Pocas novelas históricas recientes electrizan tanto y nos documentan con precisión los delirios de la persecución política, los entretelones del fanatismo durante tres épocas diferentes y la genialidad de un hombre como León Trotsky, triplemente exiliado de su ideología, de la revolución que encabezó y de la IV Internacional que él creó.
Todo esto se encuentra en la obra magistral de Leonardo Padura, El Hombre que Amaba a los Perros, reconocida como Premio de la Crítica Literaria 2011 por el gobierno de La Habana. El reconocimiento tiene dos características importantes: es el aval a la dura crítica contra el estalinismo y sus consecuencias no sólo en la historia personal de León Trotsky sino en la propia isla caribeña; y corona el éxito mundial que ha tenido la novela desde que fue publicada en 2009 por Tusquets, convirtiéndose en un éxito de ventas, antes de ser publicada en Cuba.
Padura comentó que el retraso de la edición en Cuba se debió a la falta de papel y no a los recelos de la censura. No obstante, algunos periodistas isleños admiten que El Hombre que Amaba a los Perros fue vetada en emisiones radiales, tanto antes como después de haber salido a la venta.
“Una contradicción más de lo que estamos viviendo en Cuba”, afirmó un periodista consultado por el periódico Reforma. “Se censura y se premia y nadie entiende quién está detrás de decisiones tan dispares. Lo que sí parece estar claro es que Stalin sigue vivo aquí, en la cabeza de muchos burócratas”, agregó la misma fuente.
El episodio parece extraído de la propia novela de Padura, el escritor cubano contemporáneo más reconocido fuera de su propio país.
La estructura de la novela constituye un viaje en tres tiempos o momentos de la historia del trotskismo, del régimen cubano y del narrador. Primero nos ubica en La Habana, en 2004, cuando Iván comienza a reconstruir la trayectoria de Liev Davídovich Bronstein (Trotski) y de su verdugo, Ramón Mercader; en paralelo, se relata el encuentro con un personaje enigmático, refugiado en Cuba, que siempre paseaba en la playa en compañía de dos hermosos galgos y era el propio Mercader, refugiado en la isla del régimen castrismo con el sobrenombre de Jacques Mornard; y el tercer tiempo es la historia de las purgas stalinistas en los años veinte, el destierro y el largo peregrinar de Trotsky (el enemigo más odiado por el régimen soviético, incluso más que el propio “capitalismo burgués”) que lo traerá de París a México.
La novela es un viaje a través de los delirios revolucionarios, las traiciones ideológicas y las decepciones personales. Tiene la virtud de no endiosar a Trotsky ni volverlo un héroe incomprendido. Por el contrario, lo ubica como parte de esas contradicciones y perseguido por la misma Revolución de la cual fue el segundo protagonista en importancia, después de Lenin, y que con Stalin se transformó en la peor tiranía del siglo XX.
Lo fascinante que nos descrube Padura en su narración es que tanto la víctima (Trotsky) como su verdugo (Ramón Mercader) tenían una misma pasión que los llevaría al encuentro: ambos amaban a los perros.
En la página 351, Trotsky discute con André Bretón, poeta del movimiento surrealista, su amor por los perros:
“Con argumentos quizás más pasionales que racionales, Liev Davídovich trató de convencer al francés: ¿se podrá negar que un perro sienta amor por su amo? Si Breton hubiera conocido a Maya y visto su relación con él, tal vez su opinión hubiera sido otra. El poeta le dijo que lo entendía y le aclaró que él también amaba a los perros, pero el sentimiento partía de él, el humano. El perro, si acaso, expresaba de manera primaria que sabía distinguir los efectos de su relación con los hombres: miedo al humano que puede provocar el dolor, por ejemplo”.
Al día siguiente de esta discusión, Breton sufrió una parálisis general. Los médicos le diagnosticaron fatiga emocional y le recomendaron reposo absoluto. Su médico dijo que había padecido “el soplo de Trotski en la nuca”. ¿Qué significaba aquello? El soplo de un hombre capaz de paralizar a cualquiera que se relacionara con él: “su modo de vivir y de pensar desataban una tensión casi insoportable. Liev Davídovich no se daba cuenta, porque se hacía esa exigencia a sí mismo desde hacía muchos años, pero no todos podían vivir día y noche enfrentados a la suma de poderes del mundo: al facismo, al capitalismo, al estalinismo, al reformismo, a los imperialismos, a todas las religiones y hasta al racionalismo y el pragmatismo”.
Los únicos que resistieron y acompañaron a Trotksy en esa suma de resistencias y subversiones fueron los perros. Y, paradójicamente, no porque fuera su amo sino porque, como él creador del Ejército Rojo, ellos también se habían librado de sus amos.
Esta es una de las tantas metáforas y analogías hermosas de El Hombre que Amaba a los Perros. ¿Qué dirán los viejos burócratas del socialismo realmente existente en La Habana que ahora viajan, como Mercader y Trotsky, en un autoexilio vital sin encanto, esperanza ni perros que los amen?



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