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A la edad de 35 años, el doctor Aywan Al-Zawahiri ya era un personaje extraordinario que había dedicado la mitad de su vida a la revolución en una célula islamista clandestina, nos cuenta Lawrence Wright en La Torre Elevada, Al Qaeda y los Orígenes del 11-S. Al-Zawahiri fundaría, junto con el hijo de Muhammad bin Awahd bin Laden lo que se convertiría en el organismo terrorista “más buscado del mundo”.

Wright, como decenas de escritores norteamericanos, europeos y árabes se dio a la tarea de ir al origen, a las entrañas de la fundación de Al Qaeda, cuya historia evidentemente no termina con el asesinato de su vocero y financiador más famoso: Osama Bin Laden. Ahí está vivo y activo Al-Zawahiri.

La Torre Elevada, obra ganadora del Premio Pulitzer en 2006 y editada en español hasta 2009, constituye una de las investigaciones más pormenorizadas del núcleo dirigente, de los antecedentes en Egipto, de la extraña relación con el Talibán de Afganistán y, por supuesto, de los intereses y el entramado geopolítico que Washington permitió y nunca previó con suficiente antelación lo que ocurriría antes del ataque del 11 de septiembre.

Otros libros surgidos en esta década constituyen el canon más importante para entender más allá de la “guerra del bien contra el mal”, decretada por George W. Bush, lo que ha sido el desastre diplomático, bélico y de inteligencia más grave de Estados Unidos.

Entre estos libros podemos mencionar también:

Legado de Cenizas, la Historia de la CIA, de Tim Weiner, ganador también del Premio Pulitzer y considerado uno de los mejores libros de no ficción en 2007 por los periódicos The Economist, The New York Times, The Boston Globe, The Washington Post, entre muchos otros.

La obra de Weiner revela que no sólo las Torres Gemelas, símbolo del poderío norteamericano, se derrumbaron en el 2001. Fue la CIA, esa institución heredada de la guerra fría, la que se vino abajo desde entonces. El engaño construido por la agencia para justificar la invasión de Irak, la cadena de mentiras del gobierno de Bush para forzar la relación nunca comprobada entre Saddam Huseein y Al Qaeda constituyen  el modus operandi de esta mítica organización de inteligencia que fracasó en casi todas sus operaciones más importantes.

“El 11 de septiembre fue el catastrófico fracaso que Tenet (director de la CIA) había predicho tres años antes. Representó un fracaso sistemático de todo el gobierno estadounidense: la Casa Blanca, el Consejo de Seguridad Nacional, el FBI, la Administración Federal de Aviación, el Servicio de Inmigración y Naturalización, y los comités de inteligencia parlamentarios. Fue un fracaso de la política y de la diplomacia. Fue un fracaso de los periodistas acreditados en el gobierno que no supieron entender y transmitir la desorganización de éste a sus lectores. Pero, sobre todo, fue el fracaso de no saber conocer al enemigo. La CIA se había creado precisamente para evitar este nuevo Pearl Harbor”, sintetiza Werner en una de las partes medulares del gran reportaje que constituye su libro.

Otra obra fundamental es la escrita por el alemán Andreas von Bulow, titulado La CIA y el 11 de Septiembre, con un enfoque muy distinto al de los periodistas norteamericanos.

Los Talibán, publicado por el periodista Ahmed Rashid, meses antes de los ataques del 11 de septiembre de 2001, adquirió una importancia fundamental para entender el entramado del islam, el petróleo y el “gran juego” en Asia Central. Tardó 21 años en escribir esta obra y en vísperas de la invasión de Estados Unidos a Afganistán constituyó una pieza fundamental para entender por qué la presencia de Osama Bin Laden y de sus bases terroristas en este país.

-La invasión a Irak produjo decenas de reportajes, libros y alegatos extraordinarios que demostraron la incapacidad del imperio para encontrar una solución a largo plazo, más allá del incendio regional en Medio Oriente, a las causas que dieron origen al 11 de septiembre de 2001.

Seymour M. Hersh publicó Obediencia Debida, del 11 de Septiembre a las Torturas de Abu Ghraib, que documentó y explicó lo que el gobierno de George W. Bush ni la mayoría del pueblo norteamericano estaban dispuestos a asumir en 2004: la estrepitosa derrota en Irak. Una derrota moral, militar, mediática, diplomática y financiera que hasta ahora trae consecuencias globales.

“Antes de la guerra, los neoconservadores de la administración Bush se habían convencido a sí mismos –y al presidente y al vicepresidente- de que el camino hacia la democratización de Oriente Próximo pasa por Bagdad. Una vez que el régimen de Saddam Husein fuera derrocado, la democracia se extendería por Irak y pasaría a Irán, Siria, Arabia Saudí y Líbano… Pero las cosas no salieron tal como se esperaba: lo que se extiende actualmente por la región es el terrorismo, no la democracia”, subrayó Hersh en el capítulo VIII del libro.

Quizá esa es la lección más cruda a una década del 11-S: Estados Unidos no evitó sino que provocó la proliferación del terrorismo en Medio Oriente y Asia Central ante su reacción bélica y uniletaral.

La Caída de Bagdad, del periodista Jon Lee Anderson, publicada en 2004 también, es una de las mejores crónicas de lo sucedido en Irak y las secuelas belicistas de Estados Unidos bajo el régimen de George W. Bush. Presenta la perspectiva de los propios iraquíes frente a una guerra que no pidieron y un castigo desmesurado a una sociedad que nunca tuvo nada qué ver con el ataque del 11-S.

El Mundo Secreto de Bush, del escritor francés Eric Laurent, junto con otros libros que indagaron en el discurso de los neoconservadores de Estados Unidos demuestra que a raíz del 11-S no fue, como George W. Bush quería que se presentara, una batalla entre “el mundo libre” y el “fundamentalismo terrorista” sino una guerra entre dos visiones integristas del mundo de la posguerra fría.

Bush y “cuarto de guerra”, especialmente Dick Cheney y Donald Rumsfeld, crearon un enemigo a la altura de su propio fundamentalismo y la red de intereses corporativos que ahora pagamos globalmente con una crisis económica global.

Laurent lo sintetizó así:

“Las fuerzas de extrema derecha cristiana de Estados Unidos no son las únicas que actúan en la administración Bush. Algunos elementos del equipo presidencial, de los más virulentos en su apoyo a la operación Libertad Iraquí, desarrollan tesis del todo similares a las de sus homólogos fundamentalistas, sin sumarse sin embargo a sus ideas y a su visión del mundo. Son judíos cercanos al Likud israelí y partidarios de la ‘mano dura’ ante el problema palestino.

“Desde que George W. Bush se situara a la cabeza del ejecutivo de Estados Unidos, y más aún desde el 11 de septiembre de 2001, estos hombres han conseguido un grado de intimidad sorprendente con el comandante en jefe del primer ejército del mundo, que presta un atento oído a sus recomendaciones y a sus tesis. Son el origen de la nueva política exterior estadounidense, basada en el intervencionismo y la fuerza”.

Esa coalición no se ha ido del todo. El Tea Party y la nueva ola de la ultraderecha norteamericana pretenden aún la revancha frente al gobierno de Barack Obama.