de la muerte de su esposa y de su amante. El juicio contra O.J. Simpson rompió récords de audiencia y es muy probable que el caso de Jackson lo supere.

En la primera semana, el fiscal David Walgron sorprendió con la difusión de estas imágenes que dejaron pasmados a los hijos y hermanos del ex integrante de Jackson Five. Desfilaron también 10 testigos que han probado que Murray estaba al tanto de los problemas de adicción del cantante “a ciertas sustancias de venta no autorizada al por menor”.

Y otra prueba de audio se presentó ante el jurado para documentar la megalomanía de un cantante enfermo de su propio mito. Se escuchó una cinta en la que se oye a Michael Jackson hablar lenta y atropelladamente, dopado por completo. Expresa sus deseos de convertir la gira que preparaba en Londres, antes de su muerte, como “el máximo espectáculo del mundo”. A sus 50 años, Jackson quería seguir siendo el eje de esa gran industria del pop que él transformó radicalmente.

Otros dos testigos, personal de seguridad en la mansión de Jackson, declararon que Murray no sabía ni siquiera hacerle un masaje de recuperación cardiaca a su multimillonario cliente. Alberto Alvarez, jefe de logística de Jackson, declaró que cuando el médico se dispuso a hacer el boca a boca al cantante le confesó que nunca antes lo había realizado.

“Es la primera vez que lo hago porque es mi amigo”, le dijo Murray a Alvarez. Los abogados de Murray han argumentado que las dosis de Lorazepam, un somnífero, suministradas al cantante no eran suficientes para terminar con su vida. Insisten que fue el propio rey del pop quien combinó el propofol adicional que, junto con otros fármacos, le causó su muerte.

Los médicos han declarado que cuando Jackson llegó al hospital ya era un cadáver, pero aún así intentaron reanimarlo durante una hora. “Murió tan de prisa que ni tiempo tuvo de cerrar los ojos”, declaró uno de sus asistentes.

En este thriller que apenas inicia lo único cierto es la extrema vulnerabilidad de Michael Jackson, un genio del espectáculo que emocionalmente fue un adolescente perpetuo, aún a los 50 años, dependiente no sólo de fármacos sino de una droga que todavía le cobra altos réditos a su memoria: la fama.