Foto: Marcelo Salinas. Fuente: elpais.com

Hay personajes que animan siempre la farándula política.  Algunos como “relleno”, otros como protagonistas involuntarios de la tragicomedia mexicana, unos más como luminarias efímeras que acaban con el sexenio o después de una campaña, pero otros permanecen, aún en los peores momentos, se renuevan y de vez en vez nos recuerdan de qué está hecho nuestro sistema político sin transición posible.

Uno de esos personajes es Elba Esther Gordillo. Como la protagonista de la telenovela El Extraño Retorno de Diana Salazar, tiene una rara enfermedad que es la posesión de sí misma, su alto grado de autoelogio, a pesar de estar consciente de su “mala fama”, como le declaró al periódico español El País, en su edición dominical y cuyas breves sentencias fueron recogidas por toda la prensa nacional este lunes 25 de julio.

Gordillo es la animadora de su propio mito. “Sí. Sin ninguna duda. Yo amo a Elba. La amo”, sentencia en la frase final de la breve semblanza. No importa que la acusen de corrupta, de asesina, de cacica, de forjadora de fraudes, de reencarnar el mito y las prácticas de Fidel Velázquez.

A ella le basta el amor que se tiene a sí misma. Por eso se refiere siempre a ella en tercera persona, como si se tratara del Doctor Jenkyll y Míster Hyde. Cualquier psicólogo criminal sabe que esta ruptura de la identidad es un signo grave de egomanía.

No es poco lo que ha logrado Elba Esther en medio de la tormentosa crisis del sistema político. Tiene 22 años al frente del mayor sindicato de maestros de América Latina. Tiene un partido político a su disposición (el Panal). Sobrevivió a una enfermedad grave y a varios enemigos de grandes vuelos, como Roberto Madrazo.

Negocia posiciones y acuerdos con gobernadores del PRI, PRD y PAN. Controla la subsecretaría clave de la SEP, nos ha exhibido en cadena nacional que ella colocó a Miguel Angel Yunes en el ISSSTE, que tiene el control de la Lotería Nacional y que si la apuran puede tener hasta el control del próximo candidato del PRI a la presidencia en el 2012, Enrique Peña Nieto.

Pero eso no le basta. Por eso prefiere el papel de víctima a la del verdugo en esta especie de epitafio escrito por Pablo Ordaz en El País:

“Hasta llegar a donde estoy, el recorrido ha sido doloroso. México es un país machista. Con una cultura autoritaria (¡Y que lo diga ella!). Esta mezcla indígena con española tiene esa combinación (¡Nos salió antropóloga social, la maestra!). Y yo me tuve que forjar entre hombres. Toda mi formación fue entre hombres. Fui la única mujer. La única que resistió. Y lo hice en soledad. Soy una mujer muy solitaria. Casi nadie me conoce. No soy Dios (¡Qué bueno que nos lo aclara!). He cometido muchos errores. Y sé que por mi mala fama tengo que tener cuidado al apoyar a tal o cual candidato. Que si digo que este país necesita ahora un gran pacto y que el candidato que más me gusta es Marcelo Ebrard (el jefe de Gobierno del Distrito Federal), tal vez pueda estar perjudicando al señor. Eso es duro. No soy cínica. Lo sé. Sé de mi mala fama… Pero lo crean o no lo crean, mi causa es México”.

Al leer estas declaraciones uno pensaría que está, como Amy Winhouse, al borde de un ataque de sobredosis, o que quisiera ser como Edith Piaff, dando un recital al borde de la muerte para decirnos que de nada se arrepiente, o pretende renacer de sus cenizas como Chavela Vargas.

Pero Elba Esther no es artista ni creadora. Sólo es una intérprete de sí misma. Es una dirigente política y sindical. Ha hecho una fortuna que la equipara con Hoffa o con otros grandes miembros de la cleptocracia mexicana. A estos personajes no se les pide candor ni melodrama sino rendición de cuentas, claridad y respeto a los ciudadanos.

En eso, Gordillo no puede hablar en tercera persona. Siempre será un “yo” muy pesado, cargado de impunidad y de pactos oscuros.

Esta es la otra parte del extraño caso de Elba Esther Gordillo que quedará para la historia. Aún cuando baje el telón y ella se siga sintiendo sola.