Las celebraciones de la Independencia terminaron sin incidentes mayores; la violencia en todo el país continúa -con sus muertos de cada día-, estuvo cerca, pero no llegó hasta los eventos masivos que se organizaron para celebrar esta fecha. En 1911, la ceremonia del Grito de la Independencia fue modesta, aquel año el encargado de realizarla fue el presidente interino León de la Barra, quien asumiera el cargo tras la renuncia de Porfirio Díaz; la sencillez de la celebración se hizo más notoria al contrastarla con los actos conmemorativos del Centenario de la Independencia el año anterior. En 2011 ese contraste estuvo también presente, después del gasto excesivo del año pasado en la celebración del Bicentenario y el escándalo de corrupción e ineficiencia de la “Estela de Luz”, este año el grito lució deslucido. Sobre la celebración pesó una fuerte lluvia, pero sobre todo el recuerdo del ataque con granadas durante la ceremonia del grito en Michoacán en 2008 y lo sucedido este año en el Casino Royal en Monterrey. 

El 15 de septiembre la mayoría de los diarios resaltaron el impontente operativo de seguridad que se implementaría para la ceremonia del Grito en el la capital del país y los estados. En las transmisiones de las ceremonias a lo largo del país, el tema de la violencia no fue tan recurrente como podría haberse esperado, sin embargo, era una sensación latente. Los conductores de las televisoras y de la señal de la Presidencia hicieron uso de los clásicos lugares comunes: la herencia prehispánica, nuestra capacidad de trabajo, lo que México ha dado al mundo, nuestros colores y sabores, entre otros. El presidente Calderón se veía apresurado, como queriendo evitar lo inevitable: las expresiones de desacuerdo de un sector de los asistentes al Zócalo, silbidos y gritos en contra del Presidente se alcanzaron a colar a través la transmisión. Mientras Calderón tañía la campaña de Dolores y realizaba la arenga tradicional, las cámara de televisión captaban como algunos rayos laser emitidos desde el público buscaban su rostro.

El desfile militar del 16 de septiembre sería otra historia. 13 mil 837 efectivos del Ejército, la Marina Armada y otras fuerzas federales, poco más de 300 vehículos y 200 aeronaves fueron desplegadas. El contingente fue relativamente modesto, el año pasado para la celebración del Bicentenario desfilaron más de 18 mil integrantes de distintas corporaciones, y durante el último desfile del sexenio de Vicente Fox, el contingente fue de 21 mil 540 efectivos militares.

Sin embargo, el matiz vendría una vez terminado el evento, en la plancha del Zócalo varias tanquetas y unidades artilladas se estacionaron para que los asistentes se acercaran a ellas, Televisa, a través de Foro Tv transmitió las imágenes de los militares ayudando a niños a subir a las unidades de combate e incluso permitiéndoles ingesar al interior de ellas. Mientras la pantalla presentaba las imágenes de este hecho inédito, Elisa Alanis y Eduardo Salazar -conductores de Televisa- comentaban con representantes de las fuerzas armadas sobre “la cercanía” que existe entre las fuerzas armadas y la población, y el interés e éstas de profundizar este vínculo. En un enlace desde Reforma, un reportero informó a los conductores de cómo un niño intentó acercarse a los contingentes de infantería, lo cual impidió su papá, debido a que los militares se encontraban en formación; un infante, al percatarse de ello, señaló el reportero, realizó señas al pequeño para que se acercará y pudiera fotografiarse con ellos. Parece ser que ante la situación crítica en que se encuentra la lucha en contra del crimen organizado, el Gobierno federal no dejara su intento de utilizar los medios masivos de comunicación para legitimar sus acciones. A través de la pantalla se busca limpiar la imagen de quienes, por decisiones políticas y una estrategia fallida, se han visto sometidos a un desgaste excesivo: las fuerzas armadas mexicanas.