Hace unos días, en Twitter se esparció el rumor de posibles ataques a las escuelas de Veracruz. A pesar de que la “información” no había sido confirmada, los padres corrieron a recoger a sus hijos en medio de la histeria. El gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, tuvo que salir a declarar que no había que dejarse llevar “por esta oleada de desinformación”. Un día después, los autores del, así llamado, twitterterrorismo, María de Jesús Bravo Pagola y Gilberto Martínez Vera, fueron consignados.

De este asunto que aún no termina, pues los consignados acaban de impugnar su auto de formal prisión, se desprende una nueva de idea de lo falso y lo verdadero en las redes sociales.

Desde hace unos días, Jean Paul Sartre me sigue en Twitter. Por un lado, me da la impresión de que buscamos a estos personajes porque son los únicos de los que tenemos certeza de su existencia histórica (¿quién puede dudar que existieron Sartre, Walter Benjamin, Virgina Woolf u Octavio Paz?, todos están en Twitter y escriben como locos) en un espacio donde no existe otra reivindicación territorial, excepto la de “si escribo es por que existo”: la chica sexy que asegura escribir desde Londres, puede ser un gordo sesentón cuya cuenta proviene de Chiapas o de Venezuela.

Buscamos a gente cuya existencia esté probada, escritores, periodistas porque siempre sentimos la necesidad de creer en alguien.

Si, como sucede con los supuestos twitterterroristas, alguien te dice que hay una bomba en tal parte o que cerraron una calle, ¿cómo creerles? ¿Quiénes son los miles de usuarios, de vendedores de productos y por qué tendría que confiar en ellos? Sartre, Joyce, Paz nos hacen creer que la autoridad (moral, ética, intelectual) existe y es posible seguirla. Aunque esto es falso porque puede ser ser una cuenta manejada por un fan, por un detractor o por alguien que sólo quiere apropiarse del nombre y degustarlo como propio.

Lo importante es el nuevo sentido de lo falso que ofrecen las redes sociales. Para las redes sociales lo falso no es una mentira pura y dura (sería demasiado obvio), sino una impostura que denota cierto contenido de verdad, pero sobre todo que es imposible verificar. Jean Paul Sartre me sigue en mi Twitter, está claro que Sartre ha muerto, pero no esta claro que se trata digamos de una actuación, como si viéramos una obra de teatro donde un actor interpreta a Sartre. Si el tuit de Sartre es una cita de Sartre, ¿debo concluir que no es el filósofo quien lo dice?

Más que en una verdad, las citas de Benjamin, Sartre o Virgina Woolf que escribe en portugués, que aparecen en Twitter tienen una eficacia oracular, como la lectura de cartas o del café: quien interroga esos símbolos en el fondo ya sabe lo que quiere saber, sólo busca que no sea él mismo quien se lo diga. De este modo lo falso en la red se vuelve invulnerable a la crítica e inmune a la denuncia de la mentira.

Harry Frankfurt escribe en On Bullshit que este término no se refiere a un discurso manifiestamente falso, ya sea por contenido o por intención, sino que se trata de uno que incluso suele parecer razonable y serio. Para Frankfurt, el término puede relacionarse un poco con los mitos, es decir la guerra de Troya puedo no haber tenido lugar históricamente, pero en la Iliada es una verdad.

Volvamos a la situación en Veracruz con los supuestos terroristas de la red. La verdad de la red puede no coincidir con los hechos, pero su valor como verdad sólo puede corresponder a la consistencia del discurso que los desarrolla y los hace circular. Es decir, la única veracidad de Twitter consiste en enviar el texto y en recibirlo, en participar en un juego que nos hace creer que todos estamos allí, y que todos podemos decir algo interesante. No podemos ir más allá de esos actos. Leer los tuits al pie de la letra y llevar esa “verdad” a la calle es perfectamente inútil, y en los casos de los terroristas del tuit, hasta peligroso.

Detrás de un texto escrito siempre hay una intención. Y si no comprendemos esto vamos a ser engañados o manipulados, como lo fueron los ciudadanos veracruzanos. Lo importante cuando se lee un texto en red no es encontrar la idea principal —como nos enseñaron en la primaria— sino buscar la intención. La primera pregunta que uno debiera hacer es ¿quién está detrás de ese texto? Incluso a los mejores reporteros que tienen cuentas en Twitter no se les puede creer sin más, es ingenuo; y como cualquiera puede falsificar una cuenta y decir que es Jean Paul Sartre o Christopher Hitchens, es todavía más ingenuo.

Por ello creo que lo que ocurre con los twitteros veracruzanos es, además de un abuso de poder, un misread. Los jueces que los condenan podrán ser muy buenos interpretando sus propias leyes, pero no saben leer las redes sociales: en el fondo, ellos también están tomando a pie de la letra los tuits de sus víctimas, los están leyendo literal e ingenuamente. Tanto los jueces como las personas que se pusieron histéricas creyendo las falsas noticias del twitter veracruzano, me recuerdan a esas damas que, en pleno súper, atacan a la actriz que hace de mala en su telenovela favorita por ser tan cruel con la protagonista. No distinguen la verdad del bullshit.

Pero ¿cómo afecta la multitud de fantasmas, falsos y verdaderos, a la experiencia de uno mismo? Es una pregunta que merecería un ensayo, pero sobre la cual sólo adelanto unas frases: Me parece que aquellos que escriben sobre su situación en el tráfico o en el súper, quieren dar cuenta de su existencia, quieren decir “aquí estoy” y sentir que alguien los escucha y que pone atención a sus opiniones. No quieren sentirse solos. Pero ante la multitud de mensajes se que van superponiendo unos a otros, (la invitación a leer una nota periodística, se encuentra junto al nuevo chiste de Ninel-Azalia, que está justo al lado de una persona que busca a su hija desaparecida y te pide un retuit) y son enviados por distintas personas con distintos intereses, hacen que nuestra mínima reivindicación de verdad y experiencia quede reducida, con triste frecuencia, a mera vanalidad, de allí que el mismísimo Jean Paul Sartre no encuentre nada mejor que decirnos que “Bonne nuit mes disciples”.